VIEJOS FANTASMAS

Actualizado: abr 1

★RELATO FINALISTA DEL PRIMER CONCURSO DE RELATOS PERUANOS «YO ESCRITOR» ★

Fotografía: iStock

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Alicia entró al bar para huir de la tormenta. Lo único que quería hacer era sentarse y esperar en un lugar caliente a que descampara. Sin embargo, había ingresado tan rápido que no se percató en donde estaba. No fue hasta que vio su rostro plasmado en el gran espejo circular, junto a la puerta, que se dio cuenta que era el mismo bar al que solía acudir con Luis.


Su rostro reflejado en el cristal dejó en evidencia el paso del tiempo. Por un momento pudo ver a la antigua Alicia parada a su costado. Notó el desfondamiento de su cara, las ojeras amoratadas y sus labios finos, desinflados. Parecía otra persona, como si una vieja decrepita hubiera usurpado el lugar de la muchacha veinteañera y despreocupada. La que acostumbraba a acudir a todos lados de la mano de Luis. Y por breves instantes pudo verlo, parado detrás de la joven Alicia, con sus grandes manos rodeándole la cintura y acariciando su vientre abultado, de seis meses de embarazo.


La camarera se acercó y la invitó a sentarse en la barra. Enseguida las imágenes se esfumaron de su cabeza y regresó al presente. Alicia la siguió, al mismo tiempo que dudaba que tan buena idea era quedarse a aquel lugar.


Llegó a su sitio y de inmediato le pidió a la mujer una copa de vino tinto. Desde ahí se quedó observando el bar, comparándolo con sus recuerdos. El lugar en sí no había cambiado mucho, la decoración seguía siendo sobre recargada y hasta los comensales parecían ser los mismos universitarios bulliciosos, pero con ropa distinta. Se preguntó si Luis seguiría acudiendo allí. Lo más probable era que no. Ahora, él era un catedrático, un hombre serio, y casado.


Alicia terminó su copa de vino en un par de tragos y, luego, pidió otra.


—Es un muy buen vino —dijo, de repente, la voz de un hombre.


Estaba sentado a un par de sillas de distancia. Tenía pinta de ser un universitario, con la camisa a cuadros y los brazaletes de tela que le colgaban de la muñeca.


—Al fin descampó —continuó el chico.


Alicia sonrió, sin mirarlo a los ojos y sin decir nada. No tenía ganas de entablar una conversación con aquel crío.


—Eh, disculpe, pero… ¿es usted, la nueva profesora de Historia del Arte?


—No, yo no vivo acá. Sólo vine por unos días.


—Ah, perdona. Me confundí… ¿Y de dónde vienes?


—Volendam.


El chico se movió de sitio al que estaba junto a Alicia. Era muy risueño y conversador. De vez en cuando, mientras ella hablaba, él se acomodaba el pelo hacia atrás y le sonreía. Se llamaba Antoon y era estudiante de filosofía. Tenía veinticuatro años.


—¿Me permite… invitarle otra copa? —le preguntó a Alicia, algo tímido—.

Acabo de dar mi último examen y tengo ganas de celebrarlo…


Alicia estuvo a punto de decirle que no, pero los ojos del chiquillo la hicieron cambiar de opinión. Sus dos faroles azules se iluminaron en cuanto ella aceptó su propuesta y pidió otra copa para él también. Ella no entendía el interés del chico. Que tanto podía atraerle una conversación con una mujer que tenía la edad suficiente para ser su madre. A lo mejor era una de esas almas viejas, y se sentía más a gusto con las personas maduras, que con la gente de su edad. Como Luis, quien acostumbraba acudir a las reuniones de los profesores de su facultad. Ellos también parecían disfrutar de su compañía porque lo invitaron una infinidad de veces a cenar. Ella lo acompañó a unas cuantas, y siempre, por compromiso. Detestaba aquellas reuniones tediosas y aburridas, donde sólo se hablaba de política y economía. No le caía bien aquel grupo de intelectuales, y parecía que a ellos tampoco. No tomaban en cuenta sus opiniones, ni el hecho de que Luis fuera su prometido. Aquello no fue impedimento para su profesora de derecho. Alicia todavía recordaba con suma claridad la noche cuando los encontró revolcándose en su cama, el dolor repentino que sintió en su vientre y el hilo de sangre que cayó por sus piernas.



La camarera trajo ambas copas y Antoon decidió hacer un brindis por ella y por la buena compañía que hacía. Que cursi, pensó Alicia, pero aun así no pudo evitar sentirse halagada de que la coqueteen. De repente, a medida que el vino se acababa, y subía hacia su cabeza, se encontró sonriéndole con gran frecuencia. Y él comenzó a mover su cuerpo, poco a poco, hacia ella, acercándose cada vez más.


Alicia lo miró a los ojos y le sostuvo la mirada durante unos segundos. Antoon se sonrojó y miró hacia el suelo con timidez. «Es todavía un crío», pensó. Sin embargo, aquella acción no le disgustó, sino todo lo contrario, la hizo sentirse en control. Ella siguió fingiendo interés en lo que le contaba, riéndose de las tonteras que decía, y sonriéndole mientras lo miraba directamente a los ojos. Se dejó hundir en aquel mar celeste e intentó hipnotizarlos con su osadía. Alicia soltó sus redes y Antoon se dejó atrapar muy a gusto, completamente cautivado por su atrevimiento.


Terminaron su copa y esta vez Alicia fue quien invitó la otra ronda. El bar se llenó de sus risas escandalosas y varios comensales voltearon a verlos. Algunos se quedaron mirando durante mucho tiempo mientras susurraban entre ellos. Pero a Alicia no le importó, se sentía distinta, como si fuese inmune a la mirada inquisidora de la gente. Y se dejó atraer por el magnetismo que Antoon emanaba, así hasta que sus rodillas chocaron y sus manos rozaron.


Enseguida, ella lo miró fijamente, le acarició los dedos y se acercó para musitarle algo al oído:


—¿Por qué no nos vamos a otro lugar…?


En cuanto Antoon escuchó esas palabras, sintió como un escalofrío comenzó a recorrerle la espalda, haciéndolo temblar de emoción. Le dijo que sí de inmediato.


En cuestión de minutos, pidieron la cuenta, salieron del bar, y caminaron rumbo al hotel de Alicia. Anduvieron abrazados, besándose con desesperación en cada esquina, que no estaba repleta de turistas.


Llegaron al hotel, exaltados, con las ganas de arrancarse la ropa quemándolos por dentro. Se dirigieron al ascensor. Pero antes de que pudieran presionar el botón, el recepcionista los interceptó:


—Disculpe, señora. El señor, Luis Fjord, vino a buscarla —dijo mientras le entregaba un papel doblado en dos.


Alicia se quedó inmóvil, en shock, sin saber que contestarle.


—Me dijo que le diera el mensaje de que lo llamara —continuó el hombre, incómodo, mientras hacía el esfuerzo de no fijarse en Antoon y como jugueteaba mordiéndole la oreja a su acompañante.


Alicia le apartó el rostro, con brusquedad. Recién en ese instante, Antoon notó el cambio en su humor.


—Anda yendo a mi habitación, yo subo en un minuto.


Ella le entregó la llave y él la miró liado, pero obedeció sin hacer ninguna pregunta. Lo vio subirse al ascensor cabizbajo. Parecía un perro recién reprendido. En cuanto la puerta se cerró frente a él, Alicia sacó el celular y se dirigió a la puerta que daba a la calle. El aire helado del canal la golpeó con fuerza en la cara. Ella respiró profundamente, mientras buscaba dentro de sí misma el coraje para marcar el número y llamarle.


El teléfono timbró un par de veces:


—Hola —dijo la voz de un hombre.


—Hola, Luis… Soy, yo—La voz le temblaba.


Luis sonó emocionado de escucharla. Le dijo que no podía creer que lo había llamado. Le contó cómo fue a buscarla en cuanto se enteró que había regresado a Ámsterdam. El hombre hablaba y hablaba. Diciéndole lo mucho que la extrañaba y lo feliz que estaba de saber de ella. Se excusó por los años que pasaron, le contó que se había divorciado y, luego, lanzó el comentario de que le encantaría verla. Recién en ese momento, se calló, aguardando la respuesta de Alicia.


Ella no supo que contestarle. Al fin escuchaba su voz, al fin hablaba con él. Había imaginado ese momento una infinidad de veces. Fantaseó durante años con su reencuentro. Y ahora, que se cumplía, se sentía rara, como si aquello fuera irreal. Era como si toda la emoción se hubiera desvanecido en cuanto escuchó su voz. O tal vez fue cuando se dio cuenta que no la dejó hablar ni por un minuto. Tantos años sin saber nada el uno del otro, cicatrizando heridas viejas y, aun así, Luis no pudo dejarla hablar ni un minuto. Ni uno. «Algunas cosas nunca cambian», pensó, «ni van a cambiar en veinte años más».


Luis volvió a repetir su pregunta:


—¿Podemos vernos, Alicia…?


Ella se quedó callada y respiró profundamente mientras cerraba los ojos. Tanto tiempo practicando una respuesta para que, ahora, termine diciéndole otra:


—Lo siento, Luis. Pero, me tengo que ir, un amigo me espera ■



Autora: Daniela Daza.





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