2.0

Actualizado: mar 6

★RELATO FINALISTA DEL PRIMER CONCURSO DE RELATOS PERUANOS «YO ESCRITOR» ★

Fotografía: Pixabay

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—Ya he planeado mi funeral.


Cerebro pone cara de querer golpearse la cabeza contra una pared.


—¿Por qué me dices eso ahora?


Me rasco la nuca. Un pensamiento lúgubre lleva a otro, pero pienso que la muerte no tiene que ser lúgubre.


—Quiero que haya una banda y pachamanca para los invitados—le digo—

Mucha cerveza también, que me la tiren a la lápida.


—Borracha hasta la muerte.


Que me den los tragos que no me tomé en vida, más bien.


—No quiero flores. Si me llevan flores, tienes que quemarlas—agrego—Si me muero antes que tú, te encargarás de quemar las flores.


Si no me dan flores en vida, no las quiero cuando me muera. Tengo que asegurarme de que alguien va a quemar las flores y Cerebro es la persona en la que más confío. Sin embargo, eso parece darle una señal de por dónde va la cosa, me arrepiento de haber hablado.


—Tú no estás bien.


Puedo engañar a muchas personas, pero no a Cerebro. Tengo la sensación de que, incluso si dice creerme, él puede saber cuándo le estoy mintiendo. De vez en cuando, yo también sé si me dice la verdad o no. Como hoy, que sé que ha venido a verme poniendo excusas. Podría haber comprado la entrada para mi presentación teatral cualquier otro día, incluso podría haberme depositado el dinero.


—No—admito.


Lo comencé a llamar Cerebro 2.0 para mí misma hace tiempo, se volvió oficial cuando lo agendé en mi celular con ese nombre. El apodo me gusta y quiero creer que, aunque no me lo dice, a él también. Cerebro 2.0 porque piensa por mí cuando yo no puedo ordenar mis ideas, porque siento que entre los dos podríamos resolver hasta una crisis mundial.


Cerebro se queda callado, espera que le cuente todo sin que deba hacer preguntas. Me conoce lo suficiente para darme mi tiempo, sabe que podría ponerme a llorar si me siento presionada. Como cuando estábamos en el colegio y me encontró corriendo por el patio, no me dejó seguir avanzando en mi camino hacia el baño de chicas y yo ya no fui capaz de contener las lágrimas, entonces me obligó a meterme detrás de unas plantas y me dejó llorar a su lado durante todo lo que quedaba del recreo.


Él no hace preguntas, espera que yo misma le hable de mi patética relación de dos meses y de la ruptura. Me habría dado vergüenza contárselo a cualquier otra persona, pero él siempre supo que me enamoré del chico que me vendía jamón de pechuga de pavo en el supermercado y que, después del cierre en su trabajo, iba en patineta hasta mi casa para verme por la ventana. Nunca me siento avergonzada si la persona que me escucha es Cerebro. Deberían beatificarlo, Cerebro tiene paciencia de santo. Nuestra dinámica funciona más o menos así:


1. Tengo un problema.

2. Cerebro me da una solución.

3. Soy terca e ignoro su consejo.

4. Meto la pata. Muy feo.

5. Él me saca de saca del hoyo en el que me metí.

6. Cura mis heridas (también me consuela).

7. Repetimos.


Ahora Cerebro tiene mucho trabajo que hacer conmigo. Andrés se fue y me dejó con el corazón humillado, dudas y un enorme sentimiento de culpa.


—Ya no quiero un novio, necesito a alguien para pasar el rato—le digo—Andrés hirió mi orgullo, no puedo dejar de preguntarme qué hice mal.



Cerebro ha dejado en claro que él no va a decirme cosas cursis, como que mi ex novio fue un imbécil por no seguir estando conmigo. Yo no necesito que lo diga, que me escuche sin juzgar es suficiente. A él puedo hablarle de la fiesta a la que fui tres días antes de terminar con mi enamorado, contarle que dejé que un chico me besara dos veces esa noche. y que lloré toda la madrugada después de eso. Cerebro solo suelta un “ay” quejumbroso y me mira con pena, porque sabe que la culpa que siento ya es demasiado grande.


Él se apoya en el respaldo del sillón, se cruza de brazos. Los relojes de mi casa, tan viejos, marcan las cuatro de la tarde. Cerebro juguetea con la entrada que le he vendido. No puede quedarse mucho tiempo, dentro de poco se irá. A mí me gusta cuando está conmigo, a veces quisiera volver al colegio solo para poder, aunque sea, cruzarme con él en el patio. Cerebro es una de esas pocas cosas constantes de la vida. Todo en él es constante: su relación de cinco años con mi mejor amiga, su pelo esponjado, los chistes malos de siempre, su amistad.


—Necesitas dejar de pensar en funerales—me dice—Y tu ex nunca te dio flores.


—Necesito besuquearme con alguien—lo corrijo.


En una fiesta, no me molestaría que haya alcohol de por medio. Besos con lengua, incluso. No tiene que ser un beso torpe y tierno, me he cansado de los piquitos.


—Despechada—replica él, burlón.


Me lo tomo como un cumplido. Ha pasado de llamarme “urgida”, debido a mi eterno deseo de buscar una pareja, a “despechada”. Es un progreso, porque estar despechada implica haber tenido un novio primero. Son los pequeños triunfos de la vida.


—Despechadísima—acepto.


Dejo que se burle y yo también me burlo. Si uno no puede reírse de sus propias miserias, entonces no puede reírse de nada. Si no me río, quizás llore. No he llorado tras la ruptura. Cerebro sabe que era importante para mí, que de verdad tenía muchas ganas de tener pareja, aunque no entendía mis razones. Yo tampoco las entendía del todo, de dónde había salido el miedo a no gustarle a nadie, a quedarme sola por el resto de mi vida. He pensado que el amor no es lo mío. Diecinueve años sin un primer enamorado, después, un noviazgo patético. Quiero que Cerebro me diga que lo único patético en mí es mi temor, palabras reconfortantes; sin embargo, él solo está ahí, pensando en algo con una ridícula media sonrisa. Sus medias sonrisas siempre me causan gracia, por la forma en la que aprieta los labios y entrecierra los ojos, cómo achata su nariz. De repente parece un gato, un gato de pelo esponjado.


Cerebro se acerca un poco más a mí y yo pienso en su cara cuando llegó, una hora atrás. Un rostro preocupado. Me pregunto si recordó, al pasar por mi puerta, que fue ahí mismo donde tuve mi primer beso. Quizás tuviese miedo de que ahora mi puerta me cause dolor, tal vez ha venido para ver si soy capaz de mirar la entrada de mi casa sin pensar en Andrés. O quizás solo estoy exagerando, mi especialidad.


—El amor, o más bien, el ex amor, no siempre serán iguales—me dice.


Me contengo, no quiero preguntarle si el amor es una opción para mí. Me da miedo que diga alguna cosa bonita solo por compromiso, aunque lo conozco demasiado bien como para saber que él no habla por compromiso.


—Demonios—lo interrumpo, mi voz es más bien un quejido.


Cerebro 2.0 cambia la sonrisa, es más grande ahora, puedo ver sus dientes.


—Pero aún me tienes a mí—continúa diciendo.


Y sonríe.


En los días malos voy a recordar esta visita, el abrazo que duró un poquito más de lo estrictamente necesario. Los abrazos de Cerebro no son frecuentes; entre los dos, yo soy la efusiva. Está perfectamente bien. Cerebro 2.0 es esa cosa constante de mi vida. No tengo que preguntarle si el amor es una opción. Mi segundo cerebro me ayuda a despejar la mente, me ancla a las cosas reales. Como el amor que sí está. Por un ratito, pensar en Andrés deja de ser molesto, incluso me da cierto gusto que me rompiera el corazón, porque me he vuelto más unida a personas como Cerebro. Si me aferro a mi mejor amigo, puedo mantenerme cerca de los demás, los que están atrás de él, listos para quererme y reírse conmigo.


—Eso siempre ■



Autora: Glissé Puerta





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