No habló con el aire
- 26 may
- 4 min de lectura
RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

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A pesar de todo supiste sobreponerte de las sombras que arrastrabas sin saber. Historias que alguna vez escuchaste a tu madre decir al aire sin que nadie les diera importancia.
Como aquella tarde, cuando, sentada a la mesa con tus hermanos pequeños, tu mamá les decía, mientras iba y venía con los platos de la cocina al comedor: “Cuando tenía doce años, un día al regresar del colegio, encontré a un hombre y a mamá parados en la sala. Ella me dijo: Rosa, te vas a ir con este señor, él va a ser tu esposo. Solté los cuadernos de la impresión. El hombre me dijo con voz grave: ¡Vamos!, y yo caminé detrás de él”.
Tu madre no sabía aún de la menstruación. Se hizo mujer a golpes, para cocinar y servirle. A los trece años, su primer bebé murió a su lado sin que ella se diera cuenta. El segundo murió en su vientre.
Un día llegó su papá al pueblo, le habían dicho:
—Justo. Todos los días le dan duro a tu Rosita—.
La buscó toda una mañana, hasta dar con su casa.
—Acá te dejo mi dirección, cuando quieras irte, búscame—, y le dio un papel doblado y unas monedas.
Esa misma tarde ella fue al corral y los enterró.
Un día, después de recibir una golpiza, decidió huir. Esa mañana siguió la rutina: cocinó, le llevó la comida al mediodía al puerto donde él trabajaba para que no sospeche, y, muerta de miedo, al regresar a casa solo llenó una bolsita con su único vestido, con una estampita de la Virgen del Socorro y un rulo de su bebé muerto.
Tenía que llegar a la estación. Solo habían dos buses que llevaban a Chimbote. Todo el camino sintió que la seguían. Lloró en silencio. Cuando llegó, anduvo perdida unas horas, hasta que dio con la casa de su padre. Él vivía con una señora. Pasó la noche ahí. Al día siguiente, su padre le dijo: “Te he comprado un pasaje para que vayas a Lima con la Susana”. Y así fue como llegó a la capital buscando a su madre.
Vivieron juntas un tiempo, como si nada hubiera pasado.
Una tarde, mientras servía los platos en la mesa, Susana rememoraba como hablándole al aire, que no recordaba cómo ni cuándo, pero que desde muy joven la mandaron a vivir con ese semental. Que le echó mano con el cariño a punta de patadas. Que la convenció de que era una mula, y que la mujer solo sirve para tenerle los hijos y ayudar en el campo.
Tu madre la escuchó sin interrumpirla. De pronto la miró fijamente. Susana dejó de hablar y siguió sirviendo la sopa, como si recién se diera cuenta que habia una sombra que las unía.
Rosa no dijo nada. Bajó la mirada y siguió comiendo.
Susana, tu abuela, vivió hasta los 87 años sin saber leer ni escribir. Enterró a su opresor.
Después de eso siguió levantándose a las cinco de la mañana, aunque ya nadie se lo ordenara. Repitió hasta el hartazgo la rutina que aprendió.
El último día que vio salir el sol se levantó a las cinco, les dio de comer a las gallinas y les cambió el agua. Arrastraba tantos amaneceres juntos que quiso sentarse a descansar. Se desvaneció en un vértigo, y se fue como una paloma blanca que voló a su niñez. Dicen que la encontraron con la cara hundida en la tierra, sola, muerta. ¿A quién habría llamado? ¿En quién habrá pensado?
Habrá recordado las tardes en que Isabel, su madre, iba y venía con los platos, y decía como hablándole a nadie, que una noche, mientras dormía, su madre la sacó del cuarto para cambiarla por un par de vacas. Aún no había desarrollado sus senos. Con los ojos pegados al suelo se dejó llevar. Dicen que lloraba todas las noches llamándola, hasta que sus ojos se secaron.
Y, a pesar de todo, aquí estás, sentada escribiendo lo que todavía la memoria guarda. Has cumplido sesenta y seis años, pero sigues en aquellos catorce que viven en ti. Esa mañana, cuando tu madre Rosa volvió del colegio a casa, había matriculado a todos tus hermanos menos a ti. Te dijo: “Tú no vas a ir al colegio, no te he matriculado. Necesito a alguien que me ayude a hacer las cosas”.
Nunca entendiste por qué eso, y todo lo demás, pero cuando lo recuerdas sientes que la vida te cayó encima, como si desde ese momento hubieras tenido que vivir en alerta y nada fuese real.
Pero por alguna razón, en la soledad, confiaste en las hojas en blanco de un cuaderno, donde tus contradicciones y penas encontraban calma al vaciar tus porqués sin respuestas.
Cada vez que escribías era como si cambiaras de piel, y fuiste Isabel, Rosa, Susana. Tú has vivido en un símbolo, la impotencia acumulada, algo incomprensible para ti. Pero seguías escribiendo palabras que fluían como un río capaz de purificar el mar del pasado.
Norma no habló con el aire. Ella miró a los ojos a sus hijos y les dio de comer, y cuidó sus noches, y escribió un libro, y presentó un poemario, y enfrentó el habitar un lugar en el mundo que siempre le fue ajeno, y en ese instante, frente a cientos de ojos, la noche se volvió otra noche, como un jardín iluminado por tres estrellas que volvían a nacer.■
Autor: Norma Luz Cárdenas Torres.





Como el ave fénix que renace de las cenizas, transforma la realidad cruda en un llamado a la esperanza, al cambio, a la transformación, al amor, viendo que todo tuvo un principio, una razón de ser, pero el dolor es inevitable y el sufrimiento opcional y Norma decidió dejar de sufrir y empezar a existir con ese maravilloso mundo de complicidad y amor que generó en su propio hogar tan lejano al que tuvieron sus antepasadas. ¡Hermoso llamado a la reflexión!
Este relato de la vida de Rosita, muchas mujeres, nuestro ancestro vivieron está terrible frustrante vida. Hoy sin embargo hay muchas que todavía siguen sufriendo estás humillaciones que vienen arrastrando desde su infancia.
Excelente relato. Una triste realidad. Una forma de ver la vida que se rompió para siempre