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A pesar de todo, Emilia nunca llegaba tarde

  • 8 may
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: hace 5 días

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»



Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Vota haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



A pesar de todo, Emilia nunca llegaba tarde.


Ni cuando dormía tres horas. Ni cuando el ascensor del edificio llevaba semanas descompuesto y tenía que bajar once pisos con las rodillas temblando. Ni cuando su madre olvidaba tomar las pastillas y empezaba a hablar sola desde la cocina, mezclando recetas con recuerdos y nombres de personas muertas.


A las ocho en punto, Emilia ya estaba frente a la pantalla.


Respondía correos antes del desayuno. Sonreía en reuniones. Decía “claro” demasiado rápido.


“Claro, lo veo hoy.”


“Sí, yo me encargo.”


“Gracias :)”


Respondía correos con signos de exclamación como si el entusiasmo también pudiera automatizarse.


Había desarrollado una versión de sí misma capaz de funcionar incluso cuando ella no, como esos aparatos viejos que continúan haciendo ruido mucho después de empezar a fallar.


Eso era lo peligroso.


Durante años creyó que la presión era una etapa transitoria. Algo que eventualmente terminaría después de graduarse, conseguir trabajo, estabilizarse, ahorrar, ayudar a su madre, organizar su vida. Pero el alivio nunca llegaba; solo cambiaba de forma. Una meta reemplazaba a otra con la precisión de una máquina industrial.


Emilia empezó a medir su existencia en rendimiento.


Cuántos correos respondía.


Cuánto tardaba en terminar una tarea.


Cuántas horas lograba mantenerse despierta sin equivocarse.


Incluso el cansancio debía ser útil. Escuchaba cursos mientras cocinaba. Podcasts mientras caminaba. Audiolibros mientras limpiaba el departamento e incluso mientras corría por las noches, como si quedarse sola con sus propios pensamientos fuera una pérdida de tiempo.


Descansar empezó a producirle culpa.


A veces veía fotos de personas de su edad viajando, enamorándose, saliendo un jueves cualquiera como si el viernes no existiera. Emilia observaba esas imágenes durante algunos segundos antes de volver al trabajo, con la sensación extraña de estar llegando tarde a una etapa de su propia vida.


En la oficina todos hablaban el mismo idioma.


“Dormí dos horas.”


“No he almorzado.”


“Estoy sobreviviendo.”


Y siempre había alguien respondiendo:


“Yo peor.”


Como si el sufrimiento pudiera transformarse en prestigio.


Una tarde, su jefe felicitó a un compañero por responder mensajes durante sus vacaciones. Todos rieron. Alguien dijo “compromiso total”. Emilia también sonrió, aunque sintió algo extraño, una incomodidad mínima, casi imperceptible, como una piedra pequeña dentro del zapato.


Esa noche volvió a casa más tarde de lo habitual.


La cocina estaba oscura. El televisor encendido iluminaba la sala con una luz azul enfermiza. Su madre dormía sentada en el sofá, todavía con la ropa del día puesta y una manta doblada sobre las piernas.


Había platos sin lavar.


Una cuenta vencida sobre la mesa.


Y una fuga debajo del lavadero.


El agua caía lentamente dentro de un recipiente plástico.


Tac.


Tac.


Tac.


Emilia dejó la mochila en el piso sin quitarse los zapatos. La laptop seguía encendida dentro del bolso. Todavía tenía trabajo pendiente.


Pero no se movió.


Se quedó observando el recipiente llenarse gota por gota.


Pensó, absurdamente, en los edificios de oficinas iluminados durante la madrugada. En la gente cenando frente a una pantalla. En los cuerpos acostumbrados a funcionar más allá de sus propios límites. Pensó en cómo ciertas formas de destrucción se vuelven invisibles cuando suficientes personas las comparten.


Pensó también en ella misma a los dieciocho.


La recordaba convencida de que la adultez sería otra cosa. Más libre. Más luminosa. No esto: regresar de noche demasiado cansada para sentir algo distinto al alivio de quitarse los zapatos.


El recipiente rebalsó.


El agua empezó a extenderse sobre las baldosas con una lentitud tranquila, casi elegante.


Y entonces Emilia lloró.


No por el trabajo.


No por el cansancio.


Ni siquiera por su madre dormida a pocos metros.


Lloró porque comprendió algo insoportable: llevaba años viviendo exactamente igual que ese recipiente. Conteniendo pequeñas fugas. Convenciéndose de que podía soportar un poco más. Administrando el desgaste con tanto cuidado que nadie alrededor parecía notar que algo dentro de ella se estaba deteriorando.


Su madre abrió los ojos lentamente.


—¿Qué pasó?


Emilia quiso responder muchas cosas.


Quiso decir: estoy cansada de sostenerlo todo.


Quiso decir: siento que mi vida se convirtió en una lista infinita de tareas cumplidas.


Quiso decir: tengo miedo de acostumbrarme a esto y no saber nunca quién habría sido sin tanta presión encima.


Pero en su familia las conversaciones importantes siempre llegaban demasiado tarde o no llegaban nunca.


Así que respondió:


—Nada.


Después buscó un trapeador.


Secó el piso.


Contestó cuatro correos más.


Y programó la alarma para el día siguiente.


Sin embargo, algo había cambiado.


Porque una vez que una persona reconoce el sonido real de su propio agotamiento, ya no puede volver a confundirlo con normalidad.


Los días siguientes Emilia empezó a notar detalles que antes parecían parte natural del paisaje: la mujer dormida en el metro abrazando una laptop; el repartidor comiendo de pie junto a su motocicleta; las ojeras maquilladas; los mensajes enviados a las dos de la mañana terminando con un “disculpa la hora”.


La ciudad entera parecía sostenida por personas exhaustas fingiendo eficiencia.

Y lo más perturbador era que nadie se detenía a preguntarse por qué.


Una tarde, mientras corregía una presentación que probablemente todos olvidarían en menos de una semana, abrió accidentalmente la cámara frontal de la computadora.


Se vio a sí misma.


La luz blanca del monitor vaciándole el rostro.


La mandíbula rígida.


Los ojos secos.


Parecía una persona observada a través de la puerta de un refrigerador.


Entonces pensó algo que le dio miedo:


Quizá el verdadero peligro no era derrumbarse.


Quizá el verdadero peligro era acostumbrarse.


Cerró la laptop.


No terminó el trabajo.


No avisó.


No pidió disculpas.


Simplemente salió a caminar.


Afuera, la ciudad seguía intacta en su velocidad: semáforos cambiando, bocinas, personas cruzando avenidas con café en la mano y audífonos puestos como pequeñas barreras contra el mundo.


Emilia caminó despacio.


Por primera vez en años, caminó sin intentar llegar rápido a ninguna parte.


Y descubrió algo extraño.


El mundo no colapsaba porque ella se detuviera.


Solo ella había vivido creyendo que sí.


A pesar de todo



Autora: María Portales.



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1 comentario


Invitado
hace 15 horas

Es revelador, incluso raro, sentirse tan cómoda en la incomodidad que representa.

Att: Una Emilia más

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