#Concurso: TIEMPO


★ RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «RELATOS DE LA CUARENTENA» ★


Imagen: Google Images

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En estos días de aislamiento social, he procurado que mis mejores acciones hablen por mí. Desde que se instauró el estado de emergencia, y me enviaron a casa con mi computadora de trabajo a hacer home office, me programé mentalmente para estar activo en todo lo que pudiera hacer. Elaboré una lista de las actividades que realizaría, sabiendo que la mayor parte del tiempo estaría, por suerte, trabajando. Asear la casa de pies a cabeza no era algo que me molestaría, pues tengo como costumbre hacer esa labor. Comprar y ver que se cocinaría tampoco sería inconveniente, pues me gusta hacer el papel de ama de casa. Disfruto de los quehaceres domésticos como barrer, ordenar, limpiar, cocinar, lavar, encerar, regar las plantas, etc.


Los primeros días me levantaba temprano, incluso antes del tiempo usual al que tenía para ir a la oficina. Trabajaba, preparaba el desayuno, pensaba en el almuerzo y ponía alguna entrevista para escuchar en YouTube, todo con tal de no oír a mi vecina, que con mucho esfuerzo y con parlante de karaoke encendido, empieza a cantar con ahínco para de esta manera no ganarse con el pleito de sus padres, que todos en el edificio, también escuchamos.


Prácticamente, la rutina se apoderó de mí, al menos, los primeros días. Llegado el jueves empecé a sentir algo de preocupación. ¿Qué haré el fin de semana? Si ni bien amanece el sábado ya tengo un pie en la calle y estoy despidiendo de mi padre, sabiendo que no regresaré hasta que el silencio y la oscuridad de la noche se hagan presentes. ¿Y el domingo? Peor aún. Si bien puedo ser hogareño, mi “fin de” lo hago fuera yendo a ver a mi madre, cine, teatro, amigos.


Existe una sola razón por la cual me mantengo ocupado, años atrás no la entendía, pero aprendí de ella. No puedo tener mucho tiempo para cavilar. Lo más allegados pueden decir de mí que soy un ser racional, lógico, que ve ciertas cosas que la soledad me enseñó a ver, pero esa misma soledad hizo que mi mente se expandiera y buscará nuevas realidades. ¿Y si esas realidades se apoderan de mí?, ¿si no logro regresar?


Amo lo maravillosa mente humana y lo que puede construir en cuestión de segundos; pero a la vez soy consciente del daño que me puede causar. La imagen que puede crear la mente puede generar ansiedad y escenarios tanto felices como trágicos influenciados por emociones, situaciones, qué se yo. Muchas de esas cosas no deberían salir de mi cabeza. Pero salen, se escapan, se quieren mostrar; y se presentan a través de interrogantes como: mamá, sabes que estás dentro de la población vulnerable, ¿has pensado que puedes morir? Yo lo he pensado, me he puesto en esa situación. Te he visto, y no en sueños, llorando, gimiendo de dolor, con los ojos rojos, alejándote de los tuyos y apenada de no poder despedirte. Y nosotros, sin poder ir a verte. No se nos permite. Mi hermano menor que vive contigo nos da la noticia, devastado, entre sollozos. Yo mando a la mierda a mi padre que intenta calmarme. Es medianoche, no podemos salir. Así quisiera enfrentarme a los policías que me detendrían. Tengo miedo. Miedo de no poder despedirme, miedo de no poder volverte a ver.


Pero es solo una de las distintas realidades que mi mente crea. Es un pésimo escenario, lo sé, pero desde hace un tiempo tengo la necesidad de ser trágico, de estar ¿preparado?, no lo sé. Simplemente mi mente vuela, solo intento ponerme en todos los escenarios posibles. También he visto a mi padre no despertar. Tendido en su habitación, ya no ronca, y la gata no deja de maullar.


Después de doce horas vienen a recoger su cuerpo. Algunas lágrimas caen sobre nuestras mejillas, abrazo a mi hermano, no debemos, pero qué más da. Es el consuelo que encontramos. Tratamos de estar fuertes. Nos volvió a dejar.


A mi hermano lo veo ahogándose mientras cenamos. Lo llevo apoyándose sobre mi hombro fuera del pasaje, con un polo blanco en la mano agitándolo, llorando, clamando ayuda. Pero será muy tarde cuando esta llegue. La muerte lo habrá hecho antes.


¿Me pasará algo a mí? No es que me crea invencible, pero soy el que de mejor estado de salud se encuentra, ni problemas cardiacos, ni problemas respiratorios, ni obesidad.


Sin embargo, estoy preparado, y si lo estoy, ¿es porque quiero morir? ¿lo deseo? Todas las noches cierro mi puerta con llave y con seguro las ventanas. Pienso en dormir y no despertar. Pienso en la angustia que causaré, en los llantos de mis familiares que se apenaran por mi partida. Creo que la necesidad de ser el punto de atención es libre en mi imaginación.


Vuelvo a la realidad, logro escapar de todos esos escenarios fantásticos y trágicos. Me seco la lágrima que ha caído sobre mi mejilla y sonrío. Es una extraña sonrisa, una rara sensación.


Por eso me mantengo ocupado, leyendo, viendo videos diversos, escuchando noticias, hablando por teléfono con los míos.


Ya no me quedo solo, intento por lo menos no hacerlo. Intento no tener esa dualidad de buenos y malos pensamientos, si es que esos se pudieran catalogar como tal.


Es hora de volver al trabajo. El jueves termina ya y me queda el viernes para seguir laborando y un largo fin de semana



Autor: Nestor Vilner Sánchez.



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