INSTINTO SALVAJE


Reclamando su libertad

Se estaba yendo a trabajar. El sol calentaba el aire y el asfalto. Los pájaros trinaban y algunas personas desayunaban en sus casas. El día era perfecto, o al menos lo era hasta que se apareció ese maldito perro, que se abalanzaba a ladrarle cada vez que lo veía.


¡Cómo le arruinaba el día ese perro de mierda! ¡Debía hacer algo con él!


Su hombría estaba en juego. No podía permitir que un animal lo intimidara, menos aún uno cuyo peso era un tercio del suyo. ¿Por qué no se había deshecho del perro antes?


No importaba. Ese día iba a hacerlo.


Caminó con decisión hacia un espacio de la pista donde un par de tranqueras evitaban el parqueo de autos intrusos. Haciendo esfuerzo, cargó una. Se puso la base de cemento al hombro y emprendió su marcha directo al animal. Oh sí. Ya no le ladraría más. Sabía que al detenerse, el chucho avanzaría hacia él hasta quedar a cuatro pies de distancia, se agacharía como quien toma impulso e inmediatamente retrocedería: si elegía cuidadosamente sus pasos podría acorralarlo. Lo golpearía tan fuerte como un luchador de MMA.


"Sí, eso es, sigue ladrando... ¡Ajá! Retrocede así, ¡qué bonito! ¿Crees que ese arbusto te va a salvar?"


Estaba a punto de atinarle el primer golpe cuando se interpuso una mujer.


—¡Oiga, imbécil! ¿Qué le sucede? ¿Es usted ignorante o qué le pasa? ¿No ve que lo puede lisiar con eso?


¡No podía creerlo! ¡Ya no era solo el perro quien jodía! ¡Ahora también una mujer! ¿Qué mierda pasaba en esta sociedad? ¿Ya nadie sabía respetar la autoridad de un hombre?


—¡Guarde a su perro! ¡Si lo vuelvo a ver mañana, lo mato! ¡LO MATO!


—¿Por qué lo voy a guardar? Él tiene tanto derecho como usted y yo de estar en la calle. Además, está con bozal ¿o es ciego? ¡Con bozal no lo puede atacar, no lo puede morder!


Efectivamente. El perro —mi perro— tenía bozal. No podría morder, aunque quisiera. A lo mucho, ladraría hasta quedarse afónico. No era agresivo. Simplemente respondía a su instinto, a su mecanismo de lucha-huida. A veces yo no sabía si era demasiado tonto para darse cuenta del daño que le podían hacer, o si era demasiado valiente. Prefería pensar lo segundo.


—...Y si le ladra es porque usted lo amenaza. Todos los días le tira piedras. ¿Qué pretende que haga, que le mueva la cola? Así que mejor siga su camino e ignórelo, porque si usted le hace algo yo lo meto preso. Porque sabe, ¿no? Hay una ley que lo protege.

A la espera de su próxima salida

He aprendido mucho de mi Ñato. A pesar de haber sido maltratado y abandonado —y por tanto, obligado a crecer en la calle— ha vuelto a confiar en las personas. Me ha enseñado a no agachar la cabeza, a enfrentar las adversidades con confianza y determinación. Me ha demostrado que no importa qué tanto daño pueden haberme hecho: mientras esté dispuesto a entregar amor incondicional, existirá la esperanza de una vida mejor. Me enorgullezco de él. Nunca olvidaré una ocasión en la que, al regresar del gimnasio, lo encontré sentado en la esquina de Morro de Arica con Huáscar. Acababa de ingresar a Morro cuando lo distinguí: Ñato estaba al lado del teléfono público, dando la espalda a la avenida. Aparentemente estaba distraído, pero en realidad estaba expectante de cualquier sonido. Lo supe porque a pesar de encontrarme a unos 80 metros, pudo oír el tintineo de las llaves que colgaban de mi cinturón. Al verme se levantó de un salto y comenzó a trotar avenida abajo. Lo seguí por tres cuadras. A mitad de la tercera, en un pasaje, había cuatro perros. Territorio ajeno. Pensé que al verlos se daría vuelta y me acompañaría a casa, pero no era su plan. Erizó el pelaje de su lomo e irguió la cola. Colocó la vista en el líder de la manda y se encaminó hacia él. Luego de unos minutos de estar olfateándose, el alfa echó un alarido y salió corriendo. Los otros tres, que habían estado en guardia, escondieron el rabo y retrocedieron.


No había necesitado pelear. Tenía calle.


Era hermoso verlo libre en el parque, aunque fueran 90 minutos. Verlo desempeñar su rol salvaje, guiado plenamente por su instinto, cual león en la selva, no tenía precio. Permitirle ejercer esa libertad comenzaba a ser peligroso... pero la idea de negársela me resultaba inhumano.


Y sí, esa mujer había sido mi madre. El hombre había resultado ser un vecino de la quinta que está a un par de casas de la mía. Luego de la discusión, se fue refunfuñando y lanzando injurias.


Este suceso que he narrado me lo contó ella cuando volví a casa del gimnasio.


Cuando lo hizo experimenté muchos sentimientos: ira, frustración, miedo, orgullo, amor. Aunque había actitudes y cualidades de mi madre que odiaba, y que a veces me hacían querer largarme de casa, ese tipo de actos, ese coraje suyo, hacían que la admirara. Me daba cuenta de que, a pesar de su egoísmo, su materialismo, su soberbia, la amaba.

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