#Concurso: DISTANCIAS


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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No siempre hubo medio kilómetro de distancia entre la casa de Rita y la mía o, para ser más exactos, entre Rita y yo sino cientos en realidad, o miles y otros tantos más que nos fueron separando debido a las distintas circunstancias en que nos vimos envueltos. Pese a haber vivido en el mismo barrio durante toda una vida, siempre la sentí tan lejana como cuando contemplaba las estrellas en mis noches febriles y entonces moría de la tristeza, entre cartas sin destinatario que se iban acumulando entre mis primeros libros de literatura.


A pesar de ser tan bella, su espíritu adolescente jamás abrigó, como en otras niñas, la altanería, sino más bien la sencillez, la benevolencia, al permitirme disfrutar de su reino particular durante las tardes en la plaza. De manera que no era su indiferencia lo que mediaba entre nosotros. Era mi cortedad el mayor impedimento para anunciarle mi amor. Yo temía espantarla con mi confesión, perderla para siempre, a sabiendas de que ya la estaba perdiendo al sonreírle a los otros. Y así, sin más, se fue pasando la vida, sin ninguna explosión de mi pecho, entre juegos y charlas inútiles, hasta que el término de la escuela nos enrumbó por diferentes senderos.


Durante mis años universitarios no volví a verla, excepto en una ocasión mientras viajaba en el autobús y ella iba por la calle nocturna; no obstante, el avistamiento duró solo un instante, un bendito instante, como el paso de una estrella fugaz. Metros más allá me bajé para abordarla, pero por más que anduve cuadra tras cuadra, no pude localizarla. Alguna vez, incluso, recorrí en vano su vereda, armado de pretextos por si nos descubríamos. Solo supe de ella a través de mis amigos, los cuales también se enteraron por otras fuentes de que Rita andaba de novia con un militar y que contadas veces se la veía por el barrio, hasta que se fue a recorrer el país a la aventura. Con estas noticias, me encerré aún más en mis estudios, otras mujeres me absorbieron, pronto me vi laburando también por provincia, recordando de vez en cuando a Rita, ya sea por culpa de la soledad o de una vieja canción.


Fue hace muy poco nada más cuando Rita y yo nos volvimos a cruzar tras muchos años. Una inusitada cuarentena, impuesta por el gobierno en todo el país, nos había devuelto a casa. Ambos habíamos preferido el calor del barrio y de nuestras familias, a fin de estar protegidos contra una extraña gripe que estaba asolando al mundo. En el 2020, un simple estornudo se había convertido repentinamente en un presagio mortal; asimismo, el decir “salud” ya no era tan solo un acto cortés, sino más bien connotaba un ruego para que el mal se acabara.


Ahora que frisábamos casi los treinta, yo me advertía casi un viejo, en cambio, ella seguía rebosando de hermosura y juventud. Aparte de sus viajes o mi vida de escritor, no teníamos nada grandioso que contar, salvo que estábamos atrapados por la soltería, cuando ya muchos de nuestros congéneres se hallaban comprometidos y con hijos. A raíz de esto, dada nuestra condición de seres libres, terminamos intercambiando números: había que matar el tiempo del largo encierro doméstico que nos esperaba.


Pido perdón si en lugar de condolerme de mis semejantes, anduve disfrutando de cada espléndido amanecer. Sucede que había vuelto a prendarme locamente de Rita al saberme correspondido por sus cálidas palabras. Las horas se iban entre pláticas virtuales y extensos escritos, poemas que esta vez yo escribía con un centelleo en la mirada. Solo entonces la distancia de kilómetros se redujo a centésimas, y más aún cuando acordamos una cita apenas terminara el confinamiento. Las estrellas ya no me parecían tan lejanas.


El encierro me permitió vencer el retraimiento y a ella darse cuenta de la transparencia de mi alma, de que el verdadero amor siempre estuvo a la vuelta de su esquina. Rita lo descubrió en mis viejas cartas, justo cuando la peste empezó a cobrar cientos de víctimas por día. Cuando la muerte ya rondaba por nuestra ciudad, me atreví a decirle con mi voz firme en el auricular que la amaba como nunca a nadie. Para ventura mía, ella aprobó mi declaración. Desde ese momento, empezamos a hablar de amor, de viajes y otros planes, sometidos ahora en una lejanía sin distancia, ya que la barrera física se quebraba por nuestro impulso emocional.


La epidemia, en nuestro contexto, no había sido tan mala al principio, puesto que nos había reencontrado cuando ya nos creíamos olvidados. Y aunque la situación se ponía cada vez peor, ambos la imaginamos como una dura prueba para nuestro idilio.


Ante la incertidumbre, resolvimos, una madrugada, infringir el toque de queda. Creímos que la noche profunda era el mejor momento para eludir la peste. Dejamos de acariciarnos por la pantalla del móvil para contemplarnos directamente, un instante siquiera. Fueron seis noches consecutivas las visitas. Yo corría, como un adolescente en su primera vez, hasta la puerta de su casa. Respetábamos los dos metros de distancia y el uso de mascarillas, asumiendo la idea de que ya llegaría el momento de entrelazar nuestros cuerpos.


La más grande epidemia, llamada peste negra, había iniciado también en China, y aunque se extendió por todo el mundo que en ese entonces eran Europa y Asia tuvo su mayor repercusión en la Italia medieval, tal como ha venido sucediendo en este nuevo siglo. El gran dolor que me consume hoy se asemeja también a la suerte del poeta Petrarca, quien perdió a su fastuosa Laura por los mismos síntomas de Rita.


Yo la maté, maté a quien tanto había idolatrado. Si hubiera sabido de mi estado asintomático probablemente pillé el virus al volver de provincia, jamás habría pactado dichos encuentros. Quiso el destino finalmente revolver los hilos de nuestra historia para que todo se diese así: yo aquí, recluido, y tú allá, en alguna estrella a donde nunca podré llegar



Autor: Sergio Cuipa García.



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