Atardeceres, amores y computadoras
- 14 abr
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 6 may
RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Vota haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.
A pesar de Todo, Marieta sigue en pie.
Todo la está destruyendo, y ella lo sigue mirando con amor. ¿Cómo lo hace?
Escribirlos me está doliendo. Mis dedos están corriendo sobre el teclado de manera muy ágil porque tengo muchas ideas, una tras otra. Algunas ideas se me imponen a la fuerza, otras se asoman tímidamente y me muestran una sonrisa tierna, pidiéndome que las acepte. Otras, simplemente toman el control; y yo, las dejo.
Cada una de ellas termina escrita en este computador.
Marieta lo está observando con una dulzura tan enternecedora que yo podría dejar este cuento por acercarme a ella y susurrarle algo bonito, pero sé que no me corresponde. Todo la sigue observando en el medio de aquella habitación con paredes blancas y piso de parquet; la furia está dibujada en su rostro. La ira domina sus manos. La crueldad, sus palabras.
Y, a pesar de ello, no existe espacio para la maldad; porque maldad aquí, no hay.
Marieta siempre intentó mostrarle su amor a Todo, y él siempre lo recibió, pero quería controlar la forma cómo ella lo manifestaba. Nunca estaba satisfecho, se confundía, pensaba que ella no estaba expresando de manera correcta el amor.
En este momento, está pasando lo mismo.
Más aún, Todo ha querido imponerle la manera cómo le expresa sus sentimientos y ella siempre lo ha tolerado, a pesar de que no le gusta. A veces es brusco, o trata de hacerle cosas que para ella son incómodas. Él se da cuenta y se frustra, pues piensa que su amor es lo suficiente, que está bien entregado, que ella debe recibirlo y contestarle de vuelta de una forma en la que él sienta satisfacción.
Marieta está llorando. Maldita sea… Todo la ha empujado contra la pared, ella está corriendo de vuelta a su lado para tratar de que las cosas cambien, pero él se está volteando, atacando con el arma más cruel, la indiferencia.
Me pregunto cuánto dolor habrá él vivido. Las pérdidas en su vida siguen sangrando pues nunca han cicatrizado, y él, bien lo sabe. Cuando conoció a Marieta, se juró a si mismo que harías las cosas diferente, que la haría feliz a pesar de sus penas personales y que se dedicaría a que todos los años que le restan de vida, sean hermosos.
Pero muy tarde se dio cuenta que no se trataba de ella, y, lo más triste: que tampoco se trataba de él.
Sólo se trata de la desesperación que viene del dolor.
Todo está llorando luego de maltratarla, no se está tolerando a sí mismo, y ella sólo se acurruca cerca de él. No siente miedo, no siente rencor. Sólo quiere seguir amándolo. Pero Todo ya no puede más. Sus sentimientos de culpa y de desesperación están haciendo que aparezca en su cabeza lo impensable: deshacerse de ella de una buena vez.
No sé si pueda terminar esta historia. Ni siquiera sé si realmente tiene un final.
Todo está mirando el balcón, desde el piso 17. La vista es hermosa, cae un atardecer de colores naranja, rosado, púrpura y celeste. Nubes blancas, aire fresco y olor a mar. Marieta acaba de seguirlo, tímidamente, en la misma dirección.
Ella no sabe lo que está a punto de suceder.
Todo se encuentra inmóvil, parte de su cuerpo lo jala para un lado, parte del otro, lo succiona hacia el suelo. Estoy viendo su lucha interna de manera directa, pues se refleja en mi pantalla. Opaca las palabras, pero sigue contándome la historia.
Y empieza a suceder lo excruciante. Marieta lo mira directamente a los ojos, dulcemente. Tenazmente. Todo, cierra los suyos. No lo tolera, no lo tolera, no tolera…
¡No puedo más con todo esto! – ha gritado, mientras golpea la mesa de café que está a su lado.
El incendio empieza en su interior, y la parte de su cuerpo que lo estaba succionando hacia el piso, finalmente logra aliarse con la gravedad y termina de jalarlo por completo. Colapsa. Lágrimas recorren sus mejillas y el dolor en su mano izquierda, con la que golpeó la mesa, finalmente aparece; había sido anestesiado por la ira. El olor a mar es más fuerte aún, y el reflejo del sol al atardecer, es más intenso. Es más hermoso.
Marieta, no… no lo hagas…
Es tarde, ella ya se ha acercado. Todo se está rindiendo, pues ahora le devuelve la mirada. Y es ahora, en este preciso instante, cuando siente que ella le lame la cara, y ve esa colita peluda que hizo que la amara desde la primera vez. Ambos en el suelo, ahora a la misma altura.
Él, se odia, ella, lo ama hasta el final.
Perdóname, por favor – le estoy llorando – , no voy a seguir queriéndote sólo para sentirme bien. Lo voy a hacer para compartir mi vida contigo, hijita.
Ella sólo me sonríe, mueve la colita y se echa a mi lado. Qué bajo fue creer que yo soy Todo en su vida, cuando lo bonito que me da es más que lo que yo pueda sentir por mí mismo.
Y eso es lo último que escribiré, pues el atardecer merece dar un paseo, a pesar de Todo ■
Autor: Álvaro Eduardo Valdivia Pareja.





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