#Concurso: LA ETERNA NOCHE


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Aquella madrugada la luz de la luna emulaba al sol en el alba y bañaba toda la arena, que aún estando forrada con un falso piso prefabricado, dejaba ver pequeños destellos por todas partes, manchas de masacres antiguas que, aunque parecían lejanas, aún permanecían ahí, vigentes y perennes, y que habían dejado la plaza impregnada con el inconfundible olor de la sangre y el sufrimiento. Elías se acercó a una de las manchas en el suelo, el más lejano de todos, y conforme avanzaba, el eco de sus pisadas se esparcían por todos los rincones de aquel circo funesto, rebotaban en las butacas vacías y regresaban a sus oídos a modo de vítores y gritos de aliento. Asustado, se detuvo al instante, y con él los gritos también se detuvieron, dejando caer sobre la plaza un silencio sepulcral aplastante que sólo fue roto por el eco de los latidos de su corazón. Volteó a ver en todas direcciones, aterrado con la idea de que alguien lo hubiese visto caminando por ahí en medio de la noche. No había nadie. Respiró aliviado y caminó hasta el borde de la arena, justo debajo de las gradas, volvió la vista y la enorme carpa levantada en medio del circo le robó una sonrisa.


No podía creer que apenas un día antes había estado a punto de sufrir un colapso sistémico producto de la inanición provocada por una cuarentena autoimpuesta por él mismo y el temor a una muerte espantosa ocasionada por un virus que no conocía, no podía ver, pero que todos decían estaba en el aire. Se había escondido con unos amigos en una cueva artificial debajo de un puente en las riberas del Rímac, habían compartido los mendrugos de pan que pudieron almacenar a última hora y que no les duraron ni un día, y había visto cómo, día a día, presas del hambre, y víctimas del “bicho chino”, habían ido abandonando el refugio para no volver más. Elías fue el que resistió más, se quedó hasta el último instante tirado sobre sus cartones, y nunca llegó a saber si lo que lo mantuvo postrado sobre ese lecho de papel comprimido había sido el miedo a la muerte o las faltas de energías por la ausencia de alimentos. Y definitivamente nunca llegó a creer la imagen que se dibujó frente a él de dos hombres con linternas entrando en la cueva y gritando su nombre para ubicarlo y rescatarlo, ya que él creía que las autoridades nunca harían algo así por él, y por lo cual se obligó a creer que en sus estados de delirios, y sin fuerzas para nada, se arrastró fuera de la cueva, llegó al borde del río, el cual tenía las aguas menos turbias que nunca, sorbió un poco del líquido dulce que su cuerpo tanto deseó, y terminó desmayado ahí, horas después alguien lo vio desde el puente, y al querer levantar el cadáver, notaron que aún tenía signos vitales por lo cual lo llevaron hasta aquel refugio que ahora lo cobijaba.


Elías seguía sonriendo. Ninguna de las versiones que había inventado en su mente era factible. Según él, de haber muerto en las orillas del río, o de creerlo muerto, las autoridades hubiesen dejado que los gallinazos y ratas se comieran su cadáver, ya que eso era más provechoso para la naturaleza, y menos engorroso a nivel administrativo. Aún así estaba ahí, y estaba a salvo. Estaba rodeado por sus amigos, y estos ya estaban acostumbrados a su nuevo estilo de vida, y la sonrisa sólo se acentuaba en el rostro de Elías, porque no podía creer su suerte, no podía creer cómo había cambiado toda su vida. Se había pasado casi dos décadas en las calles, escondiéndose de la sociedad que lo miraba con rechazo y hasta asco, había dormido escondido en huecos transitorios, había comido miles de panes duros y los había compartido con esos amigos a los que consideraba hermanos de la misma madre: la miseria, y todo lo había hecho sintiéndose un paria, un apestado, un ser sin valor que debía andar en las sombras, como una alimaña, pero que ahora estaba siendo cobijado, se sentía protegido, o al menos ya no se sentía rechazado.


Pensando en todo eso y reflexionando sobre todas y cada una de las decisiones que lo habían llevado hasta ese punto, reviviendo cómo fue que empezó a caer en esa vorágine de malas decisiones, malos hábitos y pésimas acciones que le empujaron cada vez más a una miseria que le hacía perder la humanidad poco a poco, volvió a sonreír porque sintió que había recuperado de golpe esa humanidad y dignidad perdidas durante tanto tiempo. Y mientras estaba sentado en el borde de la arena, bajo las gradas, con ropa limpia y hasta nueva, sacó del bolsillo un pan con jamonada mordido que se había guardado del lonche ya que su paladar no había soportado el sabor del pan fresco, la sonrisa nunca se borró de su rostro, ni siquiera cuando unas lágrimas de alegría cayeron por su rostro y fueron a mojar el pan en sus manos



Autor: Chris Tambini.



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