Donde la infancia se quedó
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RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

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A pesar de todo, mi mente siempre vuelve a ese lugar llamado Raq’ayniyoq, donde se quedó guardada la parte más pura de mi infancia.
Allí el tiempo parecía moverse distinto. El viento tenía voz, los cerros parecían vigilar nuestros pasos y el cielo, tan amplio y limpio, nos hacía sentir pequeños pero libres. Éramos tres: mi hermana Miriam, mi primo Víctor y yo. Ellos mayores, más valientes, más decididos… y yo siguiéndolos, aprendiendo el mundo a través de sus pasos.
Las vacaciones eran nuestro momento más esperado. Dejábamos la rutina para volver al campo, donde cada día tenía sabor a aventura. Mi papá, siempre firme y recio, mantenía una costumbre que jamás rompía. Nos daba un libro a cada uno y decía con voz seria “primero se lee, luego se juega”.
Después colgaba en la puerta una bolsita de dulces Bambis. Para nosotros aquello era un tesoro. Leíamos rápido, casi compitiendo entre nosotros, levantando la mirada a cada rato para ver si ya habíamos avanzado lo suficiente como para merecer los dulces. Apenas terminábamos, corríamos felices a alcanzarlos, sintiendo que habíamos conquistado el mejor premio del día.
Pero en realidad, lo que más esperábamos venía después, cuando el sol empezaba a caer y el campo entero parecía invitarnos a salir.
Alrededor de las cuatro de la tarde nos preparábamos para ir a la cabaña, donde estaban los animales. El camino tomaba entre quince y veinte minutos, a veces a pie, a veces a caballo. El aire era frío, pero fresco; olía a tierra, a pasto, a libertad. Y siempre, como un guardián silencioso, nos acompañaba Sandor, nuestro perro que iba por la ruta jugando con nuestro sombrero que el viento nos quitaba.
Al llegar a la cabaña juntábamos nuestros animales (vacas – caballos) en un corral, los terneros en otro corral, preparábamos una fogata, al rededor del fuego, el mundo se volvía más pequeño y nuestro. Preparábamos mate de chiqchimpa, contábamos historias, inventábamos adivinanzas o cantábamos algún huaynito. El frío se colaba igual, pero las risas lo hacían más llevadero. Así, entre cuentos y miradas cómplices, el sueño nos vencía.
En esos días, el peligro tenía nombre: puma. No era una historia para asustarnos, era una amenaza real. Por eso, al caer la noche, encendíamos una fogata. Decían que el fuego los alejaba, y nosotros confiábamos en ese resplandor como si fuera un escudo.
Pero esa noche fue distinta. Despertamos con un sonido que no olvidaría jamás: rasguños desesperados en la puerta. Era Sandor. Aullaba con una urgencia que nos heló la sangre. Afuera, los animales corrían inquietos, golpeando el suelo como si huyeran de algo invisible.
Nos miramos en silencio. El miedo se sentía pesado. Encendimos una vela, tomamos las linternas y abrimos la puerta. Sandor entró de inmediato. Tenía la cabeza herida, la sangre marcando su pelaje. Nunca lo habíamos visto así. En ese instante entendimos, sin palabras, lo que había pasado: había luchado.
Salimos como pudimos, con el corazón acelerado, a encender una fogata más grande. El fuego creció rápido, como si también tuviera miedo. No vimos al puma, pero su presencia estaba en el aire, en el silencio, en la tensión de la noche.
Esa vez no hubo cuentos ni canciones. Solo abrazamos a Sandor, lo limpiamos con cuidado y lo hicimos dormir con nosotros. Afuera, el fuego ardía como un guardián. Adentro, aprendimos lo que era el coraje.
Al amanecer, salimos con temor a contar los animales. Uno por uno. Vacas, caballos… todos estaban. Sentimos alivio, pero también un respeto nuevo por la vida en el campo. Nada era fácil, pero todo tenía sentido.
La rutina continuó. Miriam ordeñaba con paciencia, Víctor ayudaba con los baldes, y yo soltaba a los terneros uno por uno. Era nuestro trabajo, nuestra responsabilidad. Después, emprendimos el camino de regreso a casa.
Los tres íbamos en un caballo, ahora me pregunto cómo podíamos subir 3 niños con sus porongos de leche aun caballo, nuestro hermoso potro se llamaba perdigón color moro era inmenso y nos llevaba en su lomo como si fuéramos unos muñequitos, así empezaba nuestra ruta devuelta a casa. Pero en un descuido, caímos. Todo pasó rápido. El golpe, el susto… y la leche derramándose sobre nosotras. Terminamos empapadas, oliendo a leche fresca, entre lágrimas y frustración nos levantamos, volvimos a subirnos al lomo de perdigón. En ese momento parecía una tragedia. Éramos, sin quererlo, la lecherita de los cuentos de papá.
Lloramos, sí. Pero también nos levantamos. Cuando llegamos a casa, mamá nos esperaba con el desayuno caliente. Nos miró, entendió todo sin necesidad de explicaciones, pero igual le contamos: la caída, la noche del puma, la valentía de Sandor, como nos imaginamos que lucho Sandor con el puma por defender lo suyo, era nuestro héroe, nuestro protector.
Y así, sin darnos cuenta, nuestras pequeñas tragedias se convertían en aprendizajes.
Hoy, han pasado los años. La vida ha cambiado, los caminos son otros, las responsabilidades también. Pero cada vez que regreso a Raq’ayniyoq, algo dentro de mí se acomoda.
Vuelvo a escuchar el viento, a sentir el frío en las manos, a ver la fogata encendida en medio de la noche. Vuelvo a ser esa niña que no tenía miedo de ensuciarse, de caer, de levantarse.
A pesar de todo, ese lugar sigue siendo mío. Porque ahí no solo viví… ahí aprendí a ser valiente, a amar la tierra, a respetar la vida y a entender que incluso en el miedo, también habita la fuerza.
Y es que hay recuerdos que no se quedan en el pasado… se quedan en el alma■
Autora: Darnely Valencia Romero.





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