#Concurso: EFECTOS DE LA CUARENTENA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: hermandadblanca.org

INDICACIÓN AL LECTOR: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Puedes votar haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



Un mes de confinamiento en mi casa ya empieza a mostrar sus efectos. De otra forma, no descubro porque cada pensamiento de alguna u otra forma me arrastra al pasado. Mi ser no concilia con mis demonios, no me siento en paz, sufro de ansiedad y cada vez que estoy echado en mi mueble espero paciente a que ocurra cualquier cosa que me permita conversar unos minutos con ella. Se ha convertido en el eje de mis pensamientos. He aceptado que esto no ocurrirá, por ahora, me conformo con mis sueños, efímeros y con un final que siempre resulta fatídico. Terminamos juntos, felices… amándonos libremente hasta que el despertador suena y de un campanazo me trae de vuelta y contra mi voluntad a la realidad.


Me ocurrió algo curioso, quizás fue un sueño o, tal vez, un espejismo. Claramente la vi desde mi ventana, parada en la esquina de la calle, traía puesto una blusa de flores, miraba de lado a lado, como si estuviera buscando a alguien. Mi pálpito empezó a acelerarse, sentía la necesidad de bajar al golpe –tirarme de la ventana era una posibilidad- y es que no la veía hace más de dos años y medio. Desde aquel día. ¿Me ignoraría? ¿Me trataría con frialdad? ¿Mi daría una sonrisa? Empecé a dudar mientras me acercaba rápido a la puerta.


Era febrero de 2016. Trabajamos en un periódico digital, ambos éramos practicantes. Andábamos de sabuesos ante los hechos de corrupción que azotan al país. De pronto, una examiga sexual me llamó, mientras almorzábamos con toda la redacción. Vibró el teléfono y me hice el desentendido mientras por dentro la tentación de morder la fruta prohibida, o mejor dicho, la arrechura me empujó a contestar. Me paré, fui al baño y contesté.


- ¿Aló?


- Hola, quiero verte. Fue su respuesta escueta, pero directa.


- Hoy es difícil, estoy con ella. Hablé en voz baja.


- ¿Cuándo te ha importado eso? Lo hemos hecho hasta en el sillón del alcalde, por favor…no seas este, pues…


- (Esbocé una sonrisa) Oye estás muy traviesa, te llamo luego.


- Estaré a las 8 en el centro, me avisas.


- Ok. Trataré.


Colgué, jalé la palanca del baño para disimular. Me sentí nervioso, era una invitación al deseo, al frívolo placer de arrimarle el piano a una amiga que sabe lo que quiere.


De regreso a la mesa, Juliana me preguntó: ¿Quién era?, sin ese tono de periodista acuciosa. Yo respondí rápido, sin darle mucha importancia al asunto con un simple: “Cuando contesté ya habían cortado”.


Ese 8 de febrero y el periódico celebraba dos años de fundación, hecho por el cual nos quedamos de largo entre copas de vinos, risas, anécdotas. Paralelamente, en Miraflores, mis amigos de toda la vida se reunirían para celebrar el cumpleaños de Roberto, un amigo de infancia. La reunión en el diario iba a extenderse de largo.


Esas borracheras casi siempre terminan con el editor tirándose a una de las tres practicantes, la directora con sus anécdotas del porqué terminó su noviazgo con una figura polémica del periodismo de la línea sanguínea del Amauta. Nada nuevo. Quería irme de cualquier manera y el cumpleaños de mi amigo era el plan perfecto para escapar de manera fortuita. Así que me despedí de todos, inclusive de Juliana, quien solo me miró sin decir nada nada.


Salí rápido al paradero y me trepé al primer colectivo que iba por toda la Arequipa en dirección al Centro de Lima. Cogí mi teléfono y la llamé.


- ¿Aló, Patty?


- Hola, qué fue contigo fallaza.


- Cuál falla, cholita. Anda yendo a nuestro cuartito, hoy te quiero dar contra el tráfico.


- Ja, ja, ja, payaso. Ya pues, te espero.

Colgué y 10 minutos después, bajé. Mientras caminaba por toda la avenida Uruguay camino al metro de Breña me reía por la forma cavernícola que tenía para ‘calentarla’. A pocos metros de llegar al cruce con la avenida Alfonso Ugarte, Juliana me envió un mensaje que sentí de tono misterioso: “Te amo, diviértete. Yo ya estoy cerca a casa”. ¿En qué momento salió? ¿Fue detrás de mí? Volteé para saber si me estaba siguiendo, pero no logré verla por ningún lado.


Cuando llegué al Metro de Breña, me encontré con Patty, quien llevaba puesto un vestido negro de licra. Riquísima y lista para la acción –pensé-. Le di un pico y cuando caminamos le di una nalgada.


- ¿Por qué no me esperaste adentro?


- Ay, no jodas, me quieres hacer pagar el telo. Además, sabes que no me gusta dejar mi DNI.


- ¡Verdad! Yo tampoco lo traje, no te preocupes yo voy a pagar, pero pon tu documento, dejé mi billetera en mi escritorio.


Dentro de mí me reí, pues tenía todo en mi bolso, pero una ley no escrita en el manual del pendejo es que jamás debes dejar tu DNI en la recepción del hotel.


- ¿Seño, de qué precio tiene cuarto?, pregunté.


- Ahorita me queda de 50, nomás joven.


- Asu, seño, ¿no hay de 30?


- Viernes está 35, pero sí hay, están limpiándolo. Espere 5 minutos.


- No hay problema.


Al rato, entramos al cuarto y dejamos que el sexo salvaje se apodere de nosotros. Salimos sobre las 3 de la mañana. Caminamos de regreso al Metro y la embarqué en un taxi. Decidí caminar un poco, apenas había cruzado dos calles cuando de pronto escuché una voz detrás de mí. “Eres un infeliz”, susurró con voz quebrada. Volteé y la vi llorando. Con el rostro desencajado, solo me miró por unos minutos y se marchó. Aplastaba muy fuerte el llavero que llevaba en la mano. A veces el silencio es explícito y dice más. Sin reacción, la vi marcharse a paso acelerado y a lo lejos, subió a un taxi.


Me llené cobardía, preferí cerrar la puerta. No hay espacio para el arrepentimiento y menos para el perdón



Autor: Sandro Michelini.



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