Mi primer beso



Cuando llegué al bar donde él estaba ese día, no tenía idea de lo que iba a pasar. Era viernes 30 de diciembre a las 10 de la noche. En el día, la mayoría de las empresas habían celebrado el fin de año y la mía no había sido la excepción.

La mañana había sido calurosa en Pachacamac, comí hasta la saciedad y solo había tomado dos vasos de chilcano, y es que nunca me ha gustado beber alcohol con los jefes, pero la historia cambió cuando llegamos a Lima y un grupo de la oficina coordinó para “seguirla”. Nos fuimos a Miraflores, todo estaba lleno, ¡qué terrible! Y terminamos en un bar no muy sofisticado ni confiable, pero había alcohol y con eso nos bastaba. El lugar era grande, tenía pista de baile, un segundo piso y una zona de fumadores en la parte de afuera, y es ahí donde nos ubicamos, no porque quisiéramos fumar, sino porque era donde menos se sentía el olor de los baños y de la gente. Éramos un grupo de seis, la reunión estaba divertida contando anécdotas del trabajo y comentando lo que no se pudo durante el almuerzo. Cinco horas después de haber llegado al bar, Javier me escribió - ¿dónde estás? – Me preguntó – deberías estar aquí, conmigo y Joel. Estamos en el bar de la semana pasada ¿te acuerdas? – terminaba su mensaje. - ¡Hola! Estoy a dos cuadras de ahí, con mis amigos del trabajo, voy para allá en un momento – le respondí, y para mí se había terminado la reunión, pero recién empezada la noche.

Al día siguiente, al salir de su casa junto con el sol y con la cabeza llena de preguntas, deseaba no haberme ido nunca de ese bar de mala muerte.

Javier era mi mejor amigo, pero también era el amor de mi vida, o eso pensaba yo. Esa noche terminó de día. Alrededor de las dos de la mañana nos fuimos a la casa de unas amigas y nos quedamos ahí hasta las cuatro. De regreso, decidimos que yo me iba a quedar a dormir en el departamento que Javier y Joel compartían porque era muy tarde para volver sola a mi casa y ellos no estaban en condición de llevarme. Además, no era la primera vez que me quedaba a dormir ahí.

Yo disfrutaba mucho estar en casa con ellos, pero, para mí, era una pesadilla los ocho pisos que debía subir hasta llegar. El edificio era antiguo y en el lugar del ascensor había un hueco negro y profundo en donde colgaba una soga marrón con olor a humedad. Las escaleras eran empinadas y de color rojo. Solo tenían pasamanos hasta el piso cinco y los tres últimos te hacían sentir en un precipicio urbanizado. Era oscuro, lleno de macetas con plantas secas al borde. Había cinco departamentos por piso, pero yo nunca vi entrar o salir a nadie de ninguna casa. Nunca me atreví a subir o bajar sola de ese edificio, siempre Javier o Joel me esperaban afuera al llegar y me acompañaban a la calle al irme. Siempre, hasta ese día, el último día que salí de ahí.

Llegamos a la casa y cada quien hizo la rutina de siempre. Joel fue a tomar leche helada, Javier a prender el ventilador y la radio, yo a lavarme los dientes y la cara. Luego nos juntamos en la sala, conversamos un momento y nos fuimos a dormir.

El cuarto de Javier tenía una ventana que ocupaba toda la pared hacia la calle, su cama era enorme y sus sábanas azules. El ventilador estaba ubicado a los pies de la cama y su ropa amontonada en una silla. Su cuarto siempre olía a su perfume, pero ese día no, y es que se había quedado, en un rincón, una botella de cerveza a la mitad y se había esparcido el olor. Me llevé la botella a la cocina y volví. Él ya estaba dormido en el extremo de la cama que chocaba con la ventana. Me eché hacia el otro lado y me dormí.

En mis recuerdos, calculo que eran las cinco de la mañana cuando me quedé dormida y a partir de ese momento no tengo idea del tiempo y hasta siento que perdí un poco la idea del espacio, de mi espacio, perdí un poco la idea de mí misma. Esa madrugada me perdí.

No sé decirles qué hora era cuando abrí los ojos y volteé hacia él y vi que también me miraba para que, en menos de un segundo, me estuviera besando. En ese momento, en mi mente solo repetía “No, Karen, él es tu amigo, no lo beses” pero mi cuerpo no reaccionaba a mi razón y me dejé llevar unos segundos, era el primer beso de amor que Javier me daba.

Para mí, ese momento era la gloria, era como haber ido al cielo, como haber cumplido un sueño. Los segundos pasaban y yo me dejaba llevar hasta que mi cuerpo reaccionó a sus caricias y lo detuvo. - ¡No! – Le dije, tajante y segura, y me lo quité de encima empujando mi brazo contra su pecho. Él era un hombre alto, fuerte, atlético. Era un hombre imponente y con la mirada más profunda que he visto.

Me volteé y trataba de entender si había sido un sueño o era de verdad. Estaba sorprendida porque yo había dormido con él muchas veces, pero nunca había sucedido algo parecido. Intentaba aclararme en medio de la oscuridad de su habitación. Dejé que pasaran unos minutos y vi que dormía. Me levanté con cuidado para no despertarlo, fui al baño, me lavé la cara, fui a la cocina, me preparé una taza de café y me senté en el sillón mirando por la ventana esperando que amaneciera para irme.

Han pasado varios años desde ese día y aún recuerdo cada detalle, cada movimiento, cada momento. Pero lo que más recuerdo fue el desenlace.

