Playtesting



“En una hora de juego se puede descubrir más acerca de una persona que en un año de conversación”

Platón.


La situación no dejaba de ser la de alguien que le abre las puertas de su casa a un completo desconocido. Con eso en mente, y considerando lo cómodo que me sentí durante las reuniones anteriores, decidí que tenía que decir algo sobre mí.


Sin dar mucho detalle sobre la causa, le conté a mi tocayo cómo hace algunos años atrás caí en algunos vicios. Luego del largo tiempo que me tomó dejarlos, seguí dando lo mejor de mí para no volver a caer. El último año fue una situación muy complicada tanto en lo personal, familiar, laboral y sentimental, lo que hizo que recayera. Buscando actividades sanas que me obligaran a salir y cambiar mi rutina, terminé conociendo por la red personas que se reunían para jugar de juegos de mesa. Así llegué a su casa.

— Distraerme con esto me sirve mucho para salir de mi rutina. Obviamente la raíz del problema lo estoy tratando de otra forma – finalicé.


Luego de escucharme, mi tocayo parecía no saber qué decir. Así que se expresó en el mejor idioma que conocía: Se levantó, se dirigió al librero tras de él y cogió una caja no más grande que un ladrillo. Tenía dibujada la ilustración de un príncipe y una princesa peleándose por una corona y llevaba el título de “COBARDES”. Luego se sentó, retiró el contenido que consistía en 3 mazos de cartas y 4 fichas y repartió.


— Este es un juego rápido para dos jugadores – me dijo – Es sencillo, pero requiere cierta estrategia.


Me explicó en qué consistía, básicamente usaba la mecánica del “Yan ken po”. Se repartían 8 cartas a cada jugador, 7 de ellas estaban numeradas del 0 al 6 y la última era un comodín con efectos que dependían de la situación. Cada jugador ponía una carta en la mesa y el que había sacado la de mayor valor ganaba la primera ronda, luego se sacaba otra y así hasta gastar todas cartas de la mano. La equivalencia aritmética era eliminada gracias al comodín y ganaba quien tenía el mayor valor, luego de jugar todas las cartas.


Jugamos, ganó él. Volvimos a jugar, volvió a ganar. Jugamos una tercera vez y yo gané.


— Bien jugado – me felicitó.

— Analizándolo un poco — dije mientras acariciaba mi barbilla — las primeras 2 cartas que cada jugador saque, casi siempre será una de valor intermedio, un 3 o un 4. A partir de ahí, la estrategia radica en obligar al otro jugador a sacar cartas altas usando cartas cortas o jugar cartas altas aprovechando la ventaja que se haya tenido en las primeras rondas. Y el comodín casi siempre se jugará en una de las 2 últimas rondas. — Luego me quedé mirando atentamente el mazo de cartas.

— Solo juega — sonrió y por un momento me recordó a una pareja de amigos con un mantra similar: “Escribe nomás”.


La primera vez que vine a su casa, aún no me quedaban claro las reglas para participar en las reuniones. Es decir, solo llegas y te reciben con los brazos abiertos. El administrador, mi tocayo, organiza las partidas con los presentes y solo juegas. No tienes que pagar ni dar nada a cambio, solo corresponder con buenos modales y divertirte.


Recuerdo llegar y tocar el timbre.


— ¿Quién?

— Buenas noches, ¿Rommel Morales?

— Sí, dígame — contestó una voz gruesa.

— ¿Aquí hacen reuniones de juegos de mesa?

— Si.

— Y… ¿Puedo participar?

— Ji ji ji… Claro, pasa – a pesar de la voz, la risa era más aguda.

Inmediatamente sonó el interruptor de la puerta y pude entrar. Subí escaleras hasta el cuarto piso. Supe cuál era el departamento al ver una estampita pegada que decía:

“En este hogar somos testigos de Cthulhu.

Ph´ nglui mglw´ nafh Cthulhu. R´ lyeh wgah´ nagl fhtagn”

-Creo que voy a encajar aquí- murmuré mientras trataba de recordar el significado exacto de la invocación.


