#Concurso: Srta. GERTRUD


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Pixabay

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Las últimas tres noches transcurridas he sido cruelmente asediado por situaciones que invaden mis sueños. Deseo mantenerme firme en la convicción de que son sueños y nada más que eso, sin embargo se ha abierto una grieta de incertidumbre por la naturaleza vivaz de estos fenómenos. Prefiero dejar constancia ahora de lo que atormenta mis noches y ceñirme a la verdad de los hechos con la mayor honestidad y objetividad que puede tener un hombre sumido en la duda y el desasosiego.


No falta mucho para que el día aclare. He encendido todas las luces de la casa, no por miedo exactamente, sino para darle claridad a mis sentidos. Tengo un viejo rifle Winchester de doble cañón, cargado, descansando sobre la mesa. No lo tengo para defensa precisamente, es que, si no consigo ordenar mis pensamientos y emociones respecto a estos acontecimientos, esos dos cartuchos pondrán fin a esta búsqueda sin sentido.


Mientras espero que entibie mi café, repasaré lo que ha sucedido cada noche desde hace 3 días.


El 16 de marzo era el primer día de una cuarentena ordenada por el gobierno en aras de ponerle freno a la pandemia que azotaba el mundo entero. Se respiraba un aire de miedo e incertidumbre en todos los hogares. Policías y militares sin mayor tregua me confinaron en casa y quedé aquí aguardando noticias. En ese estado de encierro, entre la confusión y la angustia, el nombre de una persona arremetió como un rayo sobre mí. Todo hombre, incluso el más frío y distante, ha puesto alguna vez su corazón en manos de un amor que lo entibia hasta el punto de ebullición; y ese también era mi caso; era la Srta. Gertrud. Tuvimos una relación intensa, como son la mayoría de amores; amores de verdad, y por razones que no viene al caso detallar tuvimos que separamos dejando un dolor malsano; una pena que perforaba mi pecho. Ese fue mi primer pensamiento luego de estar encerrado en casa: “¿cómo estará ella?”.


La pensé con ahínco durante todo el día. Deseaba estar con la Srta. Gertrud… ¡vaya que lo deseaba de verdad!. Confieso que no pude sacarla de mi mente quizás producto de la soledad y el miedo que aún no aceptaba. La soledad se disfrazó de crueldad y ratificó el vacío que oprimía mi alma. La pensé, la recordé, la extrañé. Dormí con una horrible sensación de ausencia.


El frío húmedo de finales de verano me obligaba a cubrirme con algunas mantas acurrucado en posición fetal. Llegada cierta hora de la noche, de la cual no tengo noción, me descubrí en ese estado entre despierto y dormido. Quiero suponer que producto de mis ensueños y un evidente deseo de estar con la Srta. Gertrud, pude sentir unas suaves manos alrededor de mi cuello y un aire frío acariciando mi nuca. ¿Lo sentí realmente?. En ese estado entre despierto y dormido no es poco común que uno 'sienta' cosas.


Sin gastar tiempo en tratar de comprender lo que aconteció noche anterior, el 17 de abril me propuse a limpiar la casa y botar muchas cosas antiguas.


Encontré en la repisa del comedor un pequeño baúl dónde guardaba cartas y recuerdos de los años que pasé con la Srta. Gertrud; sentí unas inmensas ganas de llorar que contuve con dificultad. El tiempo pasó volando, y ya de noche, cansado de un día muy emotivo, me quedé dormido sobre el tapete de la sala rodeado de cartas y chucherías de mucho significado para mí. Calculo que fueron las 5 am. cuando sentí una presión muy fuerte en el pecho que me dejó ahogado por unos instantes. Entreabrí los ojos y juraría que vi la silueta de una mujer sentada encima mío. No sabría decir si estuve despierto o dormido, pero en ese momento luché con todo mi espíritu para moverme o gritar sin conseguir una pizca de movimiento. A los pocos segundos solté un suspiro de muerte y recobré consciencia plena de mi cuerpo. La silueta de aquella mujer ya no estaba. Ya he tenido antes parálisis del sueño, sin embargo nunca antes había visto algo sobre mí. Me incorporé despacio aún confundido y algo asfixiado.


Cuando recuperé el aliento me di con la sorpresa de que las cartas y los recuerdos ya no estaban diseminados en la alfombra de la sala y el cofre se encontraba cerrado en la repisa donde siempre estuvo. “¿Lo habré guardado antes de dormir?”, me pregunté.


Es aquí donde quiero hacer énfasis.


Ayer, 18 de marzo, después de guardar definitivamente el cofre de recuerdos dentro del armario, encendí la laptop para leer noticias sobre la pandemia y descubrí que había dejado una página web abierta. Honestamente no recordaba haber revisado el texto que tenía en frente: 'Magia del caos' de Peter Carroll y otros autores; y un vídeo de Youtube sobre cómo crear Tulpas. ¿Tulpas? ¿Para qué querría yo invocar entidades espirituales? Deseaba con toda la energía de mi alma estar con la Srta. Gertrud, pero ¿invocarla?.


Me sorprendió a mí mismo y con enojo acepté estar asustado. El día se me pasó revisando toda esta ciencia y a medida que avanzaba en la investigación me percaté que no se me hacía cosa desconocida. Llegó la noche, el sueño me venció y quedé dormido sobre la mesa de la cocina desde donde ahora les escribo.


Es 19 de marzo. No sé si estoy despierto o sonámbulo, he borrado la tenue línea que cuida mis estados de consciencia. Estoy bebiendo un sorbo de café amargo mientras veo la imagen de una mujer muy parecida a la Srta. Gertrud sentada en el sofá de la sala, revisando las cartas y recuerdos del cofre que había guardado en el armario.


Ahora ha volteado a verme con una profunda y oscura mirada.


No tengo miedo, creo que finalmente la Srta. Gertrud ha venido a cuidarme.


He decidido creer eso antes de perder la razón por completo y usar el viejo Winchester que tengo en la mano



Autor: Miguel Zea.



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