A pesar de todo lo que hay que contar
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RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

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A pesar de todo lo que hay que contar, no creo que puedas imaginar lo que sucede. No se puede leer el miedo de estar atrapada, no se puede leer el abrazo que te falto dar, no se puede leer la incertidumbre de no saber adónde vas, no se puede leer porque no puedes respirar.
Es lo primero que hago entonces, ¡respirar! Voy contando cada una de mis inhalaciones para comprobar que estoy aquí. Bajo la mirada y veo el contorno de mi pecho inmóvil, -es porque no quiero que nadie me encuentre – me digo. El largo de mi cuerpo se dibuja silueteado con manchas azul oscuro, y al final del trazo… mis pies descalzos.
Recuerdo los últimos pasos que di. Corrí a toda velocidad por la calle, no miraba hacia atrás, no sabía adónde iba a llegar. Aun así, casi no respiraba. El aire guardado durante tanto tiempo se había convertido en suspiros amarrados. Estaban tan juntos protegiéndose que les daba miedo dar una respiración honda. Corrí hasta que encontré un lugar alejado para mí. ¡Estaba a salvo! Pude descansar tranquilamente y tenderme de espaldas a la tierra y de cara ¿al cielo? Eso parecía, lo importante era que ya no sentía la necesidad de correr. Lo único que quería era descansar.
Me sentía más tranquila a pesar de la carrera, pero todo mi cuerpo ya sabía cómo sobrevivir en este estado. Yo había aprendido a pasar desapercibida. Cada órgano, cada hueso, cada musculo seguían funcionando automáticamente de modo que mi cuerpo se desplazaba casi como flotando. Yo vivía así, con mis pies a centímetros del suelo y mi alma evaporada en el aire.
Yo si podía ver al resto alrededor de mí. Los veía, los olía, los sentía, los miraba moverse sin parar, desarrollando diferentes tareas que les provocaban diferentes sensaciones y para las cuales tenían diferentes respuestas. Hablaban, discutían, se besaban, caminaban, soñaban, lloraban, se despedían.
Parecía que no me veían. –Lo estoy haciendo bien – me decía. Soy una persona más entre millones y nadie me puede identificar. Si no me podían ver, por fuera, menos lograban ver mi interior. Lo de adentro era sagrado. Era una urna de cristal, un cilindro transparente apoyado sobre una base de madera rojiza, sobre la cual descansaba… una corona de espinas. ¡La más hermosa corona que yo había visto!
La corona era el recordatorio de mi condición real, no de la realeza, sino real, verdadera, legitima, una marca de nacimiento y linaje que cargaba las historias de todas las reinas de la familia que estuvieron antes de mí. Cada una de las reinas había agregado a la magnífica corona una espina. Cada espina era la huella sangrienta de un amor correspondido, en realidad creo que fue solo un amor soñado.
Me distraje demasiado pensando en cual de mis espinas incrustaría en la corona. - ¿Qué era para mí amar y ser correspondida?, ¿Cómo elegir entre cada uno de mis personajes al que me llevo a lo más alto del cielo?, ¿Cuándo respire ese momento de éxtasis profundo que despego mis pies del suelo haciéndome creer que había tocado la Luna?, ¿Quién era el portador de esa mirada que dejo a mis ojos verdes mirando a lo que yo creía vacío, pero en realidad era el resto de mi vida? – todo esto pasaba por mi cabeza.
Empecé a sentir frio. Mis manos delgadas se veían como teclas de piano gastadas, mis uñas dejaban pasar un fantasma de luz como el que atraviesa una perla demasiado gastada. Esas teclas tocaron en un tiempo melodías en re menor, solamente para mí. Esas notas tristes que arañaban un chelo demasiado envejecido. Mi corazón se convertía entonces en una perla que dejaba pasar a regañadientes los abrazos y los besos que justamente ahora anhelaba.
Esas melodías me hacían volar sin alas, me abrazaban, me soltaban y me dejaban caer al vacío y entonces sentía lo mismo que siento ahora.
-Creo que me falta el aire- pensé. Pero la música me seguía acompañando a lo lejos, mis oídos la sentían, mi corazón la acompañaba inmóvil. Me sentía tranquila en esta sensación de silencio y quietud. Me deja tranquila saber que nadie se da cuenta de mi presencia. A veces alguien voltea en dirección a mí y vuelvo a contener el aliento, vuelvo a poner mi mente en blanco y me transporto en un vaivén volátil sobre todos los seres vivos. Sigo tendida mirando hacia arriba, sigo buscando en el cielo los azules que me calman.
Vuelvo a mi estado original, tendida y sigo recorriendo el largo de mi cuerpo y observando ahora mi pecho. Dos colinas sinuosas envueltas en una tela delgada y fresca. - ¡Si la tela fuera diferente no podría respirar! - pensé asustada. No tenía por qué asustarme, todo estaba bajo control. Yo misma había elegido la ropa que me pondría hoy - ¿O fue ayer que me la puse? No me acuerdo.
Queda pendiente el aroma. No pude evitar frotar mi cuerpo con aceite de hierbaluisa. Lo había hecho después de bañarme, bien entrada la noche. El agua estaba fría y el chorro era fuerte. Aun mojada me fui acariciando con el aceite. No era solo la sensación en la piel. Eran todos mis sentidos activados por ese olor que me llenaba de sol, de calor, de luz. Sentí que seguía mirando hacia arriba pero ya no buscando los azules sino los amarillos. Los remolinos de luz y abrazos interminables que llenaban mi cara de risa y mi alma de amor.
¡Qué momentos esos! ¡Qué rápido latía mi corazón y se enredaban las mariposas en mi estómago buscando desesperadamente la puerta de salida que las llevaría a encontrarme y bailar a mi alrededor!
Recuerdo cada paseo, esos viajes donde aún con los zapatos puestos, caminé descalza sobre la tierra, donde sumergí mis pies en el agua helada, derretida desde una montaña blanca y majestuosa que me miraba desde atrás… llorando. Se derretía en lágrimas que bajaban dejando marcas en sus laderas, discurrían desordenadas y sin control a lo largo de mi cara ¿o no? - No era mi cara, era la montaña- creo.
Es extraño porque siento las lágrimas en mis mejillas - ¡Pero no soy yo! ¡Es ella! Me he convertido en montaña. Me doy cuenta del frio intenso, de la falta de movimiento, del silencio absoluto, de la oscuridad, del hecho de que los demás me observan desde lejos, pero en realidad no me ven.
Estoy sonriendo. Mis labios están apretados, pero sonrió. Yo lo sé porque sonrió hasta con mis ojos. Sigo echada mirando hacia arriba porque ya sé que pasa. Si puedo poner en palabras el latido de mi corazón, las palabras que grito en silencio, las risas que guardo para cuando sea libre al fin.
A pesar de todo lo que te cuento y te escribo no pudiste entenderme. Estuve mucho tiempo esperando tu respuesta. Sé cuál es la respuesta, aunque tú tampoco la puedas hablar. No solo no quieres ni puedes hablarme, es que no podría escucharte tendida dentro de este vestido de madera. Es rígido, lineal, oscuro y frio.
No es el cielo el que puedo ver, ya no hay aromas ni risas para escuchar ni manos para acariciar. Estoy como al principio, sola en una cámara oscura pero no tengo miedo. Llegue al final, a mi final.
A pesar de todo…lo que te quiero…lo que ansiaba seguir aquí contigo…ya no se puede. Estoy muerta■
Autor: Gabriela María Malaga Basurco.





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