#Concurso: DIEZ PARA LAS OCHO


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★





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Era la segunda semana de la cuarentena instaurada por el gobierno, en ese entonces el toque de queda iniciaba a las ocho de la noche. Mis clases de instituto aún no comenzaban y yo podía sumergirme en vanos placeres como la lectura de fanfics. Perdida entre tan dulces historias no había logrado percatarme que mi madre me estaba hablando. En cuanto lo noté, intenté enfocar mi pobre atención en ella. Son diez para las ocho, me dijo con el ceño fruncido, prometiste comprar pan y mantequilla para el lonche. Mi cuello soltó un crack cuando voltee la cabeza para ver el reloj. Efectivamente, las manecillas marcaban de forma burlona las diez para las ocho. En ese momento el puntero avanzó un segundo y sudé frío.


Desesperada ante tan arriesgada gesta, rápidamente me coloqué el sostén (suelo andar así en mi casa) guantes puestos y mascarilla enfundada agarré el monedero pequeño de mi mamá y salí de casa corriendo como poseída. Yo vivo en un condominio cerrado, el cual por el momento no posee vigilante y nos vemos obligados a abrir y cerrar la puerta como buenos proletarios. A medida que avanzaba mi primer obstáculo se volvía evidente. Sostuve la llave con fuerza y en cuanto llegué a la puerta de metal, realicé unos ejercicios de respiración para calmar mi acelerado corazón. La llave entró y se deslizó como si cortara mantequilla con un cuchillo.


Armada de valor por mi primer éxito salí hacia la calle, la cual se veía totalmente vacía. Desde donde me encontraba podía ver que la panadería aún mantenía las luces prendidas. Miré hacia los lados primero antes de cruzar, más vale prevenir que lamentar, y corrí hacia mi destino. Me sentía como una maratonista y ya encontrándome a unos pasos el establecimiento cerró sus puertas y apagó las luces.


Me detuve en frente por unos segundos sin poder creerlo.


Recordé que doblando la esquina calle arriba había una pequeña bodega, recogí mis ánimos y me dirigí hacia mi nuevo destino. El lugar se encontraba abierto (gracias Diosito) pero frente a mí se encontraban dos personas comprando. Se los veía tranquilos por lo que intenté controlar mi respiración para parecer normal. Por las miradas alarmadas que recibí asumo que no lo logré.


Mi reloj marcó cinco para las ocho y grité internamente. Cuando llegó mi turno solicité pan integral, el cual ya se había agotado, desespero, pedí cualquier tipo ya no me importaba nada.


La señora me ofreció pan blanco sin corteza, el cual acepto sin chistar, sintiéndome un poco culpable por incumplir la norma tácita de mi madre sobre comer saludable. Pero tiempos desesperados exigen medidas desesperadas. Pago con sencillo y pan en mano, corro de vuelta por donde vine. Solamente debía doblar la esquina, pero sentía que me encontraba en un vasto desierto por la cantidad de tiempo que me tomó llegar hasta la puerta de metal.


A lo lejos escucho el estridente sonido de una sirena de policía y comienzo a hiperventilar. La mascarilla me ahogaba y gruesas gotas de sudor frío resbalaban por mi frente y espalda. Con la mano temblorosa intento abrir la puerta, pero suelto la llave y esta cae al suelo. Maldigo mi suerte y ya me imagino enmarrocada, llamando a mis padres desde la comisaría o apareciendo en la televisión como una delincuente más. La levanto y lo intento nuevamente.

Los segundos se hacen eternos mientras encuentro la manera que funcione la maldita llave. Funciona y la puerta se abre, ingreso tropezando con mis propios pies.


Desde el suelo veo cómo la puerta se cierra con una lentitud impresionante. Al mismo tiempo una unidad de policía pasa por la calle, la sirena emanando una luz cegadora y con un sonido estridente.


Una vez que la pierdo de vista, me levanto del suelo y me río avergonzada, una tímida carcajada que va subiendo en volumen hasta convertirse en una risa maniática. Luego de mi descompostura logro reponerme y emprendo el camino a casa. En cuando doy la vuelta, sintiéndome aún satisfecha por tan grande hazaña, es cuando recuerdo que olvidé comprar la mantequilla



Autora: Carolina Cabrera.



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