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A pesar de todo pienso en ti, hermosa literatura

  • 13 abr
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 6 may

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»



Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Puedes votar haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.


A pesar de todo pienso en ti, hermosa literatura. No como quien recuerda un objeto olvidado en una repisa, sino como quien vuelve, inevitablemente, a una casa que nunca dejó de pertenecerle. Pienso en ti como en un susurro persistente que atraviesa los años, como una luz tenue que no deslumbra, pero que nunca se apaga del todo.


Tú, que me cautivaste desde mis más tempranos años, cuando el mundo era todavía una superficie intacta, lista para ser nombrada. Te encontré en esa pequeña biblioteca de la primaria que más parecía una ratonera que otra cosa: estantes torcidos, libros con lomos vencidos, hojas que olían a polvo y a tiempo detenido. Pero allí, en ese espacio mínimo, sucedía algo inmenso. Allí comenzaba el viaje.


Recuerdo mis manos pequeñas recorriendo títulos que no comprendía del todo, pero que igual me llamaban. Mitos griegos y romanos que abrían grietas en la realidad: dioses que amaban y destruían, héroes que caían, destinos inevitables. Yo no sabía entonces que esas historias no solo hablaban de otros mundos, sino también de este, del mío, del que apenas empezaba a reconocer. Y sin embargo, ya había en mí una certeza: quería leer y leer más.


Los libros que me ganaba en los concursos no eran solo premios; eran puertas. Cada uno ampliaba el territorio de lo posible. Mientras otros celebraban el reconocimiento, yo celebraba el objeto en sí: el peso del libro en las manos, la promesa de lo desconocido. En ti me pierdo y me encuentro, querida literatura. Porque perderse en ti era, en realidad, una forma de empezar a encontrarme.


Luego vino la secundaria, o mejor dicho, la academia de preparación. Me becaron y me fui unos seis meses. Un tiempo breve, pero suficiente para dejar una marca. Allí, rodeado de fórmulas, cálculos, ecuaciones que exigían precisión y rapidez, descubrí algo que no esperaba: que lo que más me fascinaba no estaba en los números, sino en las palabras. Mientras otros resolvían problemas, yo me detenía en los libros.


Leí El viejo y el mar como quien escucha una voz antigua que le habla directamente al pecho. Sentí la soledad del mar, la obstinación del hombre, la dignidad silenciosa de la lucha. Y luego El coronel no tiene quien le escriba, con esa espera interminable que se volvía casi física, como si el tiempo mismo pesara. Esas historias no eran solo historias: eran experiencias que se adherían al cuerpo, que modificaban la forma de mirar.


En ti me pierdo, y a pesar de todo no te escogí.


Esa es una de esas verdades que regresan con una mezcla de culpa y comprensión. No te escogí. No porque no te amara, sino precisamente porque te amaba demasiado. Tenía miedo. Miedo de fracasar, de no estar a la altura de lo que tú exigías en silencio. Miedo de no ser un buen escritor, de no encontrar una voz, de quedarme en la ruina, no solo económica, sino también espiritual. Había en mí una desconfianza profunda hacia mis propios desaciertos.


Y entonces opté por una forma —creía yo— más segura de tener estabilidad económica: la medicina. No fue una renuncia total, aunque en ese momento lo sintiera así. Había también una intuición, quizás difusa, de que ese camino no me alejaría del todo de ti. Que de alguna manera me haría más humano, que me permitiría acercarme a la vida desde otro ángulo, desde otra profundidad.

La medicina me enseñó a leer de otra forma. No solo textos, sino cuerpos, gestos, silencios. Aprendí a escuchar lo que no se dice, a interpretar signos que no están escritos con palabras. Y sin darme cuenta, esa mirada se filtraba en mi relación contigo. Analizaba la mente de los personajes como si fueran pacientes: sus miedos, sus deseos, sus contradicciones. Buscaba en ellos no solo una historia, sino una estructura interna, una lógica emocional.


Y continúo contemplándote, oh, amada literatura.


No como antes, tal vez. No con la misma voracidad ni con el mismo tiempo disponible. La vida se fue llenando de responsabilidades, de urgencias, de cansancios. A pesar de no dedicarte tiempo, a pesar de no ser tu fiel servidor, sigues ahí, esperando sin exigir, ofreciendo sin reprochar.


Te volviste más que un pasatiempo. Te convertiste en una forma de estar en el mundo. Aprendí a escribir un poco mejor, a ordenar ideas, a buscar precisión sin perder emoción. Aprendí a compartir mis lecturas con otros, a tender puentes entre textos y personas. Descubrí la mediación de lectura, ese acto casi invisible pero profundamente transformador de acercar a alguien más a ti.


También exploré otros territorios: algo de literatura japonesa, con su delicadeza, su capacidad de sugerir más que de decir, su forma de habitar el silencio. Y en uno de esos giros inesperados de la vida, conocí a Vargas Llosa en un concurso de ensayos. Un encuentro breve, quizás, pero suficiente para confirmar que tú no eras solo una pasión íntima, sino también un puente hacia otros.


Gracias por todo lo que me diste y por lo que me sigues dando.


Porque incluso en la distancia, incluso en la aparente ausencia, sigues operando en mí. En la forma en que pienso, en la manera en que observo, en los vínculos que construyo. Eres una presencia discreta pero constante, como una corriente subterránea que sostiene sin hacerse visible.


A pesar de todo pienso en ti, hermosa literatura.


A pesar de no haberte escogido plenamente, a pesar de los caminos alternos, de las decisiones tomadas desde el miedo más que desde el deseo, sigues siendo un eje. No el único, pero sí uno esencial. Porque contigo aprendí a mirar, a sentir, a nombrar.

Y aunque no sea tu fiel servidor, aunque no te dedique las horas que quizás mereces, sé que seré siempre tu eterno aprendiz. Guiado por la tenue pero brillante luz de tu resplandor, seguiré regresando a ti, una y otra vez, como quien vuelve a casa sin anunciarse, sabiendo que siempre habrá un lugar esperándolo



Autor: Frank Moisés Bellodas Sánchez.




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Invitado
14 abr

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