#Concurso: LAS VIEJAS CINTAS DE MI PADRE


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Cumplí veinte años en julio del año pasado, y decidí tomar las riendas de mi vida. Empecé por hacer terapia. No lo había hecho antes por falta de dinero más que por los estigmas sobre ir al psicólogo. Tenía un trabajo modesto que me alcanzaba para ayudar en casa, cubrir los pasajes y alguno que otro lujo, como una salchipollo.


Fui a una terapeuta que atendía en la posta municipal. Después de algunas sesiones pude ver con más claridad algunas cosas sobre mi padre y yo. La sensación de abondo, que me había dejado su partida en mi infancia, se infiltraba en mi vida. Arrebatándome cualquier sensación de alegría tras la consecución de algún logro. Es decir, el joven escritor quería que papito le diga que escribía lindo. Me sentí avergonzado, pero la psicóloga me instó a que me acercara a mi progenitor.


Fue así que, con la venía de mi madre, pedí vacaciones en el trabajo y compré un pasaje para Huancavelica. Mi madre había tenido que hacer unas llamadas incomodas; y consiguió, por medio de una tía lejana, la dirección de mi padre.


Llegué en la madrugada del viernes. Salí del terminal y pregunté por la calle Celestino Manchego. Un extraño, con amabilidad áspera, me indicó que podía llegar caminando si tomaba su ruta. Le hice caso. Caminé mirando los letreros, y al bordear la comisaria, di con la casa de mi padre. A primera vista era fea, pero después de un momento, te impresionaba la pulcritud de la fachada. Toqué la puerta y escuché unos pasos acercarse. Respiré hondo, y contuve el aire, hasta que un señor de barba pronunciada apareció y me dijo: «Hola Jeremías, te estaba esperando. Pasa, he hecho el desayuno.»


Mi plan era pasar el fin de semana con él, y escuchar su versión de la historia. Sentí la urgencia de ir al grano, pero no sabía cómo empezar. Así que dejé transcurrir las horas entre conversaciones superficiales sobre el clima, la diferencia con la vida capitalina y el avance del virus en el país. Pero las horas se volvieron días, la mañana del domingo llegó y no había tocado el tema.


Desesperado, decidí enfrentarlo. Contarle como su ausencia me había socavado la autoestima. Quería obligarlo a que sí bien no podía reparar el daño que me había hecho, por lo menos compartiera mi dolor. Sufrir solo, por un problema que daba para que sufran dos, me hacía sentir desdichado.


Salí de mi cuarto, y lo encontré sentado en la sala maniobrando un viejo reproductor de casetes. Tenía un aspecto juguetón e infantil, el cual se acentuó, cuando al verme me hizo un gesto con la mano para que me acercara.


«Quiero que escuches esto.», me dijo, y comenzaron a oírse unas risas. Reconocí la de mi madre, la de él, y la tercera era la de un bebé.


«Me gustaba grabar las conversaciones que teníamos tu madre y yo. Me gustaba como se reía. Luego naciste tú, y te nos uniste.»


No supe que decir. Él prosiguió.


«Un día, se me ocurrió sacarle las conversaciones, quedarme solo con las risas, e intentar recordar de qué nos reíamos. Cada cierto tiempo, las escucho.»


Señaló con su dedo el aparato para que prestara atención. Me escuché riendo de bebé, y le vomité la pregunta que tanto había esquivado.


—¿Por qué me abandonaste?


Se le desdibujo la sonrisa del rostro.


—Porque a tu edad, no era ni la tercera parte del buen hombre en qué te has convertido —me dijo, y se echó a llorar.


Lo recosté en su cama, y comencé a alistar mi maleta. Nunca me hubiera imaginado que el domingo declararían el estado de emergencia, y que mi estadía de tres días se volvería una residencia de un mes.


Tampoco imaginé que mi padre no volvería a levantarse de esa cama, pero así fue. La tos seca, la fiebre, y todos los síntomas que habíamos escuchado por la radio, se manifestaron. A partir de ahí transcurrieron los días entre solicitar la prueba rápida, bajar la fiebre con paños húmedos, llamar a mi madre para explicarle todo, negociar con mi jefe, ser despedido, afeitar a mi padre, bañarlo, mantener la casa limpia, conseguir mascarilla, rogar ayuda médica por teléfono.


Él aprovechaba sus momentos de lucidez para pedirme que le lea mis cuentos. Escucharlo intercalar entre reír y toser, con el último que escribí, me envejeció diez años.


Esa noche mi padre murió.


El gobierno prohibió la inhumación, persona que moría de coronavirus debía ser cremada. El crematorio más cercano estaba en Huancayo. Después de varios intentos, no conseguí ni forma de trasladarlo, ni alguien que quisiera hacerlo. Tuve que clavarme en la oficina del alcalde durante más de quince horas para obtener el permiso para enterrar a mi padre.


Mi padre me había contado que en vida nunca fue popular, quién diría que muerto lo sería menos. Conté cerca de trescientas personas alrededor del cementerio, que amenazaban furiosas para que mi padre no sea enterrado allí. La policía había formado un cordón de seguridad, pues temían que fueran a atacarnos. Llevábamos cerca de una hora en la puerta del cementerio. El calor era insoportable. Era una situación insostenible para todos. Así que me acerqué hacia la bolsa sellada que llevaba el cadáver de mi padre, y lo cargué con todas mis fuerzas.


«¡Hoy voy a enterrar a mi padre, y después todos nos iremos a casa!», grité con todas mis fuerzas para que se me escuchara hasta la plaza. Tenía el rostro contraído y los dientes afilados. Daba la apariencia que podría morderle la yugular a cualquiera. Será por eso que, al voltear, me dejaron avanzar hacía el nicho. Escoltado de lejos por los policías, en completo silencio.


Ese mismo día, escuché las cintas de mi padre. Reí, lloré, y me comí un plato de mondongo que él me había enseñado a cocinar. Hice mi maleta, y comencé mi regreso a pie hacia Lima, con sus zapatos puestos



Autor: Job Mansilla Hinojosa.



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