El tiempo trabaja a nuestro favor



Quien quiera aprender a escribir una novela deberá escribir una novela. Recordé esta máxima hace unas semanas. Descubrí, revisando en un directorio de mi computadora, que tenía más de dos años escribiendo lo que algún día será una novela: calculo que necesito un año más de escritura y edición. Quizás acaben siendo dos años. Un libro se escribe con muchas incertidumbres encima. Nunca sabes si podrás hacer que todo funcione como esperas, y hay días en los que piensas que en verdad no tienes el talento que creías tener y que eres insignificante. Al día siguiente recoges tus huesos, te sientas en tu silla como el empleado que eres y sigues escribiendo.

“Sin esperanza y sin desesperación” como decía Isak Dinesen.

Para escribir un libro el insumo principal es el tiempo. Toda persona que escribe está familiarizada con la sensación de leer lo que puso en palabras ayer o hace un año y luego pensar “Esto no era tan bueno como yo creía”. O por el contrario, con admiración, “¿En qué estaba pensando yo cuando escribí esto?”.

El tiempo otorga distancia. Esa distancia nos permite leer lo que hemos escrito como si le perteneciera a otro. Así comprobamos que no somos iguales a como éramos ayer o el año pasado. No somos los mismos lectores ni los mismos escritores, no somos las mismas personas. Navegamos en corrientes de sensaciones distintas cada día, y las sensaciones disparan pensamientos que se entremezclan. Envejecemos. Creamos recuerdos nuevos. Todos los días cambiamos un poco.

Escribir es sobre todo editar, que en buena cuenta es leer diariamente un mismo texto que está siendo transformado por ti, porque quieres descubrir algo. La palabra “descubrir” es importante. Sentarte a repasar lo ya hecho y editarlo y reordenarlo, escribirlo de nuevo, es siempre la búsqueda de un descubrimiento… Cambiar lo que dijiste ayer (impreciso) por la idea que estás tentando hoy (más precisa) es también ir hallando de entre todas tus lecturas, de entre todas las personas que has sido en este tiempo, una especie de promedio, un centro. Si lo prefieres, un corazón. “Vaya, esto me sigue gustando pese a todo”. “Vaya, creo que esto funciona aún”.

Encontrar el corazón de las cosas demanda tiempo. Y no hay garantías de que podamos reconocer ese centro o corazón cuando aparezca en nuestra escritura. De hecho, la mayoría de veces no lo reconocemos porque estamos ocupados con nuestro propio talento, queriendo que el imaginario lector se impresione con nuestra escritura. Queriendo mostrarle lo extraordinarios que somos en el fondo.

Aprender a escribir es también aprender a manejar el tedio y la frustración (es decir, aprender a disciplinarnos) y pienso que es útil recordar, en los momentos inevitables en que deseamos abandonarlo todo, quemarlo, huir al bosque, que el tiempo trabaja siempre a nuestro favor...

El escritor Neil Gaiman dijo una vez que lo bueno de la escritura es que siempre puede “corregirse después”.

Nuestro deber es seguir fluyendo con el tiempo: seguir escribiendo, palabra tras palabra. Algunos días sentiremos que todo lo escrito es mierda inservible. Otros días sentiremos que somos genios. No nos dejemos engañar por ninguna de estas lecturas y sigamos escribiendo. Sigamos buscando ese momento en que nos alineamos con algo que es más grande que nosotros.

Porque en buena cuenta es un acto de fe: sentarnos a escribir un libro todos los días, esperando que en algún momento llueva sobre nuestro teclado. Hay temporadas enteras de sequía, y hay una cantidad millonaria de páginas borradas o enviadas al tacho, pero la única manera de hacer pasar las hojas de nuestro calendario interno es sentarnos a escribir. Con fe. Con inspiración o sin ella.

Porque el acto cotidiano de escribir nos muestra que siempre hay un momento en el que llueve, y a veces truena.


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