El Espejo



Este texto pertenece a Alberto Vidal, ex alumno de nuestros talleres de escritura. Al principio él escribía textos pequeñitos, no sabía que podía escribir relatos extensos. Ahora lo disfruta y dice que le gustaría escribir un libro en algún momento.

No había necesidad -porque lo usaba muy corto-, pero ese día se peinó frente al gran espejo del baño. Raya al costado, bien formalito. Años, muchos años sin hacerlo; unos veintitantos. Se sorprendió al realizar mentalmente las cuentas.

Se miró de pies a cabeza. La camisa blanca, pantalón plomo y zapatos negros que vestía lo transportaron como por un túnel en el tiempo. Comenzaron a pasar imágenes suyas en el espejo, como si estuviese frente al televisor viendo una película. Se vio con “uniforme escolar único”, aquel que impusiera el gobierno militar en los años setentas para homogeneizar el look de los escolares y evitar discriminaciones de cualquier tipo.

Se vio niño, bajito, menudo. Su madre detrás de él, hacia su derecha, abrazándole el hombro izquierdo. Ella, joven, bonita, en bata de dormir y algo despeinada se desvivía por él en esos años. Lo aconsejaba: manos, orejas y uñas bien limpias siempre, dientes impecables, no digas lisuras o te lavo la boca con lejía… bien peinadito… así, siempre, ¿entendiste?

Se vio adolescente, melenudo, un poco agarrado gracias a los ejercicios con pesas que él y su vecino hacían para parecerles atractivos a las chicas del barrio. Ella le advertía: avisa si no vienes a dormir y juicio, hijo, mucho juicio, no me vengas con tu domingo siete, que era como se le decía entonces a los embarazos no deseados.

Se vio joven, entrando a la adultez, vestido de impecable terno negro y camisa blanca, muy bien afeitado, el cabello un poco largo con una canosidad incipiente y amarrado en una cola. Era el día de su matrimonio. Y sus padres detrás de él, frente al espejo del baño, forzando ambos la sonrisa para disimular su desacuerdo con la decisión del hijo, aunque deseándole felicidades y que Dios lo acompañara en su nueva vida.

Se vio maduro, algo subido de peso, los cabellos ya cortos y canosos a la altura de las sienes; sin camisa, los pectorales mofletudos. Su esposa atrás de él, abrazándolo por la cintura, la cabeza ladeada hacia la derecha mirando al espejo por sobre el hombro de su esposo. Lo mimaba: estás gordito pero sigues rico, mientras le pellizcaba suavemente el rollito que descansaba sobre el elástico del calzoncillo y le besaba la espalda y apretaba contra ella su cachete.

Volvió en sí al escuchar que el conductor del telenoticiero anunciaba las siete y treinta de la mañana, hora de partir al trabajo. Terminó de alistarse rápidamente y salió. En cuanto caminaba hacia el paradero de ómnibus, rumiaba las imágenes del espejo. Se perdió en los recuerdos. Se perdió en la realidad. El fiscal ordenó el levantamiento de su cadáver dos horas después de perderse bajo las llantas de un ómnibus de transporte público a dos cuadras de su casa, camino que había recorrido incontables veces los últimos 35 años.

El tránsito se detuvo por unos momentos. Curiosos miraban desde las ventanas. Vecinos, conocidos y amigos del barrio se acercaron al cuerpo yacente en la pista, así como el canillita, el chino de la bodega, el eterno vendedor de emoliente apostado en el paradero, el trasnochador vigilante del casino y el propietario del chifa donde cenaba cuatro de cada siete noches a la semana. Todos incrédulos, llorando; tomándose el rostro con ambas manos o mordiéndose el dedo índice, unos; yendo hasta la casa del finado preguntándose cómo pudo ocurrir esto, otros; llamando por celular a los aún no enterados sin saber cómo darles la noticia, los restantes. Se corrió la voz como un chisme de peluquería. Embolsado y subido a la tolva de una camioneta por policías y efectivos del Serenazgo, fue conducido a la Morgue de Lima. El mismo hombre de prensa del telenoticiero matutino, ese medio día, destacó, a pesar de la rudeza del accidente, la sonrisa indeleble del finado.


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