#Concurso: ¡PREPARAR CACHANGAS!


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Google Images

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Son las 10 y 50 de la noche, estoy sentada en mi cama que hace tres días no tiendo. No tengo sueño, solo calor y también hambre.


Ahora no quiero leer, tampoco ver tele. No me apetece hablar con nadie, ni siquiera con mi abuela que ahora duerme. Su sueño no se ha visto afectado por el insomnio sino por algunas pesadillas. Yo también las tengo.


Desde mi cama miro mi reflejo en el espejo del ropero, a una yo que no se parece a mí. Mi cabello tiene una cola mal hecha y después de mucho tiempo me siento sola. A veces siento que mis almohadas tienen vida, que me miran desde la esquina de mi cabecera pero no me quieren hablar ¡Estúpidas!


La noche está tan silenciosa que, a pesar de ser sábado, ninguno de mis escandalosos vecinos ha puesto música. No hay perro que ladre ni viento que golpee contra mis ventanas.


Estoy esperando que la masa de mis cachangas esté lista para freír. Según internet debe reposar 45 minutos, solo le daré 20. De niña me encantaba comer cachangas pero nunca antes las había preparado.


Mi abuela siempre que estaba feliz se encerraba a solas en la cocina a prepararlas. Recuerdo tener unos 9 años, estar sentada en la mesa del comedor ayudando a mi abuelo a terminar el crucigrama del Trome. Entonces se abría la puerta de la cocina y mi abuela entraba con un plato lleno de chachangas, una sobre otra, con olor a pan dulce recién preparado. Tostadas a la perfección, no quemadas, no blancas. Era verano y el día se iba acabando, el sol entraba por la ventana y era hora del lonche. “¡Ya vamos a comer, deja el periódico a un lado Esaú!” le decía mi abuela a mi abuelo y él sonreía y decía ¡Ay esta vieja siempre mandona! Yo solo sé que los lonches comiendo cachangas eran los más felices.


Ese recuerdo me hace sonreír. Lo había guardado muy al fondo de mi memoria. Quizá esa sensación que permanece en mí me animó a preparar cachangas. Pensé que quizá amasar y mezclar, encontrar el punto exacto de sal y azúcar, de agua y leche, de mantequilla y harina, silenciaría un poco mis pensamientos. Pero no. Me sigo sintiendo como en una rifa, pero esta vez no quiero que mi número sea el ganador. Cuando regreso de la calle y siento un pequeño malestar pienso que mi número esta vez podría ser elegido, pero no quiero porque el premio es estar infectado.


Hasta hace unos días pensé que estaba llevando bien esto de la cuarentena. Controlando mis síntomas hipocondríacos. Tratando de no informarme a todas horas. De no obsesionarme con ordenar o aprender a cocinar, con pensar todo el tiempo en que debo ser productiva. Ahora siento que estoy perdiendo el control. Aunque sé que no puedo controlar todo.


Los minutos pasan lentos y me voy arrepintiendo de comer tan tarde. Para cuando las fría serán casi las 12 de la noche.


Mientras amasaba me di cuenta que no recordaba cuándo fue la última vez que mi abuela nos preparó cachangas, solo sé que mi abuelo aún seguía vivo. ¿Desde entonces no se sentirá feliz? Pensé en ella dormida atormentada quizá por alguna pesadilla de la que no puede salir y pienso en mi abuelo. Él, que había sido un fumador de joven, sufrió mucho en sus últimos días. Pienso en él y siento culpa, culpa de estar aliviada porque está muerto y no aquí en medio de esta pandemia. Él murió de pobre. No pudimos conseguir a tiempo un traslado a algún lugar donde hubiera disponible un respirador. Fue un mal día para entrar a emergencias en el hospital María Auxiliadora.


Mi corazón sabe lo doloroso que es ver morir a alguien que amas por no poder acceder a un respirador. No imagino siquiera el abismal dolor que hubiera sentido si ese día no hubiera podido abrazarme a él después de su último suspiro. Si no hubiera podido llorar sobre sus piernas el dolor de su partida. Pienso que con los 80 años que tuviera ahora, su fibrosis pulmonar y la mala suerte que acompaña a mi familia, él no hubiera podido sobrevivir a esto y yo tampoco. Este pensamiento ha acompañado mis momentos más oscuros en esta cuarentena.


Mientras dividía la masa y formaba las cachanagas un estado de liberación se apoderó de mí. Por primera vez en este encierro me permití llorar. Despacio y en silencio. Saber que mi abuela es fuerte y sin enfermedades crónicas me alivia. No quiero que ella sepa de mi angustia y se angustie. Tengo miedo por ella. Por ella y por todas las personas a las que quiero. También tengo miedo por mí.


Una palomilla gigante y fea se da golpes contra el foco de mi cuarto y me hace reaccionar. Ya pasaron los 20 minutos. ¡Por fin! pienso. Solo tengo que descubrir cómo voy a freír las cachangas sin quemarlas ni quemarme. Soy tan mala friendo cosas.


Ahora que debo ir a enfrentar ese desafío me doy cuenta que han pasado días en los que no he reído ni una sola vez. Pero esta noche he aliviado una parte de mí. Hoy es sábado santo, para los creyentes es día de reconciliación del hombre con su Dios. Yo me he reconciliado con la cocina, con mi hambre de madrugada, con mis pensamientos. Espero que a salir de esto nosotros estemos reconciliados con nuestra humanidad



Autora: Esly Pérez Guzmán.



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