"Relativo encuentro en un viaje temporal"


Cuando me dicen que el tiempo es relativo, siempre les contesto lo mismo:

“Solo si hablamos de velocidades cercanas a la luz y a escala cósmica. Así como los fenómenos cuánticos son solo aplicables a escala molecular. Al nivel en el que nos encontramos el tiempo es constante. Claro que nuestra percepción puede engañarnos cuando nuestro cerebro no tiene suficiente actividad, más que para prestar atención a cada segundo que pasa”.


Es en esos casos en los que doy asco, por no cerrar la boca ante las frases trilladas del insensato de turno. Esta vez, el insensato que percibió unos cuantos minutos como un fragmento de eternidad, fui yo.


El bus, que me llevaría a mi trabajo, llegó mucho tiempo después de haber perdido la paciencia esperándolo. Ingresé al vehículo y al pagar mi pasaje, inspeccioné algún asiento vacío y no había ninguno.


Al menos se podía transitar por el pasillo, así que caminé hasta el fondo, quedándome de pie y apoyándome en el pasamanos. Mi viaje inicia y programo mi mp3 con la canción que elegí para ese día.


Siete golpes de batería, acompañados luego por el gruñido furioso de una guitarra eléctrica dan inicio al tema. La melodía producida se repite mientras la guitarra acelera su ritmo.


Hemos recorrido dos cuadras y en el siguiente paradero sube ella. La veo y mi percepción cronológica cambia, cada segundo decelera su velocidad, e incluso llego a creer que el tiempo va a invertir su dirección.


Lleva un pantalón de tela y una blusa de manga corta, ambas prendas son de color violeta, probablemente por tratarse del uniforme de alguna clínica. Es unos cuantos centímetros más baja en estatura que yo, pero estoy seguro que si me quito las zapatillas la situación se invertirá. Aunque la ropa le queda suelta, puedo notar y hacerme una idea de su cuerpo.


No es delgada, pero su cintura es mucho menor, en medida, que sus caderas.


Tiene la piel blanca, con un lunar en el pómulo derecho, labios delgados, una quijada angosta y la nariz pequeña. Tiene el cabello largo, rizado, amarrado en una cola y muy negro, así como sus delgadas cejas. Noté todo esto sin verla directamente a la cara, ya que no pretendo parecer descarado. También hago lo posible por no ver sus pechos, o mejor dicho: Hago lo imposible para que no se note que le veo los pechos. Un esfuerzo difícil, ya que la circunferencia que moldea su blusa es muy agradable a la vista.


Ella también está de pie, a mi lado y sujetándose del pasamanos.


El recorrido continúa acompañado por los chirridos de los ejes de las llantas y el crujir de la carcasa del vehículo, cada vez que dobla una esquina. Al llegar a una avenida despejada, el bus acelera y el viento ingresa con veloz libertad por las ventanas abiertas, sacude el cabello de la chica y algunos pelos terminan sobre sus mejillas. Ella levanta la cabeza, como si tratara de mirar el techo y con su mano izquierda retira los cabellos, parece que solo trata de usar las yemas de sus dedos. Mientras hace esto, separa levemente sus labios, sin abrir la boca, parpadea y luego regresa a la posición inicial.


Uno de los pasajeros del fondo baja y me arrimo un lado del pasillo, para dejar a la chica acceder al asiento. Ahora está sentada entre una señora que duerme, por su calma supongo que debe tener la conciencia muy limpia, y un sujeto que mira atentamente las ventanas.


“Supongo que su parada está cerca”. Espero que baje pronto para poder sentarme.


El viaje continúa y el individuo sigue ahí.


“¿Piensas quedarte a vivir ahí ´joputa?”


En cuanto el bus para, él se levanta con prisa y baja antes de que el vehículo vuelva a arrancar. Ahora estoy sentado entre ella y la ventana derecha del fondo, que da cara al este. Lo que significa que cuando el bus llegue a la última avenida de mi recorrido, el sol me va a hostigar el resto del viaje. Además noto que desde que ella se sentó, solo hemos recorrido 2 cuadras, otra vez la percepción del tiempo me juega una broma.

Ella mantiene su mirada al frente, con la barbilla nivelada y parpadeando con una calma inquebrantable. De vez en cuando mira a los lados, arriba y abajo sin mucha curiosidad. Cuando lo hace, trato de imaginar en qué piensa, y por qué dichos pensamientos no son suficientes para entretenerla, obligándola a distraerse con lo que sea que haya alrededor.


El bus se detiene por el tráfico, el calor ya ha invadido el interior del vehículo hace varios minutos y ella ha empezado a abanicarse con las manos mientras mueve su cabeza, lentamente, de un lado a otro. Mientras la veo de reojo, justo en el extremo izquierdo de mi campo visual, el tiempo se congela en un momento imperturbable. Los segundos reanudan su marcha cuando dirijo mi mirada hacia la ventana. Puedo ver la fuente de un área verde, a menos de dos metro de mí hay chorros de agua dibujando arcos en el aire.


Siento el deseo de sacarme el polo, remojarlo en la fuente y volver a ponérmelo.


“¿Cómo se verá esta chica con su blusa mojada?”


Trato de imaginar la blusa pegada a su cuerpo con un grado de trasparencia que permita apreciar la piel de sus pechos.


“Ten pensamientos puros”


Mientras, la voz en mi mp3 retoma la melodía del inicio de la canción y la batería golpea con fuerza: dum, dum ¡BA!, dum, dum ¡BA!, dum, dum ¡BA...!


Llegamos a la avenida, y ahora los rayos del sol que atraviesan la ventana, me caen encima. La luz es suficiente como para llegar hasta ella, se filtra y roza cada borde de sus cabellos, que adquieren un tono castaño en los mechones y un color más claro en la punta de cada rizo.


Ella duerme, al menos eso parece.


Ha recostado su cabeza contra el espaldar y puedo ver su blanco y, aparentemente, suave cuello.


Por la ventana izquierda puedo ver el afiche de una película en estreno: “LA CURA SINIESTRA”. En dicho anuncio hay una chica echada en una tina llena de animales ápodos. Con esta imagen, se me vienen a la mente los tratamientos con sanguijuelas. Recuerdo entonces que en el idioma eslovaco la palabra para “sanguijuela” es “upir”. Esta misma palabra es el origen etimológico para el término “vampiro”.


Esto me lleva a pensar en todo el simbolismo sexual que algunos intérpretes le han dado, a estos seres, tanto en el mito, como en la literatura.


Y vuelvo a ver el cuello de la chica.


Ella abre los ojos y, ante la posibilidad de que note mi mirada, finjo un bostezo e inclino mi cabeza de un lado a otro, como si quisiera desentumecerme. Ella sigue mirando al frente y yo apoyo mi codo derecho en el marco de la ventana con mi cabeza en la mano.


Un par de cuadras más y ella se levanta, hace parar el bus y baja.


“Hasta nunca…”


El viaje continúa para mí.


Ocupo su lugar para alejarme de los rayos solares y cierro los ojos para reposar. Aún faltan como diez minutos para llegar a mi destino y pretendo alargar ese tiempo, todo cuanto mi percepción subjetiva me lo permita.


Un bache me avisa que solo faltan dos cuadras para llegar a mi parada. Me levanto y me dirijo a la puerta.


“Paradero bajo”, le doy las gracias al chofer, salgo del bus y comienzo la corta caminata a mi trabajo.


Para días posteriores procuraré recordar que, si mi viaje coincide con el de ella es porque voy a llegar, aproximadamente, 11 minutos tarde a mi trabajo.



Autor: DV

Alumno Machucabotones

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