#Concurso: EL MERCADO EN CUARENTENA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

INDICACIÓN AL LECTOR: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Puedes votar haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



Me levanté a las seis de la mañana para ir al supermercado que está cerca de mi casa. Me cuesta levantarme temprano, pero fui a las once unos días antes, y el sol brillante y la cola de cuatro cuadras me desanimaron. Esta vez, todas las personas estaban dentro y comprando apresuradamente. Tantas veces hice el mercado, pero desde que el gobierno ordenó la cuarentena por la pandemia del coronavirus, la experiencia es muy distinta. Muchos de mis conocimientos y sentidos están perdiendo su utilidad. Con ellos, van y vienen mis recuerdos en el mercado.


Cuando era pequeña, adoraba ir con mi madre al pequeño mercado de mi barrio. Todos los colores, olores y voces se entremezclaban en composiciones familiares de domingo. Mi madre iba de puesto en puesto, mientras elegía las frutas y verduras. Ella me enseñó a distinguir su madurez por el color, el olor y el tacto: los melones y las piñas desprenden un olor dulce; las paltas son un poco blandas; y los langostinos tienen la carne dura en las colas. Esta vez, en el supermercado, el parlante repite incesantemente: “Lleve una lista y no toque los productos que no comprará”. Quiero palpar las paltas, pero la culpa y los ojos fiscalizadores de una señora me lo impiden; también lo hacen los guantes de látex que me entregaron al ingresar. Entonces, opto por ir al letrero “Paltas maduras en oferta”, donde había una pila de cajitas con dos paltas en cada una. El precio ni lo miro.


Nunca pude distinguir el perejil del culantro por mucho que mi madre me explicara las diferencias en las formas de las hojitas. Para eso, confiaba en mi olfato, pero esta vez no puedo acercar las hierbas a mi nariz. Solo atino a esperar que el encargado del almacén responda la tímida pregunta de un señor: “¿Me dice cuál es perejil?”; y escojo lo que él toma. Así, a tientas, voy recorriendo los pasillos. Quiero ir a los condimentos y quedarme mirando las nuevas marcas y los frasquitos con escritos en inglés, como hacía mi padre —que prefería ir al supermercado—. Ahora, en cambio, un producto tras otro, voy siguiendo marcialmente mi lista y exigiéndome a no añadir cosas porque el peso no me dejaría caminar sola de retorno a casa.


Sola; es extraño sentirse sola en el mercado. Cuando era adolescente y aún hasta hace poco, al visitar a mis padres, acompañaba a mi mamá y a mi hermana al mercado. En el camino, solíamos conversar de “nuestras cosas”, de las que no compartimos con mi padre porque se cansa al escucharnos hablar “tanto sobre lo mismo”. Una vez en el mercado, mi madre se encontraba con sus “caseras” y amigas, en conversaciones que intercalaban los precios, las recetas de cocina y las historias de sus familias. Nos molestábamos con ella porque se demoraba en comprar o se retrasaba por responder los saludos: “Buenos días, doña Norma”. “Soy famosa, todos me conocen”, nos decía riendo.


Hace unos días llamé por teléfono a mis padres para saber cómo estaban y cómo estaba mi hermana.


—¿Y tú cómo estás, mamá?


— Casi no salgo. Por lo menos antes iba un ratito al mercado a distraerme.


Me dio tristeza. Ella no puede salir al mercado porque, a sus más de 60 años, tiene mayor riesgo de ser contagiada. Está separada de mi padre, pero por ahora viven juntos, mientras dura el tratamiento de mi hermana en Lima. Mi padre tampoco va al supermercado; ahora él compra todos los alimentos por la Internet y los trae el repartidor.


Estar en casa así es cansado, dedicar tus días a una misma rutina, más aún si tienes una hija con discapacidad que depende en todo momento de ti. Para mi madre, el mercado era una actividad y un lugar para ser reconocida, socializar y compartir. En ese momento entendí mejor por qué, cuando les tocó el turno —según el cronograma por sexo que aprobó el gobierno—, las mujeres salieron juntas y en gran cantidad a los mercados, motivadas por el hambre y el deseo de encontrarse.


En el supermercado, yo también estoy sola: las máscaras impiden reconocer y ser reconocida, tampoco hay tiempo para conversar. “Este es el otro aislamiento” pienso, mientras camino hacia la caja registradora. A mi lado, los cochecitos de los señores: los productos de limpieza, las menestras y el arroz, las carnes, y las verduras y frutas, separadas cada una en una esquina. Sonrío recordando que mi padre también me enseñó a organizarlo todo. Cuando este tiempo de pandemia termine ¿cuáles serán las cosas que recordaré? ¿Cuáles enseñanzas me servirán y cuáles no? ¿En qué nuevos espacios nos encontraremos las madres, los padres y las hijas?


“¡Avance!”, me grita alguien. Ya no hay tiempo. No habrá el jugo de piña con tamal o el pan con pavo que comía con mi papá al terminar las compras, en esos pocos momentos en que me atrevía a contarle sobre mi vida, ya de adulta. Subí al taxi que decidí llamar a última hora porque las bolsas pesaban demasiado. “Luego del coronavirus, la vida no será como la conocíamos”, escuché en la radio del carro. “Quizás el mercado ya no” pensé, mientras llegaba a casa



Autora: Roxana Vergara Rodríguez.



Si te gustó este texto, compártelo en tus redes usando los iconos de abajo.

Diseño de la web: Machucabotones 2020

MACHUCABOTONES SAC

buen retiro 158, Surco

Lima 33, Perú

Conecta con nosotros:

miniyt.png
minifb.png
miniig.png

Informes sobre cursos:

hola@machucabotones.com

Informes sobre talleres in house:

centro@machucabotones.com 

Páginas relacionadas con Machucabotones:

Teléfono:

978224136

entrelibros.png
lcc.PNG