Un encuentro en el parque...


Es mi primer día de trabajo como periodista.


He terminado de almorzar en el pequeño y oscuro comedor de la oficina, y ahora estoy saliendo a la calle a explorar los alrededores del edificio.


Voy media jornada en esta revista digital especializada en Mypes. Me tocó redactar sobre la Cumbre de las Américas, que tuvo sede en mi ciudad. También pacté unas entrevistas con catedrático en mercadotécnica y un empresario de Lima Norte. Hasta ahora va todo bien, pero necesito un respiro.


1:30 p.m. marca el reloj digital que comparte espacio con los pequeños adornos florales que Mirella, la joven recepcionista, ha recibido por su cumpleaños.


—Feliz día, Mirella —le digo sonriendo mientras espero el ascensor para bajar.

—Gracias… Sírvete —me responde, interrumpiendo su trabajo en la computadora para invitarme a coger caramelos de una canastilla que también era parte de sus regalos.


Cojo uno de menta y le agradezco.


Ya en el primer piso saludo al viejo portero del edificio, quien me advierte que en adelante debo colocar mi hora de entrada y salida junto a mi firma. Le digo que no se preocupe.


Me dirijo al parque Combate de Abtao, a una cuadra de mi trabajo, acompañado de un poemario de Mario Benedetti. El cielo está despejándose y el sol empieza a brillar a pesar de ser julio.


El verdor de los árboles se enciende y hace resaltar el parque entre los edificios como un oasis entre las dunas. Las ramas son merodeadas por ágiles ardillas mientras que palomas y cuculíes picotean en los senderos. Algunos miembros del Serenazgo de San Isidro circulan todo este contexto montados sobre sus modernos monopatines. No veo bancas libres, así que voy al centro del parque.


Visto un pantalón azul marino, un par de zapatos marrones de estreno y una chaqueta caqui que no me atrevo a quitarme porque evidenciaría las partes mal planchadas de mi camisa blanca. El corazón del parque está tomado por oficinistas, la mayoría de los varones se ha desajustado la corbata. Algunas damas usan las bancas para cambiar sus zapatos de tacón por balerinas. Yo sigo sin encontrar dónde sentarme.


Camino hacia las gradas de un monumento y me siento bajo la sombra. Reviso mi celular y la hora marca 1:40 p.m., creí imposible que haya pasado tanto tiempo desde que salí del edificio.


—Se me ha movido la hora —digo, mientras busco una solución.


El sonido de unos tacones se aproxima. Levanto la mirada y veo una silueta femenina acercándose a dos gradas de mi sitio. Una chica casi de mi edad, piel canela, ojos pardos al sol, y unas pestañas largas que capturaron mi atención. Ella apenas aparta la mirada de su teléfono y sus delgados pulgares de finas uñas bailan sobre el móvil, imitando el ruido de tacones más pequeños.


Espero a que la joven se siente. Vestía pantys negras, vestido turquesa y zapatos color caqui como mi chaqueta. Ella se acomoda y abro la boca.


—Hola. Disculpa. El reloj de mi celular se desconfiguró, ¿me puedes decir la hora exacta? —le muestro mi teléfono para justificarme.

Me mira a la cara luego al celular.

—Sí, claro. La 1 y 36.

—Gracias. No sabía cuánto tiempo tenía para volver a la oficina. Es feo ser impuntual en el primer día de trabajo.

—Ahh, ya.

—[…]

— ¿Sabes cómo conectarse al wifi de este parque? —le señalo un letrero de la Municipalidad que decía Internet libre.

—La verdad, no. Tampoco conozco mucho este parque. Es mi primera semana trabajando por aquí.

—Estamos iguales. ¿Y dónde trabajas?

—Ahí —me señala un edificio que tenía escrito Oficis. —Estoy en el área de Recursos Humanos… ¿Y tú?

—Entré a trabajar a la revista de una empresa que está casi al frente de tu chamba.


Perdí las ganas de leer mi libro. Ahora quiero socializar. Me gusta que salga el sol porque me pone de mejor humor. Además, parece que esta chica busca lo mismo. Necesito meterme a la conversación.


—Me gustaría saber el nombre de mi nueva vecina de trabajo —sonrío para relajar la leve seriedad de nuestras caras.

—Lucila —me dice apenas sonriendo, pero relajando las cejas.

— ¿Y ya configuraste la hora en tu celular? —pregunta ella advirtiendo con la mirada como guardo el teléfono.

— ¡Ah, cierto! —río nerviosamente.


¡Me agarró! Deduzco que Lucila se dio cuenta que solo quería hablarle y quizá ligar. Y pues... Me gusta como está vestida, sus pantys le dan mucha feminidad, sus torneadas piernas me seducen y cada sonrisa correspondida me invita a continuar. Pero no sé qué más decir. Lo del celular me tomó desprevenido, quizá sea bueno hacerme el apurado y despedirme cortésmente. O mejor, no. Tal vez yo necesite conocer gente nueva después de aquella relación de la que salí. En fin… ya estoy en la conversación y creo que sí, estoy tratando de ligar después de mucho tiempo.


— Ahora es la 1 y 43, por si acaso —ríe Lucila

Se aproxima un heladero y siento encontrar un arma para responder las sutiles burlas de Lucila.

—Buena hora para un helado, ¿no? Yo invito —le digo mientras veo el triciclo de helados que pasa frente a nosotros.

Lucila accede y escoge lo mismo que yo, un helado cubierto de chocolate y relleno de vainilla. Un dulce siempre ablanda los ánimos. Empezamos a comer. Ella trataba de impedir que se le escurra gotas de helado entre los dedos. De forma muy femenina corta con una izquierda el camino de un hilo de helado que se desliza por su muñeca derecha. Yo la miraba sonriendo.

—Toma, creo que lo necesitas —le alcanzo un poco de papel para que se limpie la mano.


Mientras me agradece, veo cómo su boca se minimiza y labios se hunden, mientras su rostro evidencia un poco de vergüenza. Yo me empiezo a sentir juguetón y le acerco la punta de mi helado a la cara para dejarle una manchita en la mejilla. Esto solía hacerlo siempre con prima cuando éramos pequeños.

Lucila me mira sorprendida. Tenía las cejas levantadas, pero de pronto dibuja una sonrisa de villana, y con sus dedos aún sin limpiar me mancha la barbilla.


— ¡Qué mala! Casi me ensucias el cuello de la camisa con chocolate.

— ¡Ja, ja, ja! Tú empezaste…


Reímos. Inconscientemente me detengo a ver sus labios mientras empieza a chupar nuevamente lo que queda de su helado. Luego la veo a los ojos y al chocar con ellos, desvío la mirada. Ahora el que minimizaba sus labios de vergüenza era yo. Tensión sexual, dicen los expertos.


Ella no dice nada, se limpia bien la mano para meterla en la cartera y sacar su celular. Yo termino mi helado.


— Es ya las 2. Creo que el refrigerio se terminó.

— Y nuestros helados también.

— Pues, sí. Gracias, estaba rico.

— Lo que no quiero que se termine es este tipo de coincidencias.

Lucila me mira como esperando que continúe, levanta las cejas y sus pestañas se entrecierran dos veces seguidas. Ya casi podía ver la palabra “¿entonces?” en ella.

— Déjame tu número, quizá la próxima vez nos ensuciemos las caras con algo más rico que helado.

— Ja, ja, ja. Bueno… Umm, pero fácil nos vamos a ver mañana. ¿Sales a la misma hora siempre?

— Sí —le miento, solo ese día almorcé a la 1 p.m. por indicación de mi jefe.

— Entonces nos vemos por aquí mañana, ya me voy. Un gusto y gracias nuevamente.

Tan rápido como movía los pulgares sobre su celular, Lucila se despidió de mí con un suave rose de labios en mi mejilla. Yo apenas pude tocarla, aunque ya empiezo a sentir su perfume tras el acercamiento. Y así me quedé.

— Bueno, un gusto.

— Igualmente, me dice ella emprendiendo su marcha velozmente.


Mi horario en adelante será de 1:30 p.m. a 2:30 p.m., pero haré lo posible para volver a encontrarme con Lucila.



Diego Salazar es periodista.


Le encanta viajar, y ahora le interesa la escritura, quizás este podría ser el primer relato de su libro.


Este relato lo escribió en el taller "Como Me Da La Gana" 🔥


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