#Concurso: LA CRISIS


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Google Images

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No tenía fuerzas suficientes para realizar con facilidad labores cotidianas. Lavar la ropa era una empresa imposible, usaba dos mudas de algodón que planchaba cada mañana con la idea de que el calor intenso podía suplir el lavado. Me sentía sucia y conversaba sola o con mi madre, que estaba con su gran sonrisa en una fotografía que había colocado frente a mí, imaginaba que era ella la que me cuidaba y el recuerdo de voz diciendo “mi hijita” era tan claro que mientras me frotaba yo misma el pecho podía también evocar nítidamente la sensación de sus grandes palmas sobre mi piel.


Continuamente recordaba, asumía o reflexionaba sobre la postración que tuvo que pasar ella, y en cuanto a mí, suponía que, si lograba recuperarme, tal vez ya no podría realizar actividades físicas exigentes. Me atormentaba con preguntas como: “¿tendré que aprender a vivir así?, ¿quedaré con daños permanentes?, ¿podría soportar una condición semejante?, ¿intentaría suicidarme al cabo de un tiempo?”.


Sin embargo, otra parte en mí cuestionaba la postura de víctima, por qué tendría que sentirme así, sobre todo sabiendo que existe gente tan valiente o de corazón tan compasivo (¿o es que ambas cosas son virtudes inseparables?) que, en situación desventajosa, sin trabajo y alquilando una habitación en una ciudad a la que acaba de llegar, decide socorrer a otro ser, un perrito moribundo que encontró mientras camina por las calles el mismo día que buscaba trabajo.


Cuando Edith me confesó que algunas personas le increparon el haber recogido a un perro enfermo sin tener dinero para completar su tratamiento, ni para solventar su alimentación y sobre todo cuando no le permiten tener animales en el lugar donde vive, comprendí su desesperación y me vi reflejada en ella. Le dije que al final todo saldría bien, le conté de una experiencia parecida, hace 9 años había pasado toda la noche buscando con angustia un lugar donde pudiesen recibir a mi cachorro, el que finalmente fue acogido en una veterinaria gracias a la ayuda de una chica que solo tenía entre mis contactos de Facebook. Siempre aparecen personas que ayudan, “verás que todo sale bien”, le repetí.


Me comprometía a no abandonarlos, pero a mi pesar sí lo hice, pasaron semanas sin saber de ella desde que inició la cuarentena. Entonces, con temor, por las altas posibilidades de tener malas noticias, decidí escribirle y preguntarle por Aquiles. Cuánta alegría me dio saber que él está mejor, es un perro grande que superó la neumonía y hoy juega como cualquier cachorro, en las fotos se ve que ha ganado peso, y ella dentro de todo, también está bien. Aunque la situación no ha dejado de ser problemática por el traslado y la incierta situación económica, es un alivio que alguien esté cuidando de su Aquiles y que se encargue además de su alimentación mientras dura esto, en una muestra de amor que reconforta y alivia.


No obstante, pensé en la posibilidad de morir, así que llamé a Luis, nos conocemos de toda la vida y sabía que podría confiarle aquellas cuestiones casi a media noche, le indiqué en medio de un delirio de palabras, mientras él me decía que no iba a pasar aquello (y yo le decía que me escuchara), frases como: “quisiera que…, mis tíos…, mi hermana…, mi mamá me dijo que…, no me arrepiento de…, y por si acaso en la cuenta tal…, el banco tal…, un depósito en…, una orden de pago…”.


Lo peor fue que en los días siguientes mi situación no mejoró, recuerdo haber llorado una tarde, tal vez fue una mezcla de problemas financieros, soledad e incertidumbre sobre el comportamiento del virus, pero la razón principal fue mi salud, hace tantos años que comía saludablemente, mi desayuno era un jugo de hojas verdes, alguna fruta, harina de coca, kión, canela, semillas y cereales que me aseguraban variados micronutrientes, no tenía deficiencias de minerales ni vitaminas, casi nunca comía chatarra (solo cuando me invitaban), consumía mis bebidas fermentadas, cuidaba de mi salud intestinal, de mi flexibilidad metabólica y hacía ejercicio. Sin embargo, la respuesta de mi cuerpo me abatía, sabía que algunas personas sentían, a lo mucho, leves molestias, e imaginé que yo estaría en ese grupo, pero la realidad me mostraba que no era así; además empezaba a desconfiar de los médicos que a cada visita me cambiaban el tratamiento como si el anterior hubiese sido el errado.


Finalmente, decidí consultar, además de los médicos del Centro de Salud que estaba a dos maratónicas cuadras de mí, a otros que solidariamente se habían ofrecido absolver dudas por Facebook, e investigar sobre los mecanismos de acción de los medicamentos que me recetaban antes de iniciar mi tercer tratamiento. El resultado fue que, después de diez días de potentes antibióticos, coincidieron mayoritariamente en que no tenía sentido tomar azitromicina, ni corticoides. Con cierto alivio o triste resignación dejé los medicamentos, rechacé incluso los antipiréticos y analgésicos.


Quiero pensar que me curó el sol con sus rayos ultravioleta sintetizando vitamina D en mi piel, el consumo adicional de vitaminas A y C, así como de magnesio, zinc, potasio y omega 3, pero algo me dice que fue una fuerza divina que activó una energía de reserva que tenía muy en el fondo de mí. En medio de una noche de desesperación, ésta se desató violentamente y explotó, entonces, sin esperarlo, empecé a mejorar, mientras me repetía asombrada: “estoy mejor”.


Ciertamente hago una vida normal y hasta me preparo para hacer llamadas de apoyo a gente vulnerable, con el añadido de que cada mañana doy gracias por poder respirar, por sentir que mi corazón late bien, por tener fuerzas para levantarme y caminar o para sostener objetos, por sentir el sol calentando mi piel, por distinguir sabores y olores, por tener esperanzas de volver a ver a mi familia y amigos, y de abrazar en su honor a mis hermosos perros, pronto



Autora: Ana Quispe Huanca.



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