La firma insolar
- 15 abr
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Actualizado: 6 may
RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

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«A pesar de todo» un detonante que ya no recuerdo, hizo que volvieran a la memoria, como capricho del destino, las vivencias trascurridas hacían más de medio siglo.
Por aquel entonces, ninguno de nuestro grupo, hoy en día todos septuagenarios, comprendíamos las vueltas que da la vida. Era una situación que no entendimos de inmediato, pero con el paso de los años, llegaríamos a la conclusión que aquello era un curso largo y terminarlo nos llevaría, seguramente, toda la vida.
Alcides, quien vivía en una población cercana a la capital del Departamento, era el alcalde de aquel municipio llamado “La playa”. Rememorábamos en las charlas semanales por teléfono, aquella ciudad bañada por el río Magdalena por un costado, hirviente a medio día y que refrescaba por las tardes por los vientos alisios que venían del noroeste, los cuales traían consigo el aroma a salitre del mar y donde se aprende un chiste nuevo cada día cuando se sale a recorrer las calles y cuando no, se lo vienen a contar a uno a la casa.
Ya cercano el crepúsculo de aquel día, con las últimas luces que pintaban todo de tonos dorados, grises y ocres, rodeado por los herederos de su familia, quienes lo miraban en silencio, después de una última taza de café recién hecho, como a él le gustaba, pronunció aquellas palabras que quedaron tatuadas para siempre en los surcos más profundos de la memoria.
Tres meses antes, con mi amigo Alcides, quien aspiraba a la reelección de la alcaldía de aquella población cercana a Barranquilla, habíamos estado conversando por teléfono todas las semanas, sobre la inminente reunión que tendríamos los exalumnos salesianos después de habernos graduado treinta y siete años atrás. Muchos de ellos incluso sin haber visto una fotografía reciente. El grupo al graduarnos de bachilleres, había pactado reunirnos cada diez años en el que apodaban, “el mejor vividero del mundo”.
Los asistentes vendrían de varias ciudades de Norteamérica, de Panamá, Buenos Aires, Lima, Caracas, Bogotá, Roma, Barcelona y de Barranquilla, que era la comitiva más grande, la mitad del grupo. Una docena ya no se encontraba en este plano.
Nuestro antiguo profesor de literatura, quien en ese momento era decano de la facultad de sociología de la Universidad de Córdova, también estaría presente según lo había confirmado. Me extrañó, sin embargo, que, al sacar las cuentas de las edades, resultábamos mayores que él. Según las nuevas estadísticas, extrañamente resultaba que nos dio clases, cuando solo contaba con tres meses de edad, mientras nosotros contábamos con siete para aquel momento.
Con el paso de los días, al acercarse la fecha prevista e incluso asegurado el restaurante elegido. Ese día no prestaría servicio al público, pues la reunión era solo para los ex alumnos salesianos graduados en 1973.
El evento fue un éxito, la reunión se prologó casi hasta el amanecer, cuando con las sillas encima de las mesas, los mesoneros, dormitados pegados a las paredes, hasta que por fin la cuerda de viejos presentes, al apagar la luz, entendimos que nos estaban echando. Decidimos trasladar la reunión a la casa ofrecida por el Catalán, quien era gerente del periódico “La Vanguardia” en Barcelona, España.
Entonces me di cuenta que, extrañamente, mi amigo Alcides no había asistido a la reunión. Una semana después, ya de regreso a Caracas, mi ciudad de origen, Alcides llamó para disculparse un tanto apenado por no haber asistido a la reunión con tanto tiempo planificada. Una reunión del partido para la inminente reelección de alcalde, resultó ser impostergable. Antes de colgar escuché su voz apacible:
—Viejo Javier, para la próxima reunión, voy a ser el primero en llegar. ¡Póngale firma! —fue su despedida.
Tres meses después me llegó la noticia. Mi amigo Alcides había fallecido. Un agresivo y silencioso cáncer de páncreas, lo sacó de este plano. Me cuentan que no se amedrentó ante los ruegos y las lágrimas de sus parientes, quienes rodeaban el lecho.
Conforme y con esa extraña resignación, cuando sabemos que tenemos el boleto ganador, después del último sorbo de café. dijo.
—Aunque no lo crean, estoy vivo y yo moriré «¡Como me da la gana!» —cerró los ojos, dio un profundo suspiro y en ese mismo instante, descansó para el resto de la eternidad…
02 febrero de 2010. Caracas, Venezuela■
Autor: Javier Herrera Palma.





Excelente
Javierito que buen historia me gustó mucho ojalá se vean con más frecuencia Está la volveré a leer para tomarle sabor gracias abrazos