Toqué y conocí a mi tocayo. No sabría decir si era de mi estatura o algunos centímetros menos, pero su robustez le daba apariencia de ser una persona grande. Llevaba pelo corto, casi rapado y una barba medio larga, que solo se deja crecer por debajo de la barbilla, de “chivito” dirían algunos. Aunque su rostro era ancho y con una expresión, a primera vista, severa, en cuanto habló me transmitió mucho carisma y confianza. Además, era de sonrisa fácil.


— Hola estimado. Primera vez que vienes aquí ¿No? – dijo, mientras me daba un fuerte apretón de manos.

— Si, me uní al grupo de face´ hace más de un mes, pero recién ahora encontré tiempo de asistir a una reunión.

Su ludoteca se componía de 5 libreros llenos de juegos de mesa y algunos cómics de tapa dura. Una de las paredes tenía un tapiz compuesto por viñetas de casi 20x20cm, de un cómic dibujado a trazo limpio, con estilo clásico. Parecía sacado de una historia de Dick Tracy. Mi tocayo vivía con su esposa, también fanática de los juegos de mesa, y su hijo de 3 años, condenado a la misma afición, imaginé.


Había dos mesas, lo suficientemente grandes como para que almorzaran, por lo menos, 6 personas en ellas. Sobre una de las mesas estaba el tablero de un juego, que consistía en una ciudad medieval amurallada, con una catedral, un cuartel y un castillo. Sobre el tablero había fichas de plástico, dados de seis caras de distintos colores y meeples (fichas de madera que sirven para representar a trabajadores).


El juego desplegado se llamaba “Troyes”. Mientras mi tocayo me explicaba en qué consistía, empezaron a llegar los demás participantes, 15 personas en total. Había dos personas que, como yo, eran nuevos en el grupo. El juego elegido para esa velada fue “Cavern Tabern” un juego competitivo de 1 a 8 jugadores. Aunque estaba en inglés, las reglas eran fáciles de aprender. Además, mi tocayo se daba la molestia de acercarse a nuestra mesa a traducirnos lo que hacía falta, a pesar de que no participaba en el juego.

La segunda reunión también fui el primero en llegar. Mi tocayo estaba viendo la película “THE DARK NIGHT RISES” en su idioma original y con subtítulos, también en inglés. Era su forma de practicar la pronunciación en momentos de ocio. Tuvimos oportunidad de charlar un poco y comentar sobre nuestras colecciones de juegos, cómics, pelis y libros.

— Tu librero está sonriendo- le dije mientras señalaba una tabla transversal, que cedía al peso de su contenido.

— Ji ji… - formó una contagiosa sonrisa de oreja a oreja.

Ese día era viernes 13, por lo que mi tocayo tenía planeada una velada especial, que terminó siendo la noche de juego más épica que he tenido hasta el día de hoy.

Una vez que llegaron todos los participantes, ocho en total, incluyéndome, mi tocayo puso sobre la mesa una caja que llevaba el sugerente título de “Arkham Horror”.

— ¡Mieeeeeeeerda…! – no pude reprimir mi sorpresa – un juego basado en la literatura de Lovecraft, sabía que este día llegaría.

— Así que conoces al “maestro”, je je – contestó mi tocayo.


Solo siete personas íbamos a jugar, ya que compartíamos la característica de no haber jugado ese juego antes. El octavo participante, quien ya lo había jugado, sería el “Master” o director del juego, encargándose de leer las cartas de eventos, distribuir a los monstruos que aparecieran y todo aquello que estaba fuera de las decisiones de los jugadores.


Previamente, mi tocayo nos explicó las reglas, todo lo que podíamos hacer, las condiciones de derrota, condiciones de victoria, etc. Mientras explicaba y enseñaba, recordé dos nombres: Manuel Mamani (de lenguaje y literatura) y Lili Sifuentes (de física). De todos los profesores que tuve en la secundaria, fueron los únicos de quienes me esforcé en recordar sus nombres, por respeto al considerarlos verdaderos maestros.

