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Dos cafés

  • 27 abr
  • 3 Min. de lectura

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»



Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Vota haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



A pesar de todo, yo estaba nerviosa. Tal vez porque en el fondo sabía que no estaba bien lo que hacía. Quería hacerlo pasar por una reunión de amigos, como algo inofensivo, pero ver a Ricardo era más que eso siempre.


Nuestra historia había empezado hacía ya 15 años en una comisión de política. Él trabajaba como camarógrafo para el canal 9 y yo como reportera gráfica en el diario La Primera de Lima. El día que nos conocimos me pidió el teléfono, yo le di mi correo. A los pocos días recibí un mensaje. — ¿Quieres tomar un café?


Fue entonces cuando empezó la primera de muchas temporadas junto a Ricardo.


Y ese sábado después de tantos años, nos íbamos a encontrar por un café nuevamente.

Salí apurada de mi casa después de almuerzo, dejando a mi esposo y a mi hija jugando Scrabble con mi mamá. 


Por supuesto mi ansiedad estaba presente y me tenía con el estómago todo revuelto, lleno de dolor. Tomé un Zatrix sublingual, que tenía para este tipo de Emergencias y me subí al taxi. Me bajé a media cuadra del Starbucks de 28 de julio y caminé ese poco para tranquilizarme. El sol entraba a la terraza del café y la iluminaba casi por completo, era una tarde algo calurosa de comienzos de otoño. Él no estaba ahí. Entré al local, pero tampoco lo encontré. Volví a la terraza y le envié un mensaje. Salí del café y volteé a ambos lados.


Ahí estaba.


Ricardo se acercaba a lo lejos. Estaba todo vestido de negro: jeans, polito apretado, gorro y lentes de sol, el canguro colgándole de la espalda. No sabía ni como saludarlo. Había pasado tanto tiempo. — Hola —nos atropellamos. Sonreí, él también lo hizo. Me miró y se acercó, ladeó la cabeza y me dio un beso en el cachete izquierdo. Yo solo atiné a cerrar los ojos y di un beso al aire. ¿Vamos? —me dijo. Hice sí con la cabeza. Entramos y pedimos dos cafés americanos. Sentados me contó que ya había entrado y había visto que había mucha gente. Se desanimó y prefirió esperarme afuera.


— ¿Y cómo estás? —me anticipé, propiciando una conversación superficial.


— Te extrañé —dijo avergonzado en voz baja, casi en un susurro.


— Yo también —respondí triste.


— ¿Mejor vamos al parque? —se atrevió.

 

**********

 

Caminamos lentamente, cruzamos la avenida Balboa y luego el parque Melitón Porras en un silencio absoluto, sólo se oían los pájaros y algún ladrido a lo lejos. Llegamos hasta la Av. Armendáriz y me cogió la mano para cruzar la pista, ahí en donde no había cruce peatonal. Mi corazón se aceleró. Le solté la mano ni bien cruzamos. Y me acerqué a mirar el Parque Bicentenario desde arriba. Estaba exacto a la última vez. La obra del puente-mirador de cristal que uniría peatonalmente a Miraflores y Barranco aún seguía parada. Las plantas parecían ser las mismas, la hierba aguja ondeaba fuertemente con el aire. Bajamos por la rampa, serpenteando entre los agaves, las buganvilias y las madreselvas y nos sentamos en la banca de siempre, debajo de esa poinciana de flor amarilla.  


******


Empezó a bajar el sol y acerqué mi cuerpo al suyo buscando calor. Hablamos de lo que estábamos haciendo esos días; él trabajando en el canal, yo leyendo un poco en mi escaso tiempo libre. Ambos con niños pequeños, también hablamos de nuestros matrimonios y sus desperfectos.


— ¿Lo que pusiste en tu blog era para mí? —preguntó mirándome fijamente.


No pude mantenerle la mirada, ni responder con palabras. Me dio algo de vergüenza saber que se había reconocido en mi texto, pensar que por eso estaba ahí tanto tiempo después.


— ¿Puedo preguntarte algo? —insistió.


Hubo un silencio otra vez. Detesto que me hagan esa pregunta. Me genera mucha ansiedad. No soporto no saber qué van a decirme.


— Dime —respondí.


— ¿Puedo? —insistió con una sonrisita. Me relajé un poquito.


— Ladra —sonreí. 


“Si en diez años estamos solos, ¿estarías conmigo?”


Abrí los ojos grandes, no me podía creer lo que me estaba preguntando.


De mi boca solo pudo salir una palabra.


— Sí



Autora: Tesa Angulo Pflucker.



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