#Concurso: COVID 19, UN RELATO SOBRE OTRO RELATO


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Sergio y yo estamos planeando un secuestro durante la cuarentena ordenada por el Gobierno peruano. Sí, un acto criminal a todas luces, pero de formas imposibles y fantásticas.


No juzguen antes de continuar la lectura. Todo es real.


Él, mi cómplice, estudió audiovisual en la Universidad San Marcos y es bastante friki. ¿Cómo lo conozco? Eso es difícil de explicar. Fue el Facebook y las redes sociales, donde parece que uno conoce al otro y a veces, parece que lo conoces tanto como si hubieras ido a la universidad con él. Aunque normalmente todo es ficción. El chat ha sido la mejor forma de contarnos nuestras vidas, desgracias, desamores y de vez en cuando, mandar memes. Porque la vida con memes se vive mejor.


La conversación registrada en la noche del 20 de marzo fue amena y agradable. En el barrio de Collique, donde vivo, solo un evangelista perturbaba la calma, anunciando que el Coronavirus era el castigo que recibíamos por pecadores y fornicadores. Acto seguido, en el parlante de la iglesia evangélica nos saturaba con canciones de alabanzas. Porque Dios no está harto de oír canticos. Fue ese día, que empecé a pensar en el fin del mundo.


No se lo dije a Sergio.


En mis sueños empecé a ver atardeceres verdes, playas saturadas de color magenta. En todos lados encontré señales sobre el fin de los tiempos: en los audios conspiranoicos que enviaban mis amigos, en la idea, cada vez más arraigada de que el COID 19, no es más que una creación humana para iniciar una guerra biológica. Aunque por días, me resistí a la idea de hacer caso a la fake news, como se llama a las noticias falsa de toda índole; había una semilla de duda.


Por mi profesión de periodista no me podía permitir tales dudas o ideas irracionales. Así que encontré una forma lógica de explicar mis pensamientos. En un artículo de El País, se hablaba de las consecuencias del aislamiento, sus implicancias mentales y psicológicas. Todas las sentí cercanas, cada oración, incluso, había creído enfermarme de coronavirus días antes y me obsesione con la limpieza y las hierbas curativas como armas de protección.


Calmada ante una explicación, olvide por unos días al fin del mundo.


Un martes la idea regresó como una migraña. Fue cuando ocurrió un temblor y mi madre salió corriendo a rezar. Toda mi formación cristiana, a la que renuncie hace 8 años regresó y nos persignamos todos en casa. Era abril, el mes más cruel, diría T.S. Eliot.


No le dije nada a Sergio tampoco ese día.


Es posible que el temor al final de los tiempos surgiera en mi infancia cuando el vecino, que era pastor evangélico, me regaló un tríptico donde se ilustraba a todo color el Apocalipsis. Para el mundo judeocristiano, ese final es tan dramático incluye elementos de ciencia ficción como monstruos o jinetes cadavéricos y trompetas en el cielo. A mis ocho años, escuché atenta, no tuve miedo, pero imaginé cada relato y cada palabra que pronunció, como si fuera una película: vi desfilar cada monstruo ante mis ojos.


Mi gusto por lo macabro surgió con ese libro de la Biblia donde el juicio final se cierne sobre la humanidad culpable y pecadora. Luego ese gusto fue alimentado por Lovecraft y Allan Poe en la adolescencia. Estos días de cuarentena, la idea se quedó en mi cabeza, pero no sabía qué hacer con ella.


Fue el domingo cuando le hable a Sergio sobre el fin del mundo.


No supe bien cómo contarle, cómo explicarle que pensaba en el Fin del mundo, como una consecuencia lógica, no como de la forma judeocristiana o de la forma romana, sino como fin propicio, la humanidad algún día tenía que terminar, así de simple.


Abrí la pregunta: ¿Y si ocurre el fin del mundo?


- Lo podemos secuestrar, dijo cursi


Su respuesta me decepcionó, aunque surgió una idea imposible de rechazar:


¿Un secuestro absurdo?


Y fue cuando iniciamos el Plan para secuestrarlo, pensando en dotarlo de forma casi humana. Que come el fin del mundo, que le molesta, podemos torturarlo.


El ejercicio es posible, por solo puede suspender la lógica y pensar que el Fin del mundo puede ser una persona, un presidente, un político, un actor, alguno, alguna que como en la teoría del efecto mariposa inicia una serie de eventos trágicos. Pero quizás el fin del mundo es solo una abstracción de la realidad, teoría pura, como Kant y sus categorías. Y quizás el fin del mundo sea imposible de entender o de aprehender y solo tiene espacio en un cuento, en un relato de ficción.


Esas reflexiones empezaron a aparecer por las noches junto a la idea de una historia. Escribir por el puro disfrute. Escribir aunque el barrio entre en pánico, pensar la ficción en medio del caos por una pandemia que nadie entiende y no ha confinado a vivir todos los días con el mismo color, me sentí culpable por mi privilegio. Pero también la escritura puede ser un medio de salvación, un ejercicio de escape al encierro.


Escribo sobre esa idea unas líneas cada día. Busco tutoriales en Youtube sobre hacer nudos y secuestros, le cuento a Sergio sobre mi texto y no le parece que la cuarentena me afecte. Es un relato que me no he querido abandonar, una historia absurda, en la que hago de polizonte y de criminal. Uso el método de Julio Verne, de leer específicamente sobre el tema para dotar el relato de verosimilitud.


Siempre está el absurdo y la ficción en mi vida



Autora: Gloria Alvitres Aliaga.



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