#Concurso: QUIERO LEER A VERNE


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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La pintura pesaba lo suyo. Al momento de cargar los dos baldes pensé que quizá lo mejor hubiera sido quedarme en casa a leer a Verne y dejarle la imperativa de mamá a Jenny, ella que se quejaba tanto de estar metida en la casa que tanto parecía odiar en los días de libertad y ahora obligada a detestar por el aislamiento obligatorio. <<Qué horrible suena esa orden. “No salgan pibes, o muren pibes” o “no hay peor cosa que convivir en familia, excepto agonizar en una camilla con nubarrones de mugre, tosiendo y asfixiándote, desesperado por absorber aire antes de hundirte en el lago lúgubre de la muerte, viviendo en la eternidad como el más uno de una cifra que posiblemente no pare nunca” son títulos que me gustan más; además son más sinceros. Sé que algún ministro piensa lo mismo>>.


Pero ya no había vuelta atrás. Jenny se quedó en su cuarto escuchando jazz, con una sonrisota en su rostro, sintiéndose afortunada por tener una hermana hambrienta por la urbe, pisar el asfalto, cubrirse del sol detrás de los postes de luz, por esquivar excrementos repartidos al azar en las calles por perros errantes, hambrientos por morir. Fue parca advertencia que la mañana de ese día, el vientre se me inflamara y el estómago lo tuviera sensible. Mis días rojos habían llegado, lo anunciaba la mancha sanguinolenta pintada en las sábanas.


Mi madre le pidió a Jenny para que vaya por pintura para remodelar las paredes del hotel, que le irritaba ver a papá echado en el sofá de la sala con las manos metidas en el pantalón, seguro rascándose los huevos- así decía ella- sin hacer nada, que tenemos mucho tiempo y no lo hay que desperdiciar en no hacer nada productivo; aprovechar ahora que el hotel está vacío para renovar los colchones, rellenar las almohadas, reparar las cortinas y cerámicos en evidente urgencia por cambiar. Y pintar las paredes impregnadas de manchas de sudor y escritos que de seguro serán epitafios en pocos días, por supuesto.


-Yo iré, no la molestes. Además, quiero salir un rato a la calle-. Eso le dije a mi amada madre, que en su rostro afloraban arrugas cuando algo la sorprendía. Unas hermosas arrugas.


Tuve que dejar a Verne en la mesita de noche, ponerme unos jeans de color verde oliva, mis zapatillas blancas que eran usadas solo en ocasiones especiales y la sudadera negra de mi padre. Los lentes de Carlita me complementarán el outfit. Mientras me colocaba la mascarilla y los guantes quirúrgicos no dejaba de repetir: amarillo inti y azul festejo, si no hay inti será blanco invierno o verde lima, ¿o era al revés? No importa, inti o lima, no lo olvides. Inti o lima. Me metí el billete de 20 soles al bolsillo y salí al exterior. ¿Lima tiene color? Me pregunté mientras evadía el primer excremento del camino.


La ferretería no se encontraba tan lejos, solo a siete cuadras desde la esquina hacia la Plaza de Armas. Así que decidí a desviarme un poco del camino trazado. Bajé por el lado contrario a la avenida y me encaminé hacia los parques del distrito. Las calles podían considerarse desiertas de no ser por las mamitas que vendían choclo, cuy o queso artesanal sentadas en mantas multicolores encima de la vereda. Echados y con una mano estirada hacia adelante, mendigos miraban un punto del espacio sin perturbar su pétrea expresión. Yo veía las imágenes quizá con mucho cinismo, como si viera un álbum de fotos de la hambruna en Manchuria por la década de los 30’. Las expresiones de la gente se replicaban en los mendigos. Los veía con los sentimientos apartados de mí, con la sensación de que mi cuerpo estaba vacío y apartado de mí, lejos. Deposité 20 céntimos en una vasija azul de uno de ellos.


Entré a vericuetos tras verificar que tenían salida y a callejones de facha antigua. Había casas de barro y otras que tenían balcón y arquitectura romana, con pedestales y cabezas de querubines en sus entradas. Supuse que cualquier extranjero que tuviese la fortuna de perderse por estos lares quedaría maravillado. Cuando el Sol desapareció tras un cúmulo de nubes y noté que el silencio reinaba hasta donde podía oír, me detuve antes de llegar a la siguiente esquina y encaminé mis pasos a la ferretería, que vendía su mercancía en secreto, tomando precauciones de la competencia que tenía su tienda cerrada al frente, con la dueña quisquillosa acatando las reglas del estado de emergencia y que no vendería mercadería bajo ningún motivo, que tampoco permitiría que otra tienda venda si ella no puede y que tendría la cámara lista en caso vea alguien sospechoso saliendo de la tienda. Por eso mi madre llamó a la señora que nos vendería la pintura para así poder acordar el lugar en donde se realizaría el trueque sin levantar cargos penales ni de culpa.


Al llegar a la ferretería me encaminé hacia la parte trasera del edificio. Antes de que mis zapatillas comiencen a pisotear la grava del terreno baldío, pude sentir claramente la mirada opresiva de alguien, de un ser envejecido por la envidia y el tiempo, que gastó sus pasos yendo a la iglesia y a las procesiones parroquiales de pascua y de los domingos. Volteé y alcé el dedo medio hacia la ventana de la casa del frente. Noté un ligero movimiento en las cortinas blancas del segundo piso, como si una brisa las hubiera acariciado.


-Amarillo inti y blanco invierno ¿verdad? - dijo con voz prominente el moreno de ojos verdes, esposo de la dueña. Confirmé el pedido y levanté con esfuerzo los dos baldes de pintura. <<Mierda. Pesan un demonio>>, pensé mientras el Sol comenzaba a ocultarse entre dos cerros al oeste. << ¡Uf! Debo llegar antes de las seis a casa. Que Dios esté de mi lado. Amén. Quiero leer a Verne una vez más>>, dije esquivando un excremento de forma curiosa



Autor: Farid Cabrera Chumbes.



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