En la tarde del 31 todos se estaban preparando para recibir el nuevo año y yo estaba en mi cama, sentada, con una maleta abierta al lado a medio llenar, y el celular en la mano esperando su llamada. A las cinco de la tarde pasaría Alonso, mi primo, a recogerme para irnos a la casa de playa que había alquilado, ahí pasaría yo el año nuevo, pero por dentro solo quería que Javier me llamara y me pidiera pasar el año nuevo con él y que hablemos de lo que había sucedido. No puedo negar que tenía la absurda esperanza de que me declarara su amor. Absurda, sí, muy absurda esperanza. No terminaba de llenar la maleta para irme de Lima y no me animaba a marcarle yo. Cuatro de la tarde suena mi celular y corro como maratonista desde la cocina a mi cuarto para contestar, era Alonso, mi primo. – Karen, estoy ahí en un rato, no te demores en salir que debemos ir por dos personas más – me dijo. – No voy a ir contigo a la cinco – le respondí – tengo que esperar que mi papá llegue a la casa y se va a demorar, pero dame la dirección que yo voy sola. – Al parecer, ya había decidido no ir y quedarme esperando la llamada de Javier.

Eran las diez de la noche y yo, obviamente, no iría a la casa de playa y si seguía ahí sentada con el celular en la mano no iría a ningún otro lugar. Seguí esperando y 20 minutos después Javier me llamó. - ¡Hola! ¿Qué haces? ¿Ya estás en el sur? – Me preguntó – Mi voz temblaba y mi corazón se quería salir del pecho, pero yo trataba de disimular. – No – le dije – no me fui con mi primo porque me dio flojera, prefiero quedarme en Lima. - ¡Qué aburrida! – respondió. – Yo estoy en casa de mis hermanas, habrá una fiesta y ya está todo listo. Va a venir Ivonne, la amiga de mi hermana que me tiene loco, así que te llamo ahorita para saludarte y desear que tengas un bonito año nuevo, porque más tarde voy a estar ocupado, jajajaj, tú me entiendes pues. - ¡Claro! – Le respondí – Yo te entiendo. Cuídate y diviértete. Tuve que colgar el teléfono casi de inmediato porque una sensación de rabia y frustración empezaba a embargarme desde el estómago. ¡Idiota! Gritaba, ¡Qué idiota eres, Karen! Me reprochaba. - ¿querías que te llamara? ¡Ya pues, ya te llamó!

Estoy segura que podrán pasar los años y cada vez que recuerde ese momento, volveré a sentir la misma impotencia de ese día.

Casi sin pensarlo, me bañé, me cambié y me fui a casa de Natalia, mi mejor amiga. Pasé el año nuevo con ella y mi frustración. Todas las canciones resumían mi historia. Todos los tragos iban y venían a su salud.

Cuando dieron las 12 le envié el mensaje que tenía escrito desde las 11:30pm. “Feliz año, Javier. Espero que tengas un año nuevo diferente al lado de tus hermanas y tu mamá y que este año sea mejor que el anterior. Hoy, mi Kábbala será decirte que lo que pasó en la madrugada, para mí, no fue un simple beso. Tú sabes lo que siento por ti y lo único que quiero es saber por qué lo hiciste. Karen”. Fue un impulso.

Era el dos de enero a las ocho de la noche y mi mensaje no había tenido respuesta. No lo había visto conectado en el Messenger ni en el Facebook y eso era raro, ya que nosotros hablábamos todos los días. Decidí apagar la computadora e irme a dormir cuando lo vi conectarse. No me aguanté y fiel a mi estilo, le escribí. – Hola – Le dije. Y me bloqueó. Quise entrar a su Facebook y ya me había bloqueado también. No entendía. ¿Qué hice mal? Me preguntaba. Me tomó un par de horas darme cuenta que esa era su respuesta a mi mensaje. Irse, huir.

Me dolió. Me decepcionó profundamente que se portara así conmigo, pero lo acepté y no insistí.

Pasaron los días, los meses y yo no supe más de él hasta ese martes en el que me mandó un correo. ¡Feliz cumpleaños! Espero que puedas perdonarme – me dijo. Y ahí estaba yo, sentada en un café, sola, mirando su correo mientras esperaba a Luis, mi enamorado desde hacía dos días. ¡Tiene que ser una broma de la vida! Pensaba. He esperado este mensaje durante 11 meses y llega justo hoy. Miraba el celular leyendo su correo y pensando qué debía y, sobre todo, qué quería hacer. Y recordé, casi sin intención, aquella mañana al salir de su casa junto con el sol y con la cabeza llena de preguntas, mientras deseaba no haberme ido nunca de ese bar de mala muerte, bajando por esas escaleras yo sola; y entendí que de eso se había tratado siempre mi relación con él. De estar sola, bajando por unas escaleras que me asustan, con la cabeza siempre llena de preguntas y decidí no responder. Apagué el celular para no ver más su correo y llegó Luis.

Días después le contesté y me dio una lista interminable de excusas y disculpas por su reacción, intentamos retomar el contacto y la amistad, pero no se pudo. Hoy han pasado tres años desde el último día que nos vimos. Era la primera vez que lo vería después de aquella noche en su casa y fue la última vez que lo vi.

Ese día, la tarde pasó con normalidad, almorzamos, conversamos un poco y tratamos de rescatar o recordar las bromas o los códigos que, por años, habíamos tenido. Nos despedimos como dos amigos, tomé mi taxi y me fui. Dos días después lo busqué en el Facebook para darle la información que me había pedido en el almuerzo y vi que me había bloqueado, una vez más.

Quizás de eso se trata la vida. De atreverse a bajar las escaleras sola, enfrentando tus miedos y darte cuenta que al salir del lugar que te asusta sigues siendo tú misma, con un temor menos y una cicatriz más.


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