Todos interpretábamos el papel de un personaje específico: Un mago, un detective, una monja, un doctor, una meretriz, un arqueólogo y, el rol que me tocó, una escritora. Cada uno tenía sus propias cualidades y defectos y debíamos colaborar para evitar que la ciudad de Arkham fuera invadida por todo tipo de criaturas que venían de otra dimensión: Vampiros traslúcidos, Semillas estelares, Shoggoths, Perros de Tíndalos, Mi-gos, Ghuls y otros más de nombre casi impronunciable. Me niego a tratar de recordar cómo se escriben.


Cada cierto tiempo, mi tocayo se acercaba a nuestra mesa a asegurarse de que cumplíamos las reglas o a sugerirnos estrategias, como un profesor benévolo que se preocupa por que sus alumnos puedan pasar un examen de forma limpia.

— Chicos — nos dijo — no se olviden añadir las Fichas de Perdición en el Medidor de Perdición. Recuerden que si el medidor se llena, despierta Hastur y todos pierden. Bueno, todavía les queda la opción de pelear contra él, pero igual los va a matar.

— Hastur ¿Y eso qué es? — Preguntó Eva, mientras yo trataba de controlar la indignación por su ignorancia a la literatura de Lovecraft.

— Este bicho — continuó mi tocayo mientras mostraba una tarjeta casi del tamaño de una hoja A5, en la cual se apreciaba la ilustración de una monstruosa criatura, con una descripción y su respectiva tabla de parámetros — Si el medidor se llena, este bicho despierta de su sueño y como va a destruir el mundo, todos pierden.

Inmediatamente, Pablo cogió la ficha, la ojeó con cierta reverencia y luego la pasó a otro jugador, quien hizo lo mismo. Mientras Hastur daba la vuelta alrededor de la mesa, de mano en mano, Rommel continuó explicando las condiciones de derrota.

— Si el tablero se llena de monstruos, hay que añadir más y ya no quedan en la reserva, el bicho despierta. Si se debe abrir un portal, y ya no quedan en la reserva, el bicho despierta. Si hay 5 portales sin cerrar, el bicho despierta – Luego cogió una ficha de la mesa — Este es un sectario, es muy fácil de matar. Prácticamente tropieza y se parte el cuello solo. Pero mientras esté en la ciudad, irá acumulando Fichas de perdición, por lo tanto, si termina por llenar el Medidor de Perdición …

Todos en coro:

— ¡El bicho despierta!

— Da la impresión de que es incómodo dormir en esa otra dimensión ¿No? O este Hastur tiene el sueño liviano – dije y el departamento se llenó de risas.

De vez en cuando, salía una carta que no podíamos descifrar. Sonia hizo un esfuerzo:

— Aquí dice…

— Me quedó claro – dije con sorna.

— Jaja, pucha es que no entiendo a qué se refiere.

— A ver — dijo Oliver – Eh….

Ante su expresión, los siete jugadores nos giramos sincrónicamente, como si de una mente colectiva se tratara, implorando:

— ROMMEL ¿Qué quiere decir esto?

— Ya voy - dejó un rato su mesa, se acercó sonriente y leyó la carta – “………….”, significa que la siguiente criatura que salga será aérea, si alguien acaba su turno en medio de la calle, lo atacará. Tengan cuidado chicos, puede ser inmune a algunos ataques.


La partida continuó y de repente la incertidumbre que nos agobiaba se convirtió en esperanza de victoria. El Master, que había iniciado la velada con mucha energía, acompañado de una Fanta en lata, una bolsa de piqueos y un humor infatigable, viendo cómo metíamos la pata y éramos acosados por criaturas que no dejaban de salir de otra dimensión, ahora estaba tumbado en su silla, apoyado en la mesa y bostezando. Finalmente se convenció de que esta noche, ningún novato iba a caer. Por el contrario, nosotros estábamos ya atentos, todos de pie e inclinados hacia el tablero, conversando y planificando cada paso de nuestra estrategia. Dispuestos a cerrar hasta el último puto portal del tablero y salir victoriosos de la partida.


Finalmente, quedaba solo un portal, pero estaba custodiado por dos Perros de Tíndalos. Javier, que interpretaba al reportero, se lanzó al ataque y los mató, pero terminó encerrado en la otra dimensión. En cuanto Livi, interpretando a la monja, salga, cerrará el portal y la partida habrá acabado con el noble sacrificio de Javier. Sin embargo, en la siguiente ronda apareció una Semilla Estelar. Iba a costar un par de turnos más y algún evento acercarse al portal, con la posible aparición de más monstruos. Como yo tenía una moto, dirigí a mi escritora al portal, usé el revólver y aniquilé a la criatura, con lo cual también terminé encerrado en la otra dimensión. Al fin Livi pudo sacar a su monja de la otra dimensión, hacer la última tirada de dados, esperando un 5 o un 6, y… cerrar el portal.


— ¡SIIIIIII! – gritamos todos mientras aplaudíamos.

Creo que ni siquiera un estadio celebrando un gol podría expresar tanta emoción.

La última vez que asistí a una velada de juego, hubo menos gente, solo 4 jugadores, incluyendo a mi tocayo. Jugamos “Puerto Rico” un juego competitivo de administración de recursos. Fue una noche más tranquila, luego de la tormenta lúdica que tuvimos la semana pasada.

— Después de la Segunda Guerra Mundial – nos explicó – Alemania tuvo que eliminar de su cultura popular y sus productos cualquier cosa que tenga que ver con conflictos y muerte. Por eso, los juegos que ahora conocemos como “Euro” al comienzo eran solo juegos alemanes. A diferencia de los americanos, donde hay juegos de guerra, estrategia de combates con monstruos y cosas similares, las compañías europeas siguieron el estilo de los juegos alemanes y crearon juegos donde la competición se basa en gestión de recursos y puntaje – hizo una pausa prender un cigarro – En los juegos “Euro” importa más las decisiones de los jugadores para premiar los aciertos y no para castigar los errores. No me mal entiendan, también me gusta lanzar dados y matar monstruos y otras veces solo quiero saber cuánta suerte tengo en un día.

— A veces es relajante, solo lanzar dados y dejarse llevar por el destino en el mini universo de un tablero ¿Verdad? – intervine.

— Ji ji ji – mi tocayo expulsó humo al techo, sonrió y me señaló con el cigarro – ¡Exactamente!

La partida continuó un par de horas más y terminamos hablando de videojuegos.

— Rommel, ¿Podrías cerrar la ventana? – dijo Pablo.

— Lo bueno de ser gordo – dijo mi tocayo mientras cerraba la ventana – es que ya no vuelves a sentir frío, ji ji ji. Tengo algunas adaptaciones de juegos para android ¿A alguien le interesa?

— Si por favor.

— Gracias Rommel.

— Yo no gracias, soy más de consola que de móvil. Tampoco juego en PC. – contesté. – Eres muy persistente – agregué, ya que en realidad era como la cuarta vez en la noche que me lo decía,

— Bueno, no puedes culparme por intentarlo, je je.

— Eso mismo le dije a la última chica que me choteó – todos rieron. Mientras yo trataba de concentrarme en la cantidad de azúcar que podía producir mi ciudad, en el tablero del juego, terminé recordado lo mal que me sentí la última vez que me rechazaron – Creo, me parece, o más bien… por lo general solo veo el lado malo de las cosas – agregué, sin pensar en lo que estábamos hablando o haciendo.

— “La vaina de ver el lado malo, es que a veces pasan cosas buenas y uno ni cuenta” - dijo mi tocayo mientras cogía algunas fichas de su ciudad – Y con esto, sale mi último barco y se acabó la partida.

Al final, mi tocayo ganó, yo quedé segundo, Pablo tercero y Michael cuarto. Nos quedamos conversando un par de horas más hasta las 4 de la madrugada y finalmente nos retiramos.

— Gracias por todo Rommel – le di un apretón de manos.

— Hasta la próxima semana.


Al alejarme del edificio, me despedí de Pablo y Michael, quienes habían pedido un taxi por Uber. Yo preferí caminar seis cuadras hasta la avenida Angamos. Mientras lo hacía, olvidé por completo que llevaba encendedor y una cajetilla de Pall Mall en el bolsillo de mi casaca.


No volví a sentir ganas de fumar.







A Dv le gusta leer, leer, jugar, leer y de vez en cuando escribir.


Sigue intentando evitar el sarcasmo.

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