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A pesar de todo el ruido

  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»



Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Vota haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



A pesar de todo el ruido de la noche anterior y de que él tuvo que dormir abrazado a su hermana, Rubén sabía que su familia era feliz y, sin embargo. Marcos lo ayudó a bajar por las rejas. El plan se mantenía. Era un trabajo sencillo, pero no por eso sin riesgos. Iban a caminar desde el once hasta el pesquero para repasar los detalles. Tu parte es la más fácil, Rúben, te quedas con el sereno, que estará soñado y nosotros buscamos la cosa esa y salimos.


¿Qué lo había empujado a esa situación? No una vida llena de necesidades como la de Marcos, que con suerte comía una vez al día si encontraba espacio en el comedor popular. Allá está Mirko. ¿Qué hay, Flaco? ¿Cabeza te dijo algo ayer? Tampoco una vida de maltratos como la del Flaco que recibía palo todos los días. Eso te ha endurecido, eres fuerte. El Flaco se metería entre unas maderas que cercaban la construcción; ya lo habían intentado fingiendo recoger una pelota que de casualidad se les había caído dentro del colegio–casa que iban a inaugurar ese año cerca del barrio del Cabezón.


¿Cómo, Cabeza? ¿Firme? ¿Tú la viste? Tampoco una vida de ausencias; Cabeza quedó huérfano de pequeño, sus padres murieron cuando el bus que los llevaba a Abancay se desbarrancó. A mí me crio la calle, mi papá es el asfalto y mi mamá está en cada callejón; decía. La vaina es fácil Rubén, tú ni siquiera te le vas a plantar al sereno; para eso tenemos al Gorila, fue una bendición conocerlo en la última pichanga. ¿Qué harás con tu parte Mirko? Le preguntó Rubén.


Tampoco había sido la adicción a las drogas. En esa misma pichanga, el Gorila les había preguntado si tenían algo de marihuana; desesperado preguntó por terocal. El grupo de compinches se miraron sorprendidos. Lo agarraron por la necesidad; el Gorila aseguró que tenía un machete, no le haría daño, solo sería para asustarlo y que cooperara. Marcos arrugó, nos vamos a cagar. Vete y olvídate de esto le gritó Cabeza.


Lo que buscamos está en la Dirección, ya la construyeron y el guardia tiene las llaves. Es hora, Flaco, ordenó Cabeza. El Flaco cruzó las maderas y quitó la pita de seguridad que amarraba el clavo de lo que hacía de puerta. Vieron, a lo lejos, una luz que se derramaba por la puerta de un cuarto en la primera planta; venía una música baja y algunos gritos o quejidos. Ahí está. Gorila se adelantó, los otros dos detrás y Rubén en la puerta. A pesar de todo lo que te di, me dejas. La voz aguardientosa les llegó clara y la salsa también. El Flaco se asomó y sorprendido le murmuró algo a Cabeza, ¿seguro, Flaco? Era el papá de Rubén. Quisieron detener al Gorila pero este entendió la mano en la espalda como la señal y entró gritando, de una patada tumbó al señor y le pidió sus llaves. ¿Dónde está la vaina? ¿Eso que dicen en internet?


¿Qué carajos pasa?, ¿Quién eres? Cuando sintió el machete cerca al cuello, cedió. Las llaves están en mi bolsillo; pero que huevón eres, eso es mentira. Si eso estuviera acá yo tendría una pistola y no estaría solo. El Gorila se impacientaba y afuera Flaco y Cabeza comenzaron a sentir miedo de lo que podía pasar. Negro tenías que ser, pe, que huevón para creer que tenemos esa vaina. Si no era eso, no era nada; cualquier otra cosa no iba a alcanzar para la operación de su mamá. Gorila lo escupió y dio media vuelta. Tan rápido como el alcohol le permitió el señor se levantó y trató de agarrarlo del cuello pero sus manos resbalaron. ¿Quién es el huevón? Le clavó el machete en el cráneo tan profundo que los policías tuvieron que usar una sierra para sacarlo.


¿A dónde mierda van?  El gorila ya estaba en la puerta antes que el Flaco y Cabeza escaparan. Ruben venía corriendo. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me llamaron? La sangre ya salía al patio. Nadie se va, Gorila los amenazó. No me puedo ir sin nada. Tú, entra y trae las llaves. ¡No! gritó el Flaco, lo haré yo. Gorila los puso contra la pared con ventanas, las cortinas estaban abiertas. El Flaco se demoraba, tenía miedo de voltear el cuerpo y lo sentía más pesado; mientras trataba, Rubén giró el cuello y lo vio.  Entró corriendo. Es su papá Gorila, no sabíamos, no sabíamos, hasta ayer era otro señor.


Los va a delatar. ¿Cuánto tienes en el bolsillo? Dámelo, no me busquen y yo no les haré daño. Mátenlo o los va a joder. Su mamá es la secretaria, no me dijiste, de la notaría ¿no? Ahí trabajan abogados Cabezón idiota. Si te vuelvo a ver te mato de una peor forma que al papá de tu amigo llorón ¿Para qué chucha lo trajiste?  Cabeza entró, fingió abrazar a Rubén y lo estranguló. ¿Qué mierda haces? Nos va a delatar. Nos vamos, acá no hay cámaras, afuera tampoco. Antes de salir, el Flaco vio una carta en la mesa. Es de la vieja de Rubén, los está abandonando, por eso el tío estaba tan cagado. ¿Rubén tenía una hermana, no? Qué me importa, huevón, espetó Cabeza. Era tu mejor amigo, Cabeza, le recriminó el Flaco.


En el cuarto de Rubén, la tele que había dejado prendida para despistar a su mamá —que ya se había ido— daba las noticias. Dos cuerpos, un adulto y un menor, fueron encontrados sin vida en el colegio Martin Luther King. En realidad, eran tres cuerpos. Catalina saltó por la ventana después de escuchar el nombre de las víctimas. A pesar de todos los años construyendo una familia ejemplar de cara a la comunidad la desgracia llegó a la casa número 546 Mz 6 LT 3, la más tranquila del barrio



Autor: Alejandro Valdivieso.



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