Súper ratón
- hace 5 días
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RELATO PARTICIPANTE DEL CONCURSO «A PESAR DE TODO»

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A pesar de todo, estas cosas pasan.
Había dejado la puerta de la cocina cerrada en la mañana, pero el desorden que encontré al volver del colegio era atroz. La olla con el estofado que mi mamá había preparado yacía panza arriba en el suelo. Otra, llena de arroz blanco graneado con bastante ajo, estaba igualmente volcada, pero sobre la estufa. En las paredes, el aderezo rojo había salpicado tanto que parecía un cuadro impresionista.
Mi primera sospecha: el gato. No es que tuviéramos uno propio, pero varios gatos techeros solían escabullirse en casa en busca de comida o refugio. La maniobra era digna de Houdini: puerta cerrada, sin signos de haber sido forzada. No había arañazos visibles.
Muchas veces, al llegar de clases, encontraba cuatro o cinco gatos durmiendo sobre mi cama. Me miraban con tanta parsimonia que me daban ganas de echarme con ellos… lo cual, inevitablemente, sucedía. No había adultos en la casa hasta las siete de la noche. Desde las seis de la mañana, el territorio les pertenecía a ellos.
Lo que más me preocupaba ahora no era el crimen culinario, sino que me quedaría sin almuerzo, y que, como siempre, la culpa caería sobre mí. Ya me habían advertido que la responsabilidad era mía por ser tan condescendiente con los gatos. No quería que se los culpara ni fueran sancionados; suficiente habían sufrido ya desde que la iglesia los declaró instrumentos del diablo.
En estas cavilaciones andaba cuando vi que una de las ollas se movía.
—¡Ajá! —exclamé—. El autor material aún está en la escena del crimen.
Me acerqué con la esperanza de encontrar un peludo de carita redonda, orejitas dobladas y ojitos tiernos. Levanté la olla con ambas manos, pesada como demonio, pegándola a mi cuerpo. Grité: —¡Te atrapé!
Metí la mano con confianza… y entonces lo vi.
Un cráneo del tamaño de una cabeza clava de Chavín emergió. Su cuello se torcía de forma antinatural. Nuestros ojos se encontraron a diez centímetros de distancia. Esa mirada no era de miedo: era de odio. Negra, penetrante, sin alma. Con cicatrices que revelaban cientos de batallas en las alcantarillas. Medio colmillo asomaba, desafiante, como si la muerte lo mirara y él se riera de vuelta.
El pelaje era gris de lobo, denso, áspero, con calvas que revelaban una piel pálida. El hocico puntiagudo, la nariz chata como pitbull, las orejas carcomidas como de boxeador. La cola larga y escamosa, como un dragón. Hercúlea, musculosa, de bigotes independientes, con restos de arroz entre las almohadillas. ¡Y bufaba! Este mutante no era una rata cualquiera.
¡Era el Super Ratón!
Ambos nos quedamos inmóviles. El tiempo se congeló. Hasta el aire dejó de circular. Era un duelo al estilo del Viejo Oeste.
Sabía que una mordida común era dolorosa, pero esta cosa parecía salida de Chernobyl. Los brazos me temblaban. Decidí bajar la olla al suelo, lentamente. La rata me miraba mientras rotaba sobre sus patas traseras. Solo su cuerpo giraba. La cabeza quedaba fija.
Reposé la olla en el piso. Solté las asas y retrocedí sin girar. La rata, sincronizada, imitaba mi movimiento. Alcancé la puerta y, en ese instante, ella comprendió que su única salida era sobre mí. Chilló. Arañó la puerta con furia. Cerré. Apoyé la espalda contra la puerta. Suspiré aliviado.
Pero no estaba derrotado. Me armé de valor, blandiendo un matamoscas como espada. Grité más fuerte que ella y entré de golpe. Tal vez fue el ruido, o el silbido del matamoscas en el aire, o mis chillidos, pero la rata se escabulló dentro del horno, donde almacenábamos las sartenes navideñas.
Encontré maderas en el patio —no sé por qué siempre había tantas— y bloqueé la única salida. Satisfecho, crucé los brazos. Intenté encender el horno… pero, claro, nunca había funcionado.
Pasaron un par de días. Silencio absoluto. La trampa seguía intacta.
Hasta que esa mañana nublada de domingo —uno de esos días perfectos para morir—, Super Ratón reapareció.
Había derribado la tranca. Salió chillando, golpeando todo a su paso. Mi papá, que justo pasaba por ahí, lo encontró parado en dos patas sobre el fregadero. La respiración agitada. Se arrojó sobre él. Lo esquivó por poco. Lo encerró en la cocina.
Me llamó para la batalla.
Nos enfundamos: guías telefónicas en los antebrazos, cucharones de madera como espadas, tapas de olla como escudos. Dos gladiadores dispuestos a morir.
Abrimos la puerta. La cocina estaba vacía.
—¡Hick, Hick! —chillamos, como Aquiles retando a Héctor.
Y entonces apareció.
Flaco, los músculos marcados, en trance berserker. Mirada de lunático. Se lanzó contra nuestras tapas. Mordía. Golpeaba. Nos hizo retroceder. ¡Me acorraló! Yo solo me encogí, levantando el escudo, sintiendo su aliento en el cuello.
—¡Por Santiago! — chilló.
¡Una rata cristiana! Pensé.
Apreté el cucharón tan fuerte que los nudillos me dolieron.
—¡Muerte a los infieles! —grité.
Mi papá, armado ahora con un sartén (no supe cuándo lo cambió), le asestó tremendo golpe que la lanzó dos metros. La rata se reincorporó, tambaleante. Su pata trasera colgaba inerte, pero cargó de nuevo. Mordió el muslo de mi papá. Se vengó. Pero no vio el segundo sartenazo. La aturdió. Aproveché para golpearle la cabeza con mi cuchara de guerra.
Cayó. Boca arriba. Las fauces abiertas. Los ojos medio cerrados.
Nos acercamos. Discutimos su destino susurrando: crucifixión, empalamiento, garrote. Pero al final, nos invadió la clemencia. Tal vez escuchó. Tal vez no.
Entonces, siseó.
Se apoyó en sus patas sobrevivientes. Los músculos de su lomo se tensaron bajo su piel. Bajamos las armas. Le abrimos paso hacia el baño. Se arrastró con dignidad, sin un solo chillido, sin suplicar.
Con un movimiento brusco, de un salto, logró trepar hasta el borde del inodoro.
Allí se detuvo. Me miró fijamente. Una nueva cicatriz rojiza asomaba en su rostro. Me mostró un colmillo sangrante. Sus ojos recobraron el brillo.
Sentí que esto no había acabado, solo era una tregua.
Desde entonces, siempre cierro la tapa del wáter■
Autor: Rúben Córdova.





Me encantó el relato. Tiene un tono divertido y exagerado que hace que una situación cotidiana se vuelva casi épica. La forma en que describes al “Super Ratón” es buenísima. Mezcla humor, suspenso y fantasía sin perder la naturalidad. Además, el final con la tapa del wáter le da un cierre irónico y gracioso. 😂