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Nunca fuimos nada

  • 4 jun
  • 4 min de lectura

RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»



Nota para el lector: Publicamos los relatos sin editar, tal y como los recibimos. Vota haciendo clic en el corazón que se encuentra al final de esta página.



A pesar de todo, Elena seguía pensando en Mario cuando se despertaba de madrugada. No de una manera romántica. El romanticismo siempre le había parecido una forma elegante de la ansiedad. Pensaba en él como se piensa en ciertas lámparas que una deja encendidas al salir de casa. Algo que seguiría ahí cuando todo lo demás empezara a fallar.


No somos nada, decía ella. Y era verdad. O al menos era la única verdad que sabía sostener sin sentirse atrapada. Mario fingía aceptar aquella frase con madurez contemporánea, pero Elena había aprendido a reconocer el resentimiento masculino incluso cuando venía disfrazado de inteligencia emocional.


Mario quería ser distinto. No más guapo. No más divertido. Distinto. Quería ocupar ese lugar cuasi humillante y glorioso del hombre que entiende a una mujer mejor que los demás. A veces ella lo dejaba. Porque era cómodo. Porque Mario sabía escuchar sin interrumpir, sabía preparar té mientras ella lloraba por otro, la miraba como si incluso sus contradicciones fueran sofisticadas. Elena sospechaba que ninguna mujer llega a acostumbrarse a ser observada de ese modo.


Y, sin embargo, lo observaba moverse por la cocina y pensaba que a Mario le gustaba verla rota. No porque quisiera herirla, sino porque su dolor lo volvía necesario. Esa idea debería haberla incomodado más. Pero también ella necesitaba cosas: saber que existía alguien a quien podía llamar a las dos de la mañana, alguien que respondería incluso si estaba cansado, incluso si estaba molesto, incluso si ella había pasado la noche anterior besando a otro hombre.


Mario respondía siempre.


Y nadie responde siempre sin esperar algo a cambio.


Una tarde le contó que había salido con alguien "muy lindo". Lo dijo mientras tomaban café en el lugar favorito de Mario; había aprendido que las personas revelan mejor sus inseguridades en espacios que sienten propios.


—Fue raro —dijo—. Me acordé de ti.


Mario sonrió con una dignidad tan labrada que Elena sintió ganas de abrazarlo y de sacudirlo al mismo tiempo.


Él quería exclusividad moral. No necesitaba que ella dejara de salir con otros hombres; necesitaba algo más sofisticado y más peligroso: quería ser incomparable. Por eso fingía indiferencia cuando ella salía con alguien más. Por eso hablaba de libertad emocional como un seminarista habla del pecado. Elena lo veía hacer todos esos esfuerzos y a veces sentía ternura; otras veces, cansancio. Porque Mario no entendía algo esencial: ella nunca le había prometido estabilidad. Le había ofrecido intimidad. Y para Elena ambos mundos no compartían ni el alfabeto.


A veces pensaba que Mario estaba enamorado de ella. Otras veces sospechaba algo peor: que estaba enamorado de la versión de sí mismo que aparecía cuando la salvaba.

Después vino el rubio, quien a los quince días le escribió que ella era demasiado intensa. Elena dejó el teléfono. No le respondió. Y se quedó mirando el techo con una tristeza que ya empezaba a aburrirla.


Apareció en el departamento de Mario con snacks, ojeras y con el orgullo lastimado.


—Soy una idiota —dijo.


Mario sonrió apenas.


Mientras preparaba té, Elena lo observó moverse por la cocina con una eficacia casi conyugal y tuvo una revelación desagradable: Mario parecía feliz. No feliz exactamente, pero sí tranquilo, como si el sufrimiento de Elena reorganizara el mundo en un orden que él comprendía.


Durante tres días estuvieron al borde de parecer una pareja. Elena sabía que aquello no podía durar. No porque no quisiera a Mario —lo quería muchísimo, tal vez demasiado para convertirlo en una estructura—. Las estructuras siempre terminaban asfixiándola.


Al cuarto día volvió a sentirse mejor. Y cuando Elena mejoraba, sus ojos volvían a buscar hacia afuera.


—Voy a salir el viernes —dijo.


Mario estaba lavando una taza. El agua seguía corriendo. Elena vio cómo se tensaban apenas sus hombros. Un gesto mínimo, pero ya conocía ese cuerpo lo suficiente.


—Qué bien —respondió él.


Elena sintió irritación. Mario siempre quería parecer más racional de lo que era.


—No pongas esa voz. 


—¿Qué voz?


Mario cerró el grifo.


Por un instante Elena pensó que él iba a decir algo importante. Algo real. Pero Mario tenía una relación extraña con la honestidad emocional.


—Mario, tú sabes lo importante que eres para mí.


Y era verdad.


Él guardó silencio.


Entonces Elena comprendió algo incómodo: Mario estaba empezando a cansarse de ocupar el lugar del hombre bueno. Y quizá ella también estaba cansándose de necesitarlo.


—No quiero perderte —dijo.


Mario la miró con un agotamiento nuevo. Por primera vez, Elena tuvo la impresión de que él podía marcharse de verdad. Y aquello la asustó más de lo que estaba dispuesta a admitir, porque una cosa era no querer pertenecerle a nadie y otra muy distinta perder a alguien que no le pertenecía.


—Yo tampoco quiero perderme —dijo él.


Elena entendió entonces que ambos habían usado la ambigüedad para protegerse: ella evitaba sentirse atrapada; Mario evitaba arriesgarse a no ser excepcional.


Se abrazaron.


Elena percibió algo nuevo en él. Distancia. Y comprendió, con una lucidez desagradable, que Mario también podía usar la ausencia como una forma de poder.

Cuando él se fue, el departamento quedó demasiado silencioso.


Elena miró el teléfono varias veces antes de escribir.


¿Llegaste bien?


Mario.


Por favor, responde.


Mientras esperaba, sintió algo parecido a la humillación. Así que esto era. Esto era necesitar.


Aquella noche le costaría dormir. Había revisado el chat demasiadas veces. Se odió un poco por eso. Entonces escribió:


Entonces, ¿ahora qué somos?


Mario tardó varios minutos en responder.


Cuando apareció el mensaje, Elena sonrió apenas.


Nunca fuimos nada.


Ella leyó la frase varias veces.


Después dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.


Y aunque nunca lo admitiría en voz alta, algo en ella lo supo de golpe. Mario había esperado meses para ser él quien pronunciara esas palabras primero



Autor: Alejandro Martínez B.



9 comentarios


Mariana Gomez Elguero
hace 8 horas

Linda historia. Me gustó la emoción que logró en mí.

Aunque nunca se dijo, al meno no abiertamente, pero Mario se enamoró. Pobre :(

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Fb
03 jul

Me encanta ese pequeño giro final, el orgullo de Mario lo hace un personaje más cruel de lo que uno se pueda imaginar.

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Eidan
25 jun

Me dejó una sensación incómoda y triste. Al principio pensé que Mario era simplemente el que más quería en la relación, pero al final entendí que él también estaba jugando su propia batalla emocional. La frase «Nunca fuimos nada» me impactó porque parece una respuesta fría, pero detrás se siente todo el dolor acumulado de alguien que esperó demasiado tiempo. Lo que más me gustó fue cómo el texto muestra que ambos tenían miedo: Elena a sentirse atrapada y Mario a dejar de ser necesario. Terminé con la sensación de que ninguno ganó realmente, y quizás por eso el final resulta tan humano.

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Invitado
25 jun

Que bonito 😇

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Invitado
25 jun

De las cosas más lindas que he leído en mucho tiempo. Me encantó ❤️

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