#Concurso: SOLIDARIDAD Y CONFIANZA


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Estoy deprimido. No poder salir de mi departamento las 24 horas del día es la gota que colmó el vaso. Tengo 75 años, presión alta, insuficiencia cardiaca y cuatro baipases en el corazón, sin duda soy un apetitoso bocado para el corona virus.


La toma de mi segunda tanda de pastillas es a las ocho de la noche, prefiero no recordarlo y obviarlo, no vale la pena seguir tomándolas. Estoy medio dormido, de repente, un edificio frente al mío, llena el aire con una melodía “…cuando cueste más tenerme en pie… cuando me amenace la locura… resistiré para seguir viviendo…resistiré”, toda la cuadra se colma de aplausos en los balcones, un patrullero que pasa hace sonar su bocina fuertemente, el ambiente destila determinación y ganas de vivir.


Claro, son las 8 de la noche, hora de inicio del toque de queda, aislamiento social obligatorio le llaman. Automáticamente cojo mis pastillas y me las trago, extrañamente estoy con mejor estado de ánimo. Dos vehículos del ejército se suman al bullicio. Este hecho devuelve a mi memoria el recuerdo fresco del llamamiento de esta institución a los reservistas de los tres últimos años para que contribuyan con la lucha contra la pandemia. Es que me impresionó la respuesta de ellos: se presentaron reservistas más allá de los tres años pedidos, querían contribuir. Son gestos que conmueven.


Estos dos hechos golpearon como un solo puño, mi depresión y ansiedad –si es que simultáneamente se pueden tener estos dos estados de ánimo- entonces por mi mente circularon una serie de situaciones ocurridas en estos 31 días de confinamiento en el Perú.


Enternecido recordé el aviso de una señora que ofrecía regalar sus codornices a quienes lo solicitasen, en la cantidad que quisieran. Ella ya no podía alimentarlas, sus cuarenta compradoras de huevos dejaron de serlo pues ya no podían vender ambulatoriamente los huevos cocidos debido a las restricciones de circulación. Me conmoví cuando en respuesta a ese aviso una empresa o una persona, no lo recuerdo bien, se comprometió a facilitarle, gratuitamente, alimento para toda su granja por lo menos por un par de meses.


En ese momento mi estado de ánimo ya estaba estabilizado en la condición de bueno. Sentí tranquilidad de espíritu y me sabía parte de un conjunto luchador y no un solitario abandonado en un rincón, casi sin apreciar la vida.


En mi nueva condición anímica, no sé si por reforzarme o por gratificarme, inicie un cómodo viaje turístico mental siguiendo la ruta recién construida del Covid19.


Este viaje me llevó a la perplejidad. No entiendo como una serie de cosas bellas: lecciones de coraje, de entrega, de lucha, de búsqueda, de solidaridad, de compañerismo, de compromiso y otras más, que se repetían constantemente las había pasado por alto. Llegaron a mí y no penetraron ni a mi mente ni a mi corazón. Contrariamente, todas las malas noticias hacían jadear mi espíritu, roían mi mente y descuartizaban mi corazón. Este viaje invirtió las cosas.


Retrospectivamente veo, me solazo y aplaudo cuando una familia de escasos recursos incrementa una ración en sus comidas para dársela al mendigo que ya no puede pedir limosna; cuando estudiantes universitarios desarrollan una alarma para evitar tocarse la cara y ponen los planos a disposición gratuita de quien quiera fabricarlos; cuando el coso de Acho se convierte en vivienda provisional para tanto abandonado del destino. Siento que la humanidad se desborda por el lado bueno y se convierte en un ser omnipresente con los brazos extendidos al infinito.


Es cierto soy un excelente bocado para el Covid19 pero no le voy a dar el gusto que me lleve y si lo hace, que le cueste “…cuando los vientos de la vida soplen fuerte…y si alguna vez me faltas tú… resistiré…resistiré… resistiré para seguir viviendo”.


Luchar es vivir y vivir es luchar. Soy parte de esta humanidad que saldrá adelante, recuperará este mundo tan maltratado y conquistará el universo. Construiremos nuestro propio destino.


Ahora siento que mi encierro es de lujo, pese a que es de doble cerrojo: por un lado el que me impone malamente el corona virus y el otro mi pareja, que me exige amorosa y angustiosamente a no salir del departamento. A esto se agregan las circunstancias de mi brava y dulce compañera.


Ella tiene una madre que ya llega a los 100 años, esta completamente lúcida y con un envidiable deseo de vivir. Todos los días, a excepción de los domingos y algún día entre semana, sale a la 1 de la tarde, recorre las 5 cuadras que separan nuestros departamentos, almuerza con ella, la acompaña toda la tarde y a las 5.30 hace el recorrido inverso trayéndome el almuerzo, que será para el día siguiente, además de todas las compras necesarias


Me aterra el solo pensar que por una imprudencia mía pueda llegar el Covid19 a su casa, no me lo perdonaría jamás. Por eso evito salir para comprarme una botella de vino u oxigenarme corporal y mentalmente; pequeñas renunciaciones en las circunstancias que vivimos.


No importa que el tren este muy cerca a mi último paradero, viajaré cómodamente sentado y sonriendo permanentemente. Si algún pasajero necesita mi asiento más que yo se lo cederé gustoso, aunque él esté aún lejos de su propio paradero; en nada disminuirá mi placer del viaje, creo más bien, que mi viaje se hará más placentero porque seguí útil hasta el final



Autor: Guillermo Fajardo Torres.



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