#Concurso: PREOCUPACIONES EN CUARENTENA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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El día que el presidente dio el anuncio volvía de visitar a su sobrino, estaba feliz del rato que paso con él, ahora después del último anuncio del presidente solo rogaba que su padre volviera antes de las seis de la tarde.


Había elegido el peor momento para cometer una estupidez, después de las tres semanas de cuarentena, el retraso en sus clases justo en el último semestre, y otro tipo de retraso que podría cambiar su vida; ella solo podía estar preocupada.


Los primeros días de cuarentena fueron tranquilos, no pensó que sería grave, su hermano llegó días después de su inicio, la mina en la que era trabajador social había decidido cerrar; al verlo llegar notó el alivio de sus padres ya que estaban todos juntos, en su hermano en cambio noto cierta tristeza. Conocía el corazón de su hermano y sabía que esa tristeza era por no poder ver a su hijo. Vivían en un extremo de la ciudad, y el pequeño al que le tocó pasar su cumpleaños en cuarentena vivía en otro.


Amaba a su sobrino tanto o más como alguna vez amó a su hermano, la llegada de ese niño cambio la vida de todos. Su hermano se había vuelto más responsable, su padre estaba feliz de tener un nieto con quien compartía el mismo signo y también el temperamento, y su madre había admitido amar más a su nieto que a sus hijos.


La llegada de otro niño la ponía nerviosa, no estaba lista, no había terminado la carrera y no quería repetir la historia de su hermano, aunque esta vez sería al revés ella se quedaría con el bebé.


Le dio mil vueltas a esa situación en su cabeza, no era mucho el retraso, pero nunca le había pasado. Había decidido esperar justamente por ese miedo y otros que tenía. Había escuchado desde pequeña sobre enfermedades y que el sexo puede arruinar las cosas.


Ahora deseaba ir a comprar una de esas pruebas para saber si estaba embarazada, pero que haría si su padre o madre la encontraban, cómo haría para comprarla, quizá podría utilizar la excusa de comprar un chocolate o algún otro dulce que últimamente se le antojaban mucho.


Los antojos eran otro miedo, había oído de sus amigas que los primeros meses las mujeres lucen demacradas y bajan de peso. Ella había bajado de peso, le pareció lógico al principio ya que pensó que era por el ejercicio que realizaba cuando se cansaba de ver videos o de oír las noticias. Había bajado de peso y tenía antojos. ¿Ansiedad o embarazo?, era una pregunta que rondaba en su mente. No era un buen momento con todos en la casa para ir en busca de una de esas pruebas.


Armándose de valor se dirigió a una farmacia no tan cercana, pero muerta de la vergüenza y con el temor que alguien conocido la viera, había salido de la farmacia con una mascarilla y un papel higiénico al triple de su valor real. Su madre sospechaba que algo le pasaba y se lo preguntó, ella contestó que le preocupaba la cuarentena y sus consecuencias.


Su madre miraba por la ventana a cada instante, su hermano conversaba por celular y ella fingía ver las noticias, todos en ese momento se encontraban preocupados. Su madre esperaba la llegada de su esposo taxista que solo hace dos años había conseguido un taxi propio; tenía el temor que a pesar de los papeles en regla tanto del vehículo y de su esposo ambos fueran retenidos por un descuido en la hora. Su hermano tenía que hablar con los trabajadores, habían empezado a llamarlo y reclamarle por la incierta situación de la empresa.

Ella por otro lado pensaba en problemas que nada tenían que ver con el Coronavirus, quizás debía confiar en alguien y contarle las cosas, quizás a alguna amiga con más experiencia y si solo era un retraso como había tenido antes, pero antes nunca había tenido sexo así que el temor del embarazo no existía.


Decidió contarle a su amiga.


- ¿Se cuidaron? Fue la primera pregunta.


La repuesta debió ser un sí, pero no sería una respuesta sincera.


Después de contarle la verdad a su amiga.


-IDIOTA. Fue lo único que recibió como respuesta, se molestó con ella.


Pasaron los días y la bendita mancha roja apareció, nunca había sido tan feliz por la llegada del período. De hecho, encerrada en su cuarto lloró de emoción, su madre, madre al fin, la oyó y la obligo a abrir la puerta del cuarto.


Se había aislado por voluntad propia, nunca le habían agradado las personas, así que hubiera disfrutado la cuarentena de no ser por ese miedo.


Al abrir la puerta su madre la vio con los ojos rojos y llorando. Inventó que estaba estresada por el encierro, que tenía temor de no sacar el título y que la explotaran como ya lo habían hecho. Su madre la abrazó y calmó, necesitaba ese abrazo más que nunca, lamentablemente los temores inventados se volvieron en temores reales. Después de la cuarentena las cosas se pondrían aún más difíciles.


Antes de que empezara la cuarentena había hecho prácticas, no le reconocieron las horas que trabajaba y encima se había peleado con su jefa por la nota que mandaría a la universidad. Pensó en mandarla a la mierda, pero sus amigas lo impidieron así que con la cara más hipócrita que pudo poner se despidió amablemente. Se había ganado una enemiga.


Después del abrazo de su madre se sentía aún más hipócrita. Ser hipócrita con alguien que detestas es relativamente fácil, pero serlo con alguien que amas es doloroso y cruel. A pesar del enojo le contó a su amiga, a quién más podía contarle.


Estúpida con suerte. No vuelvas a hacer estupideces. Le escribió.


No las haré al menos hasta que termine la cuarentena. Dos universitarias en diferentes distritos sonreían leyendo la misma conversación



Autora: Judith Bernabel Gutarra